Andrés Bacigalupo, periodista puntano, relataba a fines del 2004 cómo era salir del closet en la mesa familiar navideña. Preguntas incómodas, una tía muy arpía, y alternativas para dejar boquiabiertos a todos los que se atrevan a molestar. 

Finalizaba el año 2004, no había smartphones, ni Grindr ni Tinder, las teteras estaban viendo su ocaso con el auge de los chats, Manhunt y blogs y el recién nacido Fotolog. La plataforma virtual desde un comienzo fue clave para tender redes entre personas con sexualidades e identidades disidentes y el portal Rosariog, de nuestra ciudad, trataba temáticas gays con aportes de columnistas de todo el país. En esta nota publicada en diciembre de 2004 Andres Bacigalupo, periodista puntano, relataba cómo era salir del closet en la mesa familiar navideña. Ojo, las cosas no cambiaron tanto.

Diálogos a la hora del vittel toné

Tía Martha desenredó su lengua de yarará y no para comer pan dulce, sino para hacer las preguntas menos deseadas con el clima navideño de fondo. Ya entré en el cuarto de siglo y eso significa muchas cosas pero sobre todo una: casáte, juntáte, hacé algo pero mostranos a tu novia. Así lo dictan cautelosamente los mandatos familiares que en mi casa están por todas partes : vi uno colgando del ventilador de techo y vi veinte mil en los labios en forma de “o” de mi tía Martha. Mi tía Martha apostaría su mísera jubilación a que yo soy gay, pero de la boca para afuera prefiere hostigarme y ponerme incómodo en cualquier cena familiar haciéndome la pregunta obvia : “¿Cuándo vas a traer una chica?”, “¿No estás de novio.. un chico tan lindo..?”. Lo hace con fingida espontaneidad pero es tan previsible como un chiste de Tinelli. Lo malo es que mis respuestas vacilantes y mis argumentos insostenibles también se han vuelto previsibles para ella y entonces yo me pregunto qué clase de formalidad nos obliga a repetir el guión cada vez que nos vemos (qué por suerte es cada tanto). Ahora –que se vienen las Fiestas- juré que le diría en la cara que soy gay o mejor no, que salgo con un boxeador borracho, que tengo amigas lesbianas que hacen abortos clandestinos con perejil, que me curto a un farmacéutico separado que no le pasa alimentos a sus hijos. No sé. Algo que convierta su boca de “o” en verdadero asombro. No digo provocarle un infarto porque la vieja es astuta y no se perdería el escándalo subsiguiente por una internación con respirador. ¿Chiquilín, mi plan, no? Es probable. Pero se origina –como ustedes sabrán entender- en los años y años que uno lleva educado para decir las palabras correctas en los momentos correctos. Si a todos les pesa la formalidad, a nosotros nos pesa el doble. Hasta los 22 –como mucho- se tolera que uno no tenga novia aunque los más despiertos ya barajan la hipótesis G. A los 23-24 la causa G gana más adeptos, en la familia, en el barrio y en la mente de la almacenera de la esquina, que ya nos fichó como sospechosos cuando en la infancia no nos destacábamos por jugar al fútbol o destrozar veredas. Y a los 25, aparecen las tías Marthas, que a decir verdad, a veces no son estrictamente tías, pero su papel siempre puede ser cumplido por una sesentona salida de un teleteatro de Migré. Las hay a montones. En tal caso, pueden dejarla boquiabierta con algún tipo de frases como las aquí sugeridas, aunque lo recomendable sería cambiarle de tema, callarla con una porción de pan dulce o preguntarle sobre los rumores malpensados que circulan respecto de su viudez.

 

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