Por Lucho Fabbri* /  Dos años de Macri en el gobierno dejan como saldo un marcado aumento de la violencia institucional y social hacia el colectivo LGTBI. El desafío de construir un bloque diverso y multicolor con vocación de derrotar la ofensiva neoliberal. 

Hace un par de semanas volábamos rumbo a Chile con mi compañero, alternando entre la lectura conjunta de La Chaco de Juan Solá, y mi relectura de algunos de los diez epílogos del libro sobre feminismos y poder popular que viajaba a presentar. Era un avión con esas filas de tres asientos; Mauri iba apreciando la cordillera por la ventana y yo en el medio, intentando avanzar en la lectura cuando la señora del lado del pasillo no se aguantó más las ganas de socializar con nosotros (Ah re) e interrumpió; “¿Qué estás leyendo tan concentrado?”, “¿Feminismos dice?”, “Mi hijo también es gay”. No voy a discutir lo prejuicioso de sus asociaciones porque madre de puto sabe y al menos en este caso estaba en lo cierto.

Pausé un toque la lectura, al menos para disimular un poco que soy el antipático de la pareja, y escuché sonrientemente a la señora contar de su hijo y su yerno. La historia de amor de Nico y Nacho -ponele que así se llamaban-, con matrimonio igualitario y adopción mediante, era invocada por la señora para dar cuenta de “la evolución de la sociedad”, de “un cambio cultural profundo e irreversible”, que por ejemplo habilitaba a esta otrora impensable conversación, tan moderna y progresista.

Dejé la sonrisa pasiva -sólo la sonrisa- para alertarle que ningún cambio es irreversible y que si de conquista de derechos se trata, mejor no hablar de “evolución”. Que donde hay derechos hay poder, donde hay poder hay conflicto, y que así como se puede avanzar también se puede retroceder.

Resistente a aceptar que la Historia, así como la historia de amor de Nico y Nacho, no viene con final feliz garantizado, tuve que apelar a un par de golpes bajos. Ups, i did it again, diría la Britney. Tanta sonrisa al pedo para acabar siendo el aguafiestas una vez más. Con otras palabras, le contaba a mi vecina que la derecha neoliberal viene con restauración conservadora. Y que ésta última no se expresa sólo en su gorilismo anti-populista, en sus versiones previsionales, laborales y tributarias. Sino que también es una intentona reaccionaria que envalentona al fascismo de a pie que hasta hace poco dormitaba en los armarios, y que hoy se siente con licencia para expresar su cis-hetero-odio sin pagar mayores costos. Palazos contra putos en La Feliz, besos tortas condenados en una plaza por un milico de azul, en un vagón de tren por un machito ferroviario o en un bar por un mozo que sólo acepta el beso lesbiano si es en porno mainstream y a medida del deseo paki. También claro, el incremento de la violencia social e institucional contra lxs trans y travestis.

Nota Fabri

Ojo, mataputos, y sobretodo matatravas, también hubo en la década ganada. Sin embargo, y aunque las conquistas siempre son de los pueblos, la ampliación de derechos hacia la población LGBT era entonces política de estado. Lxs transbiputortas lo sabíamos y la vimos venir. Por eso no nos dió lo mismo y protagonizamos la resistencia a este retroceso en el marco del balotaje presidencial, diciendo que Amor Sí, Macri No, que Macri Jamás. No alcanzó, y hoy política de estado es impulsar un protocolo para criminalizar travestis, pero respetando su identidad autopercibida. Porque claro, nos gobierna una derecha reaccionaria, pero hetero-sensible. O en otras palabras, careta.

Es cierto que después de todos estos años de organización, de movilización y de re-politización de nuestras reivindicaciones sexo-género-diversas, de que una generación de jóvenes (y no tanto) desvíadxs hayamos saboreado la puntita de un mundo más libre para nosotrxs, y de que buena parte de la sociedad se haya convencido como la señora, de que esta “evolución” llegó para quedarse, no les será tan fácil que demos el brazo a enderezar. Porque torcidxs ya estamos, y torcidxs nos queremos.  

Tan cierto como que en la cajita feliz del cambio macrista conviven los que matan a palos a una marica en un Mc Donalds, con la marica que llegó a SubSecretario Nacional de Juventud luego de saltar a la fama por ser golpeado junto a su pareja gay en una fiesta privada de San Isidro. En eso también tenemos que estar bichas, porque esta restauración conservadora es también conversadora, y tipo como que no tiene drama en sentarse a dialogar y financiarte un arcoiris mientras entre sus colores no esté el negro Milagro ni haya olor a grasas trans-militantes.

A la cárcel no volvemos!, nos dijo Lohana. A los clósets tampoco, fuimos resonando. Pero los armarios vienen en muchos formatos y colores y no sólo encierran nuestros deseos sexuales. También pretenden encerrarnos en nuestra propia sigla política o identitaria, ofreciendo la certeza del propio ombligo ante la intemperie y la incertidumbre. Evitarlo, no dependerá de enunciar un nuevo Nunca Más ni de volver a un Nunca Menos. Sino de nuestra capacidad de construir un bloque político diverso y multicolor, que además de disentir y resistir, demuestre vocación de derrotar la ofensiva macrista neoliberal-conservadora desde una unidad potente y deseante. Y sobre sus cenizas, construir el cielo donde todxs podamos volar, y para todxs brille fuerte el arcoiris.

Puto y feminista. Integrante del Equipo Disidente de Mala Junta-Patria Grande.
Fotografías: Sole Pellegrini

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