Por Jano /  Un abogado suelta a su cola glotona en la intimidad de cuatro paredes a manos de un trabajador sexual que se esmera en romper su vida monótona y triste.

A veces soy Jano y a veces me resulta una piel incómoda. Jano es atrevido, confiado, creativo y dominante. Es mucho. No siempre logro sentirme así, pero cuando suena el celular y veo que ese cliente que me viene dando vueltas hace una semana me confirma un encuentro, Jano toma las riendas de la situación y dando unas últimas pitadas sale en busca de esa cola que nos llama.

Cuando el cliente es nuevo vamos atentos. La experiencia nos dice que es preferible puto precavido a un puto fajado por machitos que para reforzar su heterosexualidad tienen que pegarle a quien quisieran estar chupándole la pija. Llego al edificio, toco timbre y sale un pibito al mejor estilo nerd, muy flaquito pero con una sonrisa compradora.

Desde el beso en la mejilla, Jano empieza a tirar plumas. Pero el pibe cortaba cualquier tema de conversación. Parco me miraba detrás del desayunador. Mientras intentaba charlar, yo revisaba con la mirada la casa del chongo: estaba llena de papeles y libros gordos, me ganó la curiosidad y pregunté:

 -¿De qué trabajas, amor?

– Abogado

¡Mierda, le tendría que haber cobrado el doble!, pensé.

Habrá notado mi expresión pensativa porque aprovechó la distracción. Metió la mano en mi pantalón buscando la pija ya muy dura y empezó a chupar. Sabía lo que hacía. Toda adentro y me miraba pidiendo más, me desafiaba. Yo hubiera dejado pasar esa insinuación, pero Jano redobló la apuesta. Sin más preámbulo, de un tirón del brazo, lo puse contra la pared y mientras un par de lengüetazos surcaban la canaleta del pibe, con disimulo me puse un globito.

Apenas la apoyamos sacó culo y la devoró. Intentó moverse pero de dos chirlos y una agarrada fuerte empezamos a bombear con el único objetivo de darle placer a esa cola glotona que pedía unos mimos. Era insaciable, una lucha feroz. Jano no estaba dispuesto a acabar así que bombeaba cada vez más fuerte mientras el otro, desesperado, se pajeaba con disimulo  (quizás era de esos pasivos que no quieren ni que les mires la pija). Cuando estaba por explotar lo vi en su cara: preocupación, desesperación, incomodidad, placer, relajación.

La saqué todavía caliente pero él se empezó a vestir y me dice “la puerta de al lado es el baño, pasá si querés”. Todo el fuego se apagó y el look parca volvió a apoderarse del abogado que me hablaba como si no fuera la misma persona que recién me pedía pija mientras se abría el culo para que llegase más adentro. Me limpié el sudor de la frente mientras pensaba en estas maricas estúpidas que viven a contra mano de lo que sienten.

Son varios los putos tristes que esta profesión me lleva a encontrar encerrados en sus propios miedos, y creo tener el ojo entrenado para reconocer cuando me cruzo con uno. En el ascensor solamente hablamos de lo tarde que se hizo, un beso y me despide. Lo veo subir y agarro mi celular, busco su contacto (sepan comprender que las putas tenemos poca memoria en este desfile de porongas) para agregarle una nota: “ProfesionalTapado. Cobrar el doble”.

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