¿La homofobia es una enfermedad?

Por Martín Paoltroni / La utilización del concepto “homo-lesbo-transfobia” funciona como un justificativo de la acción violenta. ¿Es legítimo seguir utilizando esta definición cuando hablamos de crímenes de odio o situaciones violentas hacia el colectivo LGTB?.

“Si nos matan es porque no nos tienen miedo”, deslizó una vez Marlene Wayar, mientras leía un documento político del colectivo LGTBI que reclamaba el fin de la homolesbotransfobia. Y la sentencia resonó como un disparo estrepitoso sobre la bibliografía que durante décadas acuñó el término que se utilizó para centenares de campañas de prevención y políticas públicas. Entonces aparece la pregunta ¿de qué hablamos cuando nos referimos a los asesinatos o actos discriminatorios hacia personas de la comunidad?

Cuando el feminismo logró la instalación de femicidio como figura penal para los casos de mujeres víctimas de la violencia machista, el colectivo de la diversidad sexual redobló la apuesta al hablar de travesticidios como ejemplo de los múltiples homicidios vinculados a la identidad de género; de igual manera se ha utilizado la palabra lesbicidio para los casos de lesbianas. Sin embargo el punto de partida es otro. ¿Qué motivaciones operan para la comisión de crímenes atroces que vuelven a poner contra las cuerdas a la condición humana?

En esta línea, el pensamiento de Wayar desanda la complejidad que reviste la utilización histórica de la palabra homofobia, y cuestiona la utilización de un término íntimamente ligado a una utilización patologizante que justifica las actitudes violentas y quita responsabilidad al agresor de la intencionalidad del acto. Si los manuales de psiquiatría y psicología definen a la fobia como “un miedo intenso y progresivo provocado por un determinado objeto, animal, actividad o situación que ofrece poco o ningún peligro real”, cabe preguntarse qué peligros o miedos encarnamos las personas que no nos acogemos al régimen heterosexual para ser el blanco de los palos y cuchillos que nos matan y nos marcan.

La respuesta es obvia, claro: la disidencia sexo-afectiva representa un enemigo a exterminar para el patriarcado y sus leyes de comportamiento. Pero aun así, la descripción médica y los aportes realizados por las diversas corrientes de la psicología no alcanzan para designar como fóbicos a los asesinos. A la clásica expresión “la homosexualidad no es una enfermedad, la homofobia sí”, utilizada por algunos colectivos LGTBI debemos, como mínimo, anteponer algunos interrogantes que nos permitan repensarla.

 

Imagen: laicisimo.org