Martin Gagliano es de CABA, obrero del teclado y del arial 10. Activista de algunas causas mas o menos sociales, quizo ser científico pero la matemática lo empujó a las letras: del periodismo al guión de cine y a la comunicación.  

Simetría

Estamos tirados en el pasto, te siento respirar al lado mío pero no giro la cabeza. Las formas de las nubes, un tarot apoyado en el infinito. Un Rorschach de luz y sol. Vos y yo en este mundo, en este espacio cuadrado-rectangular verde y húmedo.

Caprichosas las nubes arriba se deslizan. Abajo el pasto, aprisionado entre los límites del concreto nos contiene. Y sin embargo, la alfombra verde crece hacia arriba.

Coerción, nos obliga a obedecer la única ley que no podemos desafiar sin consecuencias graves y tenemos que aferramos al centro de esta tierra que nos impide, en su girar, salir flotando y mecernos en el aire. El planeta gira rápido en su eje, para mantenernos fijos. El cemento contiene al pasto para que no se derrame hacia las habitaciones y tome por asalto los pisos de parquet.

Pero yo quiero ser nube, por eso no puedo esperar a que las fuerzas lógicas de esta naturaleza primaveral decidan por mi y te beso. En tus labios voy cuesta abajo en una calle empinada, metido adentro de un changuito de supermercado. Tu boca y yo sin frenos. Siento el corazón acelerado y quiero más.

Me mirás desde adentro de tu cabeza, deconfigurás el impulso impertinente de ladrón y redoblás la apuesta. Menos mal. Todo límite está ahí para ser cruzado.

Un beso devuelto es un triunfo. Impertinentes, nosotros nos tranzamos mientras el ecosistema continúa su labor casi obsesiva. El pasto crece, produce alimento, el sol lo inunda pero ya no nos importan demasiado ni la biología ni la físicoquímica. Ahora somos una mancha de plasticola en el centro de una hoja Kanson número 5 que despacito se dobla por la mitad.

Zorrito

Entro a mi departamento y lo primero que veo es a mi novio sacándole fotos a un adolescente que solo lleva puesta una campera rosa con capucha. El interior de la capucha es azul, y tiene unas pequeñas orejitas en la parte superior. Los colores son sumamente atrayentes. El contraste de la piel muy blanca, muy lisa, contra ese azul eléctrico. Los ojos ambarinos, las pupilas un poco dilatadas. El bello púbico que nace justo en el límite de la prenda y se extiende suavemente hacia abajo. Ellos miran con sorpresa. No esperaban que llegara tan temprano. Alguien balbucea algo que no me importa. El chico se sube el cierre como si con eso pudiera ocultar la falta de todas las otras prendas.

Subo a la habitación principal, cierro la puerta y me aflojo la corbata con lentitud. Siento pasos urgentes en la escalera. Mariano abre la puerta y se la cierro en la cara. El tendal de excusas que escucho detrás de la madera me resbala, al punto tal que no se si logra importarme. Me saco el traje y suspiro. Mariano forcejea para abrir. Dejo una pequeña rendija, para que no haga una idiotez como empezar a patear mi hermosa puerta, y lo miro sin decir nada. Le pido que espere abajo, que siga con lo que sea que está haciendo.

Me miro al espejo, me veo cansado y un tanto avejentado. Comparo mi imágen con la fugaz visión del chico sin ropa. Busco sus ángulos, sus músculos definidos, trato de saber en qué parte de mi cuerpo los ocultó la vida de adulto. Bajo las escaleras despacio. En el living, Mariano y el chico están tomando algo sentados en los sillones. Me acomodo en el individual, enfrente al chico. Ambos me hablan, al mismo tiempo, trabándose con las palabras, pisándose las excusas. Yo solo sonrio.

Mariano se me acerca, lo empujo y me levanto, me planto frente al chico. Desde arriba observo su pelo castaño, la capucha caída sobre su espalda, las orejitas visibles, una vez más se va toda mi atención en el contraste de colores. Le pido que se pare. Lo hace mecánicamente, con un poco de miedo. Lo miro a Mariano, le digo que le diga al chico que se saque toda la ropa, como cuando los encontré. Mariano se niega, el chico está confundido, no sabe bien qué hacer. Le repito la orden a Mariano, un poco más alto y con mayor firmeza. Derrotado, mira al chico y le pide que lo haga. El chico se desnuda y se vuelve a sentar en el sillón, tembloroso, asustado. Le ordeno que se pare. Es un poco más bajo que yo. Delgado, piel cobriza. Huele demasiado bien. Su cuerpo es envidiable. Verlo desnudo es casi un espectáculo morboso, pero inevitable.

Le pido a Mariano que vuelva a agarrar su cámara, la que yo pagué para que el juegue al fotógrafo profesional. Los llevo a ambos a la posición inicial, al momento exacto en que los interrumpí. Mis órdenes no se discuten, se ejecutan porque soy el dueño de casa y

porque la situación ya está lo suficientemente cagada, al punto de que solo puede empeorar.

Me planto de nuevo delante del chico que sigue parcialmente desnudo. Miro a Mariano y con señas le hago entender que quiero que haga foco, que saque fotos. Después de un minuto de silencio incómodo, le digo al chico que se arrodille y me chupe la pija.

Mariano se pone histérico, balbucea insultos y obscenidades irreproducibles, el chico se niega. Yo saco lentamente mi billetera del bolsillo trasero y empiezo a tirar billetes

de 100 pesos al pecho del chico, mientras repito que se arrodille y me la chupe. Por cada billete levanto la voz un poco más y repito la orden. El chico indeciso contiene los sollozos. Mariano se me viene al humo, pero comete su primer error: deja la cámara al alcance de mi mano. El chico se agacha, amaga a recojer su ropa pero tambien los billetes. Mi rodilla impacta en su nariz con una velocidad inesperada. Me saco a Mariano de encima con un golpe, me levanto y con un grito destrozo la cámara contra la pared. Tomo al chico por los hombros y lo arrojo desnudo y dolorido al palier de salida. Cierro la puerta de un golpe. Mariano me mira, me esquiva y se va a la habitación. En el camino, amenaza con hacer las valijas.

Me pongo la campera del chico, que aún queda ahí, sobre el sofá. Me calzo la capucha y palpo la suavidad de las orejitas. Salgo del lugar. El chico, medio desnudo y arrodllado en el piso, me pide suplicando que lo deje pasar, que le devuelva sus cosas. Lo dejo atrás camino al ascensor, que ya abre la puerta.

Salgo al calor del sol del atardecer y camino hasta los diques del puerto. Observo el agua del canal principal y los restaurants del otro lado, que prenden sus luces en una sinfonía secuencial. Mi teléfono suena, es Mariano, pero no atiendo. A la cuarta llamada le mando un mensaje: dejá las llaves con el de seguridad y andate. Aun tengo puesta la campera escolar. Tiene el nombre del chico bordado en el costado junto al logotipo del colegio secundario y una frase graciosa en la espalda. Es de un rosa muy bonito. Paso las manos por la capucha, encuentro las orejitas que parecen de hipopótamo. Pequeñas, repujadas. Simpáticas. Me hundo en la tela, en el aroma. La siento hermosamente cálida y pienso en la piel del chico. Debe ser así de rosa, así de eléctrica, así de suave y así de calida. Camino sin rumbo mirando a quienes

patinan y hacen ejercicio. El aire huele a primavera. Tengo una campera nueva y una cámara menos.

No estoy triste, no tengo ningún sentimient

-u-

Abrí los ojos. Dejame que te bese.El día está hermoso y vos acá durmiendo.

Igual me gusta verte así, desnudo, todo para mi.Se me van los ojos en tus caderas, tus costillas,Tus tetillas, tus tatuajes, el color cobrizo de tu piel.

Dale, que el sol ya nos hecha de la cama. Toda este bardo de sábanas, amasijo de vos y yo tal cómo caímos anoche, cansados de tanto besar.

Desayunemos con estilo y miremos las noticias.Yo leo el diario, vos encargate de las tostadas. O quedémonos acá, tirados en calzones abajo del ventilador. Miremos un partido de Los Pumas.

Salgamos a caminar al sol del mediodía por el barrio.

Compremos fruta que no vamos a comer, demos vueltas como si paseáramos un perro imaginario.

Busquemos un lugar en el pasto para leer manga, o encontrarle formas a las nubes.

Reíte mucho conmigo. Vayamos a andar en rollers. Juguemos a los fichines. Saquémosle fotos al obelisco como si lo viéramos por primera vez.

Caminemos hasta el río, pero no al falso estanque de puerto madero. Algunos sabemos que el verdadero río, incontenible, está más allá.

Llevame a un museo. Caminemos por cualquier sala. Elegí un cuadro. Decime que es tu favorito y contame por qué. Aunque no tengas ni puta idea, explicame lo que crees que es el arte, chamuyame sobre estilos pictóricos, sobre conceptos, formas, pinceladas y paletas de colores. Hablame del Aura, de la muerte del autor, de la obra en la era de la reproductibilidad técnica.

Yo te escucho. Mirá, pongo la cara asi, seria, asintiendo muy de acuerdo.

Pasemos una vida en 24 horas. Gastemos el tiempo que es nuestro, antes de devolvérselo a la rutina amarga del lunes.

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