Por Julián Fernández /  Un culito gozoso, un pellizcón a tiempo y dos pibes que juegan al erotismo durante un espectáculo donde Violeta Parra vuela por el aire. 

Yo desbordaba energía, me sentía libre e indestructible. Saliendo de la casa donde tan bien me habían cogido, y todavía con gusto a faso en la lengua, recibo el mensaje de dos maricas amigas: en el parque había una obra de teatro sobre la vida de Violeta Parra. Armé uno para el camino y los fui a buscar.

Llegamos tarde. El galpón ya estaba a oscuras y el público en las butacas formaba un semicírculo que daba lugar al escenario. La obra empieza, chicos y chicas toman sus lugares. Estaba ensimismado viendo a la actriz que interpretaba a Violeta enganchada a un arnés, volaba por el escenario. De fondo, una grabación de la verdadera Violeta cantaba “para mi tristeza, violeta azul”, la chica corría sobre sus pies desnudos y saltaba al vacío al que nunca lograba caer porque la devolvía al centro. Un chico aparece en escena, interpretaba a quien ella amaba, Violeta vuelve a correr pero esta vez para abalanzarse sobre él, nuevamente el arnés se tensaba y la llevaba al centro. “Clavelinas rojas pa’ mi pasión”.

Nosotros, como llegamos tarde, mirábamos parados al lado de las butacas: a la izquierda, mis lokas y alrededor nuestro, un montón de otrxs impuntuales pero frente a mí estaba él, un chongazo con su novia rubiaremildiosa. Ella era la que tenía a todxs boquiabiertos pero fue él quien me dio la sorpresa.

¿Vieron cuando en una primera cita no sabés si te toca la rodilla porque hay onda o porque es bruto y capaz uno se come el viaje de que hay onda y no es así? Mientras Violeta iba y venía en el aire, ahora abrazada a su amante que intentaba zafarse de ella, yo tenía el culo del chongo sobre mi mano. No podía darme cuenta si lo hacía a propósito, pero moverme nunca fue una opción.

Ella era la que tenía a todxs boquiabiertos pero fue él quien me dio la sorpresa.

“Y para saber si me corresponde, deshojo un blanco manzanillón”. Violeta y el actor se movían juntos, trepaban sobre la cuerda y sobre sus cuerpos, se envolvían y giraban mientras entre mi mano y el culo del chongo ocurría otra danza. Yo no podía pellizcarlo, no me alcanzaba el caradurismo, pero nadie puede tener la cola tan inquieta mientras mira dos trapecistas. La tensión aumentaba, acercaba su cola y yo le rozaba el jean. Se quedaba quieto mientras estábamos en contacto hasta que, sin motivo, se iba lejos de mi mano. ¿No quiere que lo toque? Pero el culazo contra mi mano se volvía a repetir. ¿Lo estoy tocando? Sentía cosquillas en la palma de mi mano caliente y transpirada, por momentos sentía su jean y por momentos lo sentía cerca pero no lo suficiente para estar con todo el cachete sobre la palma. ¿El también sentía las cosquillas?

Yo no podía pellizcarlo, no me alcanzaba el caradurismo, pero nadie puede tener la cola tan inquieta mientras mira dos trapecistas.

La obra estaba por terminar, su novia le dice algo al oído y él mira para atrás buscando por dónde salir. Yo me corro y le doy espacio mientras le aprieto el culo, ahora sí para que lo sienta ya cansado de tanta indecisión. Con mi mirada voy al cruce de la suya y sus ojos oscuros silabearon el verso que Violeta cantaba: “Si me quiere mucho, poquito o nada, tranquilo queda mi corazón”.

Imagen: jardindelkaos.blogspot.com

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