Por Eduardo Mattio* / La figura de Francisco generó esperanzas en algunos movimientos sociales. Sin embargo, nunca cesó en su campaña anti derechos para la comunidad LGTBI. Para el autor de esta nota, el liderazgo del papa habla de la desorientación que viven algunos sectores políticos en América Latina.

Desde su asunción como pontífice de la Iglesia, Francisco resultó simpático a muchos sectores sociales comprometidos con la justicia social y la erradicación de la pobreza. En un contexto global, gravemente marcado por la pregnancia del discurso neoliberal en diversas dimensiones de la vida colectiva, la doctrina social del pontífice resulta disonante y prometedora. Su proximidad a ciertos sectores del peronismo como su vínculo con algunos pastores comprometidos con causas populares, volvió prácticamente creíble la trasformación del adusto Bergoglio en el “Papa compañero”. Tras la victoria del macrismo en las últimas elecciones presidenciales, esa caracterización del papa como figura progresista, comprometida incluso con la defensa de los DDHH y con el acceso equitativo a la tierra, al techo y al trabajo, ha concitado en el campo popular una adhesión a su liderazgo que no sólo resulta sorprendente; habla con claridad de la grave desorientación que padece la lucha por la justicia no sólo en la región, sino en el mundo entero.

Ha concitado en el campo popular una adhesión a su liderazgo que no sólo resulta sorprendente; habla con claridad de la grave desorientación que padece la lucha por la justicia no sólo en la región, sino en el mundo entero.

Pese a eso, quienes activamos de un modo u otro en sectores vinculados al feminismo y a la disidencia sexo-genérica, no olvidamos tan fácilmente que Francisco es Bergoglio. Es decir, no dejamos de tensionar el presunto liderazgo progresista del papa argentino con su insidiosa cruzada contra los derechos sexuales y (no) reproductivos. Cabe reconocer, que su trayecto doctrinal —por razones que no es fácil decodificar— dio lugar a ciertas confusiones. En una entrevista periodística, a la vuelta de su viaje pastoral a Brasil con ocasión de las Jornada Mundial de la Juventud, Francisco sorprendió a propios y extraños diciendo algo que, pese a las formas, reiteraba la machacona moral sexual de la Iglesia. Consultado por qué no había hablado con los jóvenes sobre temas espinosos como la homosexualidad, el pontífice subrayó que ellos ya conocían la doctrina eclesiástica sobre tales cuestiones. En ese contexto, señaló que él no era nadie para juzgar a los gays (cualquier católico sabe que eso queda reservado a dios); y finalizaba recordando que todas esas cuestiones ya habían sido resueltas de un modo “muy lindo” en el Catecismo de la Iglesia Católica. Casi todo el mundo, incluso ciertos sectores del colectivo LGTB, quedó fascinado por lo que el papa había declarado: si él no nos juzgaba, parecía que finalmente seríamos recibidos en el seno la Madre Iglesia. No pasó mucho tiempo para que esa frase —tan benévolamente interpretada— se completara con otras enseñanzas de Francisco en las que se volvía a insistir en la excelencia del matrimonio cristiano entre varón y mujer, en la ilegitimidad del reconocimiento legal del matrimonio gay y de las identidades trans, en la condena moral del aborto, en la perversidad de la “ideología de género”, entre otros lugares comunes.

Francisco sorprendió a propios y extraños diciendo algo que, pese a las formas, reiteraba la machacona moral sexual de la Iglesia.

Tras su viaje por Georgia y Azerbaiyán, el sucesor de Pedro volvió a la carga contra la maldad que supone enseñar a los niños cuestiones de género. Aunque reiteraba su condescendiente respeto por las personas gays y trans, señalaba con disgusto: “Una cosa es que una persona tenga esta tendencia, esta opción, e incluso que cambie de sexo, y otra cosa es hacer la enseñanza en la escuela en esta línea para cambiar la mentalidad. A esto yo llamo colonizaciones ideológicas”. El día anterior, frente a muchos fieles, tras ponderar las virtudes de la vida conyugal heterosexual, llego a minimizar la violencia doméstica: “es normal que en el matrimonio se pelee, sí, es normal. Sucede que vuelan los platos, es normal. Pero si es verdadero amor, se hace la paz inmediatamente”. Como puede verse, el supuesto progresismo del papa argentino convive con un heterosexismo irreflexivo que es usina de diversas formas de violencia contra las mujeres y las personas LGTB.

Tras ponderar las virtudes de la vida conyugal heterosexual, llego a minimizar la violencia doméstica: “es normal que en el matrimonio se pelee, sí, es normal. Sucede que vuelan los platos, es normal”.

En Argentina, a diez años de la sanción de la ley 26.150 (la que creó el Programa ESI), ciertos sectores feministas y LGTB luchamos por implementar la enseñanza de la sexualidad desde una perspectiva de género. Sin ese abordaje, la ESI no servirá para reducir la violencia sexista, la discriminación homo-lesbo-transfóbica, la miseria sexual a la que se ven sujetos much*s niñ*s y adolescentes; solo será un artefacto biopolítico reproductor de la matriz patriarcal y heterocentrada. Frente a tales desafíos, la enseñanza del pontífice no sólo atrasa; también es cómplice de la inequidad y el sufrimiento al que se ven sujetas las mujeres y las personas LGTB. Con lo cual, en lo que se refiere a cuestiones de género y sexualidad, el obispo de Roma no deja de ser un lobo disfrazado de cordero; un peligroso depredador que no sólo vende los espejitos coloreados de la doctrina social de la Iglesia; sostiene intactos los resortes ocultos de aquella violencia multiforme que precariza nuestros cuerpos, identidades y deseos.

*Puto feminista. Docente e investigador de la Universidad Nacional de Córdoba.

Collage: Debora Froucine

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