Historias de Teteras #1

La Tetera va al encuentro de los relatos detrás del título de esta revista. Una convocatoria abierta para descubrir qué ocurre en aquellos territorios donde sexo, amor y ciudad se fusionan bajo un mismo deseo.

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Hicimos pis mirándonos 

Nunca fuí a una tetera a buscar sexo. Un poco por vergüenza de encontrar a alguien conocido, un poco por prejuicios. Esa noche estaba en el cumpleaños de una amiga, en un boliche muy cheto de heterosexuales. Ya era tarde y yo estaba un poco borracho. En el único lugar donde se podía fumar era en el baño, así que cada vez que iba me fumaba un puchito y miraba como los chongos se la sacudían y se la acomodaban. Me puse en un mingitorio a hacer pis y un pibe se puso en uno de más allá. Yo inconscientemente lo miré. El me vio y se me puso al lado. Hicimos pis mirándonos los pitos y me sonrió. Me dijo: “¿Queres que vayamos a mi auto?” Y yo por miedo de perderme a mis amigos le dije que no. “Bueno, vamos a un cubículo”, me dijo. Lo pensé un segundo y nos metimos. Sacó su pija y me dijo, mejor dicho me ordenó: “Arrodillate”. Así lo hice, con una mano tenía la puerta y con la otra su herramienta. Sentía el bullicio del boliche y de los chongos yendo y viniendo en el baño. Tenía miedo que nos descubran, pero a la vez eso me generaba una adrenalina tremenda. Se la deboré. Acabó en el inodoro y se acomodó y se fue rapidísimo. Y yo salí con las rodillas embarradas.

 

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Casas del anonimato 

El lugar común es declarar a las teteras casa del anonimato. Sabemos que eso no resiste mucho análisis, varios somos figuritas frecuentes en algunos sitios. Yo en particular soy de aparecer mucho el circuito de comida rápida del centro, me queda a la salida (y a veces a la entrada -tarde-) del laburo. Así y todo, caras nuevas nos cruzamos todo el tiempo y así el anonimato emerge. Para algunos esto implica la mera posibilidad de moverse sin nombre, pero el velo de la identidad puede ser también ocasión de reinventarse en una nueva. Así aprendí a resignificar mi alianza de compromiso, que lejos de significar el vínculo con el flaco hermoso con quien mantengo una relación abierta, pasa a delatar la trampa vil de la que recluto cómplices. Y por supuesto que a las minas les encanta mi verga, “pero no, no me las puedo coger por el culo porque se quejan que la tengo muy grande y les duele ¿viste cómo son las minas?”. A todos les gusta escucharlo: para los putos es morbo líquido, pakis lo toman de excusa para relajarse (están en comunión con un igual, después de todo). Lejos de la mentira, se trata de una performance lúdica. Todo sea por gozarnos más. ¡Qué divertidas que son las Teteras!

 

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