Por Gabi Menichelli / Una tarde en la playa nudista de Uruguay. Marihuana, mucho sol y cuerpas que peregrinan en el atardecer hacia el bosquecito encantado tras las dunas.  “Un laberinto natural y sexual” reserva de putos, trabajadores sexuales, heteros en fuga y conocidos parroquianos de la tetera oriental. 

El sol quema como nunca. La arena se te pega al cuerpo. El sonido del mar en loop. Unos gays más allá hablando de proteínas y suplementos dietarios mientras se acomodan el ganzo bajo la sunga con push up de pito. Giro sobre mi mismo como un pollo al spiedo, culito pa’rriba para no quedar como un palito de la selva: rojo por un lado, blanco por el otro.

La playa es enorme, inmensa. Hay lugar para todes: primero se ubican las familias y los heteros naturistas, cerca del bañero (que por desgracia no baña a nadie). Más acá están los gays escuchando música electrónica y tomando coronitas, y por último, bien a lo último, estamos las maricas empelotadas, y alguna que otra parejita heterosexual que disfruta del exhibicionismo.

Me prendo un porro de flores (god bless Uruguay) luchando contra el viento costero y observo a los bañistas a mi alrededor. Un señor mayor con un pibe que podría ser su nieto (pero claramente no lo es) haciendo yoga, una chica trans con su marido, un grupito de locas echadas al sol, un par de tortas en tetas rodeadas de putos (supongo que para escapar de los pajeros) y más allá del lado opuesto que se pone el sol una duna enorme de arena brillante. Se puede sentir el silencio enorme que me separa de aquella duna. Son metros y metros de playa y viento, sin nada más más que unas diminutas figuras humanoides, que como hormiguitas siguen un camino, atravesando la playa y subiendo las dunas.

Me hago la tonta que mal no me sale y le pregunto a una qué hay más allá de lo que mis ojos pueden ver. «Atrás de las dunas está el bosquecito, que cuando cae el sol se pone»

Sus palabras me quedan dando vueltas en la cabeza.

Cuando cae el sol se pone

El bosquecito.

Se pone.

Cuando cae el sol.

No veo la hora que se caiga el sol a la mierda y que me deje de rostizar y que se ponga el bosquecito. Lo único que si, es que hay que caminar, caminar mucho, lento, en la arena y contra el viento. Un caminar pausado, como el que no quiere la cosa, que simplemente va a ver qué hay más allá.

A medida que pasa la tarde, la gente (putos) van y vienen, a veces van pero no vienen.

Presa de mi ansiedad, antes de que el sol termine de caer empiezo el camino hacia la tierra prometida.

Las sombrillas van quedando pequeñas, como un espejismo en la playa, las dunas se hacen cada vez más imponentes y pienso en la paja de subirlas, pero tomo carrera y escalo al trote. En la cima veo el  bosquecito surcado de interminables senderos formando un laberinto natural y sexual

Empiezo a recorrerlo, las ramas me arañan, los yuyos me pican las piernas, subo y bajo por los caminitos, de repente el bosquecito es más grande por dentro que por fuera. Ya hay determinados recovecos que me parecen conocidos, o tal vez son el recuerdo de otro bosquecito de otro lugar.

Por fin divisio a una persona que se pierde entre las ramas y los arbustos, trato de seguirlo, y me voy encontrando con más y más gente, todos en actitud de ya sabemos qué. La mayoría no me gusta así que evito totalmente de hacer contacto visual como si eso me hiciera invisible.

Salgo y entro una y otra vez del famoso bosque y un flaco en la entrada (ponele) me pregunta si quiero hacer algo. Al toque lo quedo mirando y le digo “cuánto?” 500, me tira. Le digo que prefiero cobrar yo antes que pagar y bajo un arbol del pecado nos quedamos chamuyando. Estaba ofreciendo sus servicios sexuales por ahí, pero que eran todos amarretes, que uno le dio 300 para chuaparle el culo.

En una de esas vueltas me encuentro con uno que ya había fichado antes, uno medio petiso y barrigón, con barba hipster pero mas hippie que hipster. Haciendo gala de mi poder chamuyeril rosarino le saco charla, él muy simpático responde a todo y enseguida toma el mando de la conversación. Qué manera de hablar este puto, por favor. Con el mismo tono de voz que usó para decirme está linda el agua me preguntó de mis preferencias sexuales, respondí no se qué y ya tenía invitación para la consumación del acto sexual ahí en pleno bosquecito. Ni a Blancanieves le funcionó tan rápido. Ya en pleno acto, el pibe seguía sin callarse, entre elogios a mis habilidades me contó que tenía mujer e hijos, que era de la zona y que siempre iba a esa playa a relajarse, que en invierno era más tranquilo aunque hacía frio, que si quería íbamos en su moto a no sé dónde y que me pasaba su skype para quedar en contacto. No se calló ni un segundo. Ni antes ni durante ni después de acabar. Hay gente que necesita que la escuchen.

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