Por Fabi Fernández / Una tarde, dos lesbianas recuerdan fragmentos de sus historias. Las separan dos generaciones, pero las unen lugares, tiempos y sentires, frente a la búsqueda insistente de la cronista ¿Por qué no hubo ‘teteras’ para ellas?

Estela y yo

Durante todo lo que duró la dictadura, yo tuve entre 6 y 12 años. Empecé y terminé la primaria. Tuve la misma señorita en pre-escolar y en primer grado, no sé por qué. Entre cuarto y sexto, tuve otra seño, que nos invitaba a sentarnos “una nena y un nene” por dupla de bancos, pero que en el recreo nos dividía: había un patio para los nenes y otro para las nenas  (porque los varones eran “brutos”). Los varones se divertían más, a mi criterio. Jugaban a la pelota, con pelotas de papel, o de papel con una media que lo recubría, siempre una media de lycra que alguno le robaba a una madre desprevenida. Las nenas jugaban al elástico, cantaban canciones ininteligibles para mí, saltaban con destreza. Las maestras cuchicheaban al sol, mientras nos observaban siempre con algún dejo de condescendencia. Yo siempre me escapaba al patio de los varones, a jugar a la pelota. Mil veces retada, mil veces acusada, mil veces en vice-dirección, porque mi “delito” nunca fue digno para la “dirección”. Mientras yo jugaba a la pelota clandestinamente en el patio de la escuela Rivadavia, Estela rondaba sus 26 años.

Los varones se divertían más, a mi criterio. Jugaban a la pelota, con pelotas de papel, o de papel con una media que lo recubría, siempre una media de lycra…

La noche lluviosa que lanzamos esta revista, Estela se sentó en la mesa de los chicos. Charla va, charla viene, cuando descubre el significado de “Tetera”, le dice a los putos: “… pero nosotras también teníamos teteras…”. Se hizo la sonrisa colectiva: había que contarlo. Nos juntamos un viernes en la casa de Martín,-  a esta altura mi musa inspiradora, torta honorífica además de ser uno de los serios editores de La Tetera, -.  Llegué tarde, por supuesto. Estela estuvo puntualísima. También Sole, que sacó unas cuantas fotos. Esos instantes purísimos que tienen la pretensión de domesticar el tiempo y que Estela repasó con paciencia antes de irnos. El dueño de casa, calentando el té de rigor. Y yo, mates y enzaimada. “Durante la dictadura … en el ´76 tenía 26”. Estela hace un recorrido por su infancia y su adolescencia. El relato no está exento de contradicciones y enfrentamientos paternos; pero en su voz hay algo de nostalgia y de alegría.

Estela se sentó en la mesa de los chicos. Charla va, charla viene, cuando descubre el significado de “Tetera”, le dice a los putos: “… pero nosotras también teníamos teteras…”

El 35240

“Acá en Rosario, el lugar de ambiente durante la dictadura, era Marnet. Pico Fino, ya sobre el final de la  dictadura, era un lugar de encuentro. Marnet era un bar, un lugar muy exótico. Yo iba mucho con el Gordo, porque él era un amante de la música, Pink Floyd … bueno, ahí se sentaba en la barra, se ponía los auriculares y hacía lo que a él le gustaba, ¡poner música! Yo hacía la mía, miraba… estaba en la bajada Sargento Cabral, más o menos a mitad de cuadra, la fachada es la misma, sigue estando. Y la anécdota que yo le contaba a los chicos es que, bueno, yo no usaba la tetera, pero tenía mis artilugios…”

“Acá en Rosario, el lugar de ambiente durante la dictadura, era Marnet. Pico Fino, ya sobre el final de la  dictadura, era un lugar de encuentro”. 

La torta se afina en el relato, entrecierra los ojos, busca nuestras miradas, se pone locuaz. Hay un encanto recuperado en el tono de voz. “(…) siempre muy fina yo; no había celular obviamente en esa época, entonces  tenía mis tarjetas personales, el teléfono fijo de mi casa, 35240. Por ahí estaba en la barra y si me gustaba alguien le dejaba la tarjeta. Esperabas que te llamen o te ponías a charlar ahí. Varias veces me fui hasta el baño y si alguna chica te seguía, empezabas una conversación”.

Apa. Por un segundo fantaseé con una tetera de chicas. Un lugar privado de besos y frotadas. A media luz, al estilo de “Susurros en tus oídos”, gente rompiendo lamparitas mortecinas, chicas en tetas y alguna que otra sonrisa húmeda. Soy re-puto, pienso. Estela salía en esa época con un grupo de amigas, de Zavalla, otras de Rosario, haciendo honor al adagio “4 tortas, 16 parejas”. Nos reímos los cuatro.  “Y a ese lugar iba muchísima gente de ambiente y de pronto, entraba alguno corriendo gritando: ‘la policía, la policía’ y salíamos todos corriendo. Muchas veces llegaban en esos colectivos azules, viejos, paraban y ahí nomás adentro, adentro, te llevaban. Yo me salvé varias veces y una vez me llevé un buen susto …”.

“Varias veces me fui hasta el baño y si alguna chica te seguía, empezabas una conversación”. 

¿Cómo saber que se siente cuando te paran en medio de la razzia y te salvas porque “tenés un trabajo decente”? Estela estudió, tuvo una profesión, algo valorable en “esa época”. Estudió Educación Física, claro. Y su primera vez fue en un campamento de verano, con la Directora. Una historia de corridas por los dormitorios de la colonia de vacaciones. No terminó bien, pero fue suficiente para abrir el mundo. Y zafar. Ciudad impía, Rosario. Llena de vice-direcciones y represión.  

“Muchas veces llegaban en esos colectivos azules, viejos, paraban y ahí nomás adentro, adentro, te llevaban. Yo me salvé varias veces y una vez me llevé un buen susto …”.

El infierno está encantador

Había una vez, una torta alta, delgada, finísima. La conocí en Chavela Bar. Era la ex de la dueña, era la dueña, la socia. Según su propia versión, el espacio de Chavela surge de un viejo anhelo, “¿qué se hace un domingo a la tarde? Ver una película, jugar, tomarse un café con gente de ambiente”. La palabra “ambiente” me remite a los 80. Un viaje por el túnel del tiempo. Hay cierta ingenuidad cuando miro mi adolescencia, ya en plena efervescencia de la vuelta de la democracia. Las valoraciones son inconmensurables. Yo tuve los Redondos, Sumo, Madonna y Virus. Mi primera ex. Y el centro de estudiantes. Stella empezó a militar en el MAS. Y dice que eso la “despertó”, que no había problemas con su sexualidad, que incluso algunas compañeras la acompañaron. Y que eso del “grupo de diversidad” es de ahora, antes no se militaba desde la putez en los partidos.

Stella empezó a militar en el MAS. Y dice que eso la “despertó”, que no había problemas con su sexualidad, que incluso algunas compañeras la acompañaron.

Tormenta del desierto

Había una vez mi imaginación hecha vidrios rotos. Una tormenta del desierto no-televisada. También vuelvo a los ´90. Durante todo ese tiempo, Estela iba a  bailar a Shelter con otro grupo de amigas. Ya en los cuarentaypico. La pasó bien. Yo comí pizza y tomé champagne. Arranqué la facu. Me enamoré. También me acuerdo de Shelter. “Tenía una pasarela me-mo-ra-ble”. También me acuerdo del baño de Shelter. Pero esa es otra parte de la historia.

Para no tirar la historia a los coyotes

Llegué con muchas preguntas esa tarde gris. Y me encontré con una caja de chocolates, esta Estela. Siempre con un dejo de formalidad, divina, nunca delatada por la edad. Perfil profe de educación. Ya sabes. Hablamos también mucho de cuestiones cotidianas, caseras. Radio, revista, laburo, amigEs en común. Y su propia historia. Este hermoso desastre que es NUESTRA historia, no fue concebida en soledad. A mi, como a Stella, la militancia nos dió la posibilidad de dejar de creer que era una cuestión de suerte el “destino”.

Resultó que había diferencias de clases, diferentes tortas, diferentes formas de serlo. Ojo, que escucho a mucha gente reír, ahora mismo. Escucho disparos ahora mismo. Cuando charlamos con Martín sobre este ensayo de crónica, pensamos mucho en el sentido. Por donde arrancar. Me interpeló enormemente pensar en cómo hacían para conocerse las tortas en tiempos aciagos. Durante la Dictadura por ejemplo. Antes de hoy. Cómo resistían. Pero sobre todo cómo se conocían en Rosario, o en esos lugares que no son BA, donde abundan quizá las Ilse. También me pregunto dónde están las tortas más grandes que yo. ¿Dónde estás, torta sesentona? No le tires tu historia a los coyotes.

 

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