Pobre, cholo y maricón: desandar la ciudad de La Paz

Por Edgar Soliz Guzmán /  Maricas bolivianas llenaron de besos y caricias lugares emblemáticos de La Paz. Una intervención callejera para reivindicar el pasado indígena  con una fuerte crítica a la heteronorma de la ciudad y la identidad gay estereotipada. 

14:00, San Francisco. El sol cae violentamente sobre nosotros mientras esperamos iniciarnos. Las personas van y vienen, casi como una película muda en la que todos se mueven aceleradamente sin decir nada, sin decirse nada. La tarde se apresura en el conglomerado de la ciudad que pasa ante nuestros ojos, acelerando, a su vez, para tragarnos en el ajetreo que la habita. Ajenos a ese movimiento, observamos el río de bronce que baja por la ciudad dividiéndola en una parte para los indios y otra para los españoles. Estamos en la ciudad de los indios, nuestro lugar, que no tiene orden; las calles y casas se acomodan como afluencias para el principal río, el Choqueyapu, y se pierden en la exuberancia de su descontrol, nada puede contener este cauce libertario. La ciudad de los españoles, al otro lado, está ordenada en manzanos cuadrados y calles perfectamente alineadas para organizar un modus vivendi sujetado al poder. Todo es cuadrado en esa parte de la ciudad, incluso su plaza principal, donde confluyen esas ilusiones de poder que tanto trabajo les cuesta creerse a ellas mismas. La ciudad de bronce brilla ante nosotros para imponerse como única posibilidad en nuestro imaginario. Por suerte podemos cerrar los ojos y pensar esta ciudad desde nuestros colores.

D 1

14:35. Empezamos. Ceremonia maricueca en la que desplegamos nuestros colores para cargar la vida, cargar nuestros amariconamientos destemplando la armonía de la institución heterosexual, homosexual, social, religiosa, política, etc. Hablar cargando. Cargar hablando. Porque es la memoria en la que acunamos nuestros nacimientos y pintamos de matices vivos ese seno materno que tanto amor y calidez nos ofrecía. Incluso nosotros cargamos nuestras muñecas, emulando a nuestras madres y burlando el control machista que nos quería “hombres” y violentaba nuestras infancias; aun así reíamos, porque nuestros aguayos de entonces eran telas blancas, sucias de tanto arrastrarlas, que servían de trapos de cocina donde también encontrábamos nuestro sitio. Desde entonces cargamos el peso del mujercito, del mariconcito y del mamito, acumulando carga, como nuestras madres, en cada paso que avanzábamos y retrocedíamos. No fue fácil, para nadie. Y hoy tampoco lo es.

D 2

Desplegamos nuestros afectos y nos miramos. La ciudad de indios se sobrecoge, porque en la puerta de su iglesia, que no le pertenece, dos q’iwsas[1] se besan efusivamente mientras todos disimulan no haber visto nada. Algunos buscan en sus celulares para releer sus conversaciones en WhatsApp y observan de reojo el atrevimiento en el atrio de su iglesia. Otras se colocan los audífonos para distraerse y hacer como que no miran, pero miran, porque la curiosidad puede más, siempre. Algunos padres y madres nos dirigen miradas acusadoras, todo en película muda, mientras desvían su camino y tapan los ojos de sus hijos e hijas para evitar el bochorno de la explicación posterior. La ciudad no nos mira, pero estamos ahí, besándonos otra vez para tomarnos de la mano y habitar nuestros afectos ante la impaciencia de la heteronorma colonial que se descontrola, porque se sabe vulnerable ante nuestros besos que provocan un fuego, más intenso, a pesar de la tarde que sigue ardiendo en nosotros.

[1] Homosexual, maricón, en idioma aimara.

 

D 3

15:00, Pérez. Atravesar la ciudad cargando nuestra infancia maricona. El reloj de la Pérez se detiene a esta hora para recordarnos que aquí se desbordaba la libido marica de la ciudad, en un tiempo en el que el deseo homosexual habitaba la calle, furiosamente, y no se reservaba a las aplicaciones virtuales que hoy existen. ¿Acaso nos hemos creído esa ilusión capitalista de Grindr?, ¿acaso debemos personificar el ser hombres, más hombres, para triunfar en ese inexistente espacio virtual, como culto hedonista – falocéntrico, donde ser afeminado, indio, cholo, gordo, sidoso, viejo, es no ser nadie, porque lo gay es un ridículo poster gelebetoso, donde un adonis nórdico capitaliza el deseo maricueca? Como la disco de ambiente, como Grindr, donde nos venden la ilusión de la libertad encerrados en cuatro paredes que a determinada hora de la noche nos embrutece de alcohol, nos asfixia de amor y nos ahoga en el delirio del macho activo que no lo es, porque, simplemente, no existe o no debiera existir en ese binarismo de los entramados/encamados homosexuales. Por eso entramos a la calle, donde debemos estar, para hacer el recorrido acompañados de nuestros afectos que necesitan airearse al igual que nosotros.

D 4

15:40. Fluimos como fuego que se propaga rápidamente. Nuestros besos q’iwsas son el centro de miradas que se detienen a escrutarnos y condenarnos para perecer en nuestro propio fuego, ese en el que seguimos retozando porque somos lo nefando. Desandamos esta ciudad en todas sus desigualdades para pensar de qué, exactamente, debiéramos estar orgullosos y cuáles debieran ser nuestros colores. Pero esta parte cuadrada de la ciudad, ciudad española durante la colonia, apenas despierta de su modorra de tiempos inmemoriales, apenas se inmuta con nuestro andar marica. Pensar es difícil en esta parte de la ciudad donde una indiferencia malsana corroe lo poco de vida que queda en sus calles y cicatrices que, como fantasmas, emiten quejidos inaudibles como memoria de lo que alguna vez había sido. Transitar la Comercio merece levantar esas miradas para recorrer esas subjetividades que nos miran y explorar sus razonamientos cuadrados como la parte de la ciudad que habitan.

D 5

16:15, Plaza Murillo. La patria está cagada, literalmente. Por encima de ella se alza, altanero, el señorón[2] que dice que dejó encendida la tea de la libertad. Tres palomas se asoman al vuelo, le cagan el rostro y lo dejan anonadado. Las palomas continúan su vuelo, son únicas, son las que se cagan en el centro del poder. Luego se elevan, en bandada, para iniciar una coreografía al son de las campanadas que marcan el ritmo de la tarde. Vuelan, como las personas ajenas a lo que sucede, a lo que nos sucede, mientras nos desatamos para provocarnos a nosotros mismos. Creemos ser los nietos de esos indios que tenían prohibido el ingreso a la plaza o de esos otros que murieron en las revueltas de 1781. Pero no, solo somos dos “maracos besándose en la plaza”, como lo acaba de decir un transeúnte visiblemente molesto. Maracos que no creemos el cuento del proceso de cambio y menos el de la representación indígena, como ornamento vacío de sentido, a la que han reducido o absorbido a las figuras indias de los pueblos milenarios. El poder es como la nada que lo destruye todo. No seremos los maracos alineados al poder por un mendrugo de ley que en la práctica cotidiana no resuelve nada, nada.

[2] Estatua de Pedro Domingo Murillo, “prócer” de la independencia boliviana.

 

D 6

16:50. Mástiles, detrás y delante de nosotros, mástiles y banderas. De todos los colores y países, abandonados a su erección en la que se acumulan uno detrás de otro y uno al lado de otro. En fila, en orden, violentos y fálicos, como los símbolos patrios, esos que permanecen inertes mientras nuestros besos nos derriten como sujetos descontrolados, irreverentes e insanos delante de esa ilusión de representación ciudadana. Lo más real de este paisaje, la mirada interrogante de una niña que aguza la vista para alcanzarnos con su mirada. Lo más falso e ilusorio, una Asamblea Legislativa que duerme el sueño plurinacional de los justos, mientras al lado se fermenta, cada vez con mayor intensidad, la podredumbre del Palacio Quemado[3]. Es media tarde y esta pudrición, que carcome conciencias, nos obliga a retirarnos tomando el camino más corto hacia nuestro propio abismo.

[3] Palacio de Gobierno, llamado “Palacio Quemado” tras sufrir un incendio en 1875, es el Palacio Presidencial de Bolivia, sede principal del Poder Ejecutivo Boliviano y la oficina y sede de funciones del presidente de Bolivia. El edificio se emplaza en la Calle Comercio frente a la Plaza Murillo de la ciudad de La Paz junto a la Catedral Metropolitana, y en diagonal izquierda del Palacio Legislativo, donde funciona el Parlamento de Bolivia.

 

D 7

17:25, avenida Camacho. La calle se abre para recibirnos mientras la ciudad nos expulsa. Cargamos con nosotros mismos en este transitar por nuestros orígenes y nuestros colores, nuestras sensibilidades y nuestros afectos, nuestras disidencias y nuestras filiaciones. Transitar cargando. Cargar transitando. Las miradas ya no pesan como al principio, son solo eso, miradas que se deshacen en el lenguaje de nuestros aguayos o en la furia de nuestros amariconamientos. Atrás el Illimani se oculta, apenas se asoma a través de los bloques de cemento y se borronea a sí mismo ante tanta desidia de la metrópoli. La ciudad es fría como la tumba de tiranos, es sombra como la maravilla de su ausencia, es muerte como el imaginario de progreso que fomenta. Ardemos en ese fuego amariconado que nos carcome amorosamente. Todavía queda algo de luz para la tarde. El semáforo, en rojo, inicia su cuenta regresiva.

D 8

¿Acaso es difícil cargar el reconocimiento de nosotros mismos?

¿Tan difícil es ser pobre, cholo y maricón?

Intervención callejera: Desandar la ciudad
Fotografías: Huascar Pinto Saracho
Ciudad de La Paz, mayo 2017
Movimiento Maricas Bolivia