Disentir con orgullo

Por Cecilia Gallino / Cuando el deseo es ley, lo único que importa son los besos en el devenir amoroso. Orgullo y disidencia para corrernos de los prejuicios y vivir todo lo que se nos venga en ganas.

Nunca le conté a mi abuela que me enamoraba de mujeres. Una vez le presenté a una novia chef. La llevé a su departamento con rosales. Era una especie de pensión pintada de rosa. Cuando Julia le preguntó su nombre le dijo “decime Abuela”.

Sostengo que pertenezco a una generación de sobrevivientes. A la merca, al menemismo, a la sobrestimulación, al neoliberalismo salvaje, al etiquetamiento, a la fuerza del marketing.

Me empecé a besar con amigas a los 14 años. Como un juego. Mirábamos películas madrugadas enteras y jugábamos al “rey manda”. Divina monarquía del deseo.

Con el tiempo dejamos la excusa y nos desafiábamos con la mirada. No nos importaba nada. Cuando aparecieron los celulares nos mandábamos mensajitos de texto con canciones de Drexler. Decirnos “te amo” era moneda corriente.

De todas ellas, yo fui la primera en meterme en una agrupación de mujeres y sacar un fanzine erótico. Mi profesora de historia me dijo que no hacía falta ser tan explícita.

En ese momento no había leyes. Había una suerte de contracultura que hacía de cualquier hecho, un acto político. Había una efervescencia que se diluyó con los derechos adquiridos.

Yo me enojaba con las chicas que usaban pelo corto y no me tiraban onda. Cometía el error de meter a todas en la misma bolsa.

Le pedía a las militantas que me ayudaran a ser “más chonga”. 

Llegué a lucir una cresta pero no hubo caso. Movía mucho las manos.

Nunca estuve de acuerdo con el término “orgullo” ¿Orgullo de qué? ¿De elegir con quién, cómo me acuesto? ¿Con más de uno? ¿De parada? ¿Con decirlo? ¿Con caminar de la mano? ¿Con que la reciban en mi casa familiar?

Siempre pensé que era una lucha generacional. Que tuve suerte de tener la familia que tengo, los amigos que elegí, la ciudad en que nací, los viajes que hice, los libros y las películas que leí.

Si no fuera por Henry y June. Si no fuera por la fuerza de Liliana Felipe, la voz de Adriana Varela, si no existieran los mitos de Pizarnik y la zorra Ocampo, la Susy Thénon y la Shock, las monstras Morias y la fantastásticas Sofías Galas. Si Frida no hubiera sido tan libre y tan presa.

Las mujeres no tenemos teteras. Ya ni siquiera nos juntamos a tomar el té de las 5.

Sí nos enfrentamos téte a téte en los baños de los boliches. Entre que hacemos pis, nos compartimos pañuelitos descartables como papel higiénico, nos tenemos la puerta, nos retocamos el maquillaje, nos pedimos cigarrillos, nos preguntamos si conocemos a fulanita, si nos copa la música que suena, si hace mucho calor. Nos arreglamos los breteles que se nos caen, las pestañas. Somos compañeras, confidentes.

Nos pasamos el Facebook. Nos hacemos las lindas. O las guarras. O las interesantes.

Siempre garpa ir al baño solas. O pedir fuego. O lanzarse a la pista como si se derrumbara el mundo al amanecer.

Creo que sí de algo estoy orgullosa es de la intensidad con la que se vive la elección sexual. Cuando unx se puede correr del prejuicio y elegir lo que se le venga en gana, todo junto y todo tanto.

Cuando se desdibuja el límite entre el afuera y el adentro.

Cuando la única ley que rige es la ley del Deseo.