Por Jano / Un trabajador sexual recibe una propuesta muy particular: un cliente con una enfermedad terminal le pide que lo mate a cambio de dejarle todos sus bienes. ¿Cuál es el límite frente al dolor, el placer, las decisiones personales y los negocios?

Que mi cuerpo es mío no es ninguna novedad. Pero todavía, por suerte, vivo situaciones que arrasan mis estructuras y me obligan a reconstruirlas. Y esto vengo a contar.

M era un cliente relativamente nuevo con quien tenía muy buena piel. Fetichista, morboso y perversón (si fuera menos puta, me hubiera enamorado de él). Nos estábamos viendo todos los jueves alrededor de las 6 de la tarde, yo iba a su departamento y sin mucho preámbulo pasábamos a la acción. Era una hermosa performance de sumisión-dominación donde él, atado a una silla, se dejaba torturar y gozoso abría la boca pidiendo escupidas.

Esto pasó, como ya era habitual, un jueves. Un par de horas antes de la cita acordada me llegó un mensaje de él: “Voy a tener que cancelar, me siento mal”.

Acá quiero a hacer un paréntesis y hablarle especialmente a lxs clientes: quien vaya a terapia debe saber que cuando un turno se cancela o faltás se paga la hora completa en el próximo encuentro. La informalidad del trabajo sexual difícilmente permite que esto pase, pero cancelarnos sobre la hora no solo es una falta de respeto (que sería lo que menos me importa) sino que en mi despierta una furia puteril incontrolable. Posiblemente te responda “ok, todo bien”. Pero vayan sabiendo que si decodifican mi mensaje el subtexto está lleno de puteadas. Cierro el paréntesis.

Antes de contestarle a M “ok, todo bien” veo que empieza a mandar un audio, me contengo y espero su excusa… puf, si hubiera sabido la que se venía.

¡Play! Con la voz firme pero pausada me pide disculpas por cancelar sobre el pucho y me confiesa que tiene una enfermedad terminal. Sabe que se está muriendo y en esta agonía no insulta ni llora sino que me hace una propuesta “Quiero que me mates. Quiero que me ahorques hasta que muera, yo a cambio te dejo todo: mi casa, mi auto, mi plata, todo lo que tengo”.

Seamos sincerxs, todxs en algún momento fantaseamos con la herencia de un daddy ya muy mayor y que sin familia nos deja toda su inmensisisisima fortuna, al mejor estilo Adelfa y Reinaldo que, casamiento arreglado de por medio, te soluciona el futuro en términos económicos. El mambo es que la propuesta que me hacían tenía el pequeño detalle que la muerte no iba a ser causada por un pacífico paro cardíaco sino que quedaba en mis habilidosas manos.

Lo escuché y quedé recalculando. Lo primero que saltó a mi mente fue la moralina siempre dispuesta a escupir lo políticamente correcto a través de mi boca “yo no soy un asesino”, “no sé si podría vivir sabiendo que maté a alguien”. Pero su contrapartida vino al encuentro “es increíble a lo que se puede acostumbrar uno”. En un flash de lucidez me acordé de mi mamá que en todos sus cumpleaños me hace el mismo pedido: “Si me agarra un ACV, como a la tía, y no me puedo mover, desenchufame”. Yo siempre le prometo que si llega el momento, lo voy a hacer. Seguido recordé mis propios deseos suicidas no por estar depresivo sino como una posibilidad tranquilizadora. Si para M yo soy quien le gestiona su placer, es totalmente entendible que también me quiera de verdugo. Mi cuerpo mi decisión: como yo decido ser escort, ella decide abortar, él decide morir.

Respiré profundo, el audio ya se marcaba en azul, él sabía que lo había escuchado pero no tenía respuesta ¿Puedo esta vez sostener con el cuerpo lo que sostengo en palabras? A veces el placer y el dolor se mezclan ¿qué dolor? Quizás su dolor es ahora y busca un final, quizás su cabeza no lo deja en paz, quizás siente que llegó su momento pero no se anima ¿Eso… por qué no se mata él? Quiero intentar escribirle todo esto que pienso pero mi celular es viejo y se tilda y sin querer se envía un audio corto donde no digo nada.

M está “en línea” pero el audio no se pone en azul, no lo reproduce. Me quedo mirando el teléfono, pánico y mando un segundo mensaje. “¿Me estabas haciendo una joda? No me estoy riendo”. M sigue “en línea” pero mi audio aún no es escuchado, yo sigo sin respuesta.

Quisiera poder darles más certezas, yo también las necesito. No sé si M tenía un humor muy particular e intentó hacerme una broma, no sé si le pasó algo a su celular, no sé si M sigue vivo. A la segunda semana de haber vivido esto, ya me dejé de preguntar que habrá sido de M, al menos hasta hoy que me senté a escribir. Al final era cierto: “es increíble a lo que se puede acostumbrar uno”.

Ilustración: Franco Rasia 

Deja un comentario