El puto de la solerita (o acá hay olor a droga)

Por Martín Paoltroni y José Malé / Una pachanga marica de pura calza y taconeo, terminó en escándalo cuando un grupo de vecinos se cansó del cotorreo nocturno de un grupo de locas en pleno festejo. 

La primera vez que la vi montada fue cuando vivía en una pensión de la calle 9 de julio en Rosario; apareció con una solerita color beige barriendo grácilmente el minúsculo cuartito azul, que hacía las veces de bulín, comedor comunitario y sala de estudios.  Habíamos rescatado la prenda una noche de gire con la gorda,  cuando se había puesto de moda revisar volquetes. Nos llamábamos “las volqueteras”, una suerte de club clandestino que agrupaba a las locas pobretonas como nosotras que no tenían un mango para salir de compras. La remerita ajustada realzaba su contorno barroco y desprejuiciado, y  se movía como una doña al compás de la escoba que completaba el sketch matinal.

Otra vez, la noche nos encontró en un departamento de la calle San Juan con un bolso repleto de tacos que nos habían prestado  para una sesión de fotos. Teníamos que medirnos los pares con fines estrictamente profesionales, pero el ensayó derivó una vez más en una pachanga marica donde volaron tacones al ritmo de Totó La Momposina y sus tamboleros.

Pero  el capítulo antológico de nuestras aventuras travestis encontró su número de oro un 20 de abril mientras festejábamos el cumpleaños de “la checa” en el apartamento que compartía con sus hermanas.  Después de cenar, el armario de la casa no halló sosiego a las manos atolondradas de las celebrantes que primerearon los tacos y remeras ajustadas que allí se guardaban. Que ponete esto, que probate aquello, que me veo gorda… las voces chillonas se multiplicaba en el improvisado camarín donde se tejían los vestuarios adecuados para las mujeres barbudas. Una vez listas, comenzó la danza de tacos sobre el parqué que no hallaba respiro frente al sainete de las montadas.

Unas horas más tarde, mientras continuábamos loqueando despreocupadas en la seguridad del aquel bunker marica, la paciencia de un anciano, desató en rabia sobre el timbre de la casa. El miedo nos tenía paralizadas. No había tiempo para desvestirse, las remeras ajustadas nos jugaban un mal trago, y las hebillas de los zapatos se nos habían incrustado en los tobillos hasta hacernos el tatuaje de la vergüenza. Algunos se escondieron en el baño, otros buscaron refugio bajo el sofá, y el dueño de casa intentaba hallar alguna prenda masculina para serenar al viejo que contaba ahora con apoyo logístico de una vecina que vociferaba: “¡acá hay olor a droga…!”. La escena terminó bien: “disculpe señor son mis hermanas que están festejando un cumpleaños”, les dijo La Checa asomada a  la puerta, casi en bolas porque no hallaba su ropa de varón.

Un silencio sepulcral se adueñó de la casa. Entre asustadas y tentadas por la situación,  cada una fue abandonado su escondite en los rincones más inesperados. Pero faltaba una, la primera, el puto de la solerita que se lo había tragado la tierra… o había vuelto al armario, que paradójicamente  fue donde lo encontramos, en pelotas y en posición fetal, ya sin alas, rezándole a la Divina Trans por su vida.

Ilustración: Franco Rasia