Juan Solá, escritor chaqueño y activista por los derechos humanos y contra la discriminación. Es autor de “La Chaco”, novela que narra la historia de Ximena, una mujer trans que transita la penumbra de una ciudad que la malquiere y a la que llegó con la intención de ser libre.

 

Nos deben

Nos deben las balas en los corazones enamorados.
Nos deben las señoritas que dejan de patear pelotas
y los caballeros que dejan de vestir muñecas.

Nos deben las travas muertas,
poco antes de los cuarenta,
que se duermen para siempre
agotadas de esa ruta
que es plato de guiso,
pero también tan peligrosa
que ni los principes azules más valientes
se atreven a transitar.

Nos deben las tortas cagadas a piñas
por negarle culto
al certificado de macho que se esconde bajo el bulto.
Nos deben las mariquitas que dejaron de bailar.

Nos deben las marimachos casadas a la fuerza.
Cazadas a la fuerza.
Castradas a la fuerza.
Nos deben los trolos que besan a sus hijas
pero sueñan con las pijas
que les supieron negar.

Nos deben los putos de pueblo
y sus bocas llenas de sangre
y sus estómagos llenos de puños
y esos campos que son tan anchos
que nadie los oye llorar.
Nos deben toda la tela
de esos vestidos de quince
que vistieron tantas Emilces
que querían llamarse Gaspar.

Nos deben las cartas de amor que nunca fueron entregadas
y duermen para siempre en los cajones con olor a crema
de las tías solteronas.
Nos deben todos los nadie
que sacamos de los armarios
para meter en cajones,
en funerarias vacías,
porque no se atrevieron a amar.
Nos deben los gurisitos que nadie pudo criar.

Nos deben las maricas que se tiran de los puentes
algún febrero caliente
por culpa de un tal don Simón
que inflado de odio y vino
las amenaza con motivo:
yo no tengo ningún hijo maricón.

Mirá la negra de mierda, mirá cómo lleva los nenes en la motito. Tres gurisitos sin casco, cagándose de frío, y la negra con ese culo enorme que ocupa todo el asiento. Qué hija de puta. Mirá, mirá cómo lleva a la pendejita, medio dormida, casi cayéndosele de esas piernas gordas de tanta cerveza y torta frita. Y mirá el otro, ahí atrás, agarradito como puede, tiritando, pobrecito. ¡Y mirá cómo lleva el bebé, negra hija de mil putas, metido adentro de la campera! Inconsciente de mierda, ojalá le saquen los hijos, ojalá se muera esta negra de mierda.

La camioneta arrancó, rabiosa, y se perdió calle abajo, zambullendo a la negra y sus crías en una nube de humo pegajoso. El que iba atrás tosió un poco y la motito se paró. El señor del golcito gris bocinó con furia a sus espaldas y le ordenó que se moviera, pelotuda, y la puta que la parió.

La nena en la falda abrió los ojos despacito y preguntó si faltaba mucho. La madre le apoyó la mano temblorosa sobre la frente sudada, comprobó que la fiebre seguía allí y murmuró un no mi amor, así, triste y suavecito, como los quejidos del Nazareno, que llora acurrucado contra sus tetas tibias, o como el cinco por seis treinta, cinco por siete treinta y cinco, que el Ismael recita con los brazos envolviéndole la panza llena de pan y mate cocido, porque al otro día tiene prueba y la Brenda tiene fiebre, y el Nazareno llora de hambre, y a esa hora el colectivo ya no entra hasta el barrio, y el Mario que no aparece desde la semana pasada, y la motito que se para cada cinco cuadras, y el hospital que todavía está lejos, y doña Esther que le dijo que para qué iba a tener otro hijo a los veintidós, que mejor abortara, y el Ismael que cada tanto dice que tiene frío, y la Brenda que se va quedando dormida, y la negra de mierda que le pide al Ismael que diga las tablas más fuerte, para que escuche la Brenda, para que no se duerma la Brenda, mientras que a ella le arden los ojos de tanto aguantarse las ganas de llorar de miedo.

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