Un film que navega por las aguas del Sena y también por la sangre embichada de las protagonistas, que le escupe en el ojo a la espectadora el amor, la alegría, el miedo y la lucha de las sidosas. Nobleza obliga: ¡SPOILERS!

 

Y ahí estábamos tres locas, dos positivas, en el Cine El Cairo mirando 120 Pulsaciones por
minuto, del francés Robin Campillo. Una película que -ganadora del Gran Premio del Jurado y del Fipresci en el pasado Festival de Cannes – creíamos podía ser un cliché más de los años 90 y de lo que se espera sea una vida consumida por la tristeza de vivir con vih. Pero esta maricona que escribe se empezaba a tragar cada uno de sus prejuicios mientras el diálogo entre las alegrías y depresiones y los boliches compartidos luego de la partida de una loca porque The Show Must Go On se iban desarrollando en esa enorme pantalla. Entre el público no había más de 15 personas. Y si generalmente a una función cinematográfica se la caracteriza por el silencio de sus espectadoras, esta no fue la excepción.

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Podría pensarse que se trata simplemente de una película sobre la historia de Act Up París, un mero documental, y detenerse sin hacer hincapié en lo verdaderamente interesante del argumento. Pero pienso que el film no sólo es el necesario relato sobre Act Up y sus orígenes, sino también un conciso resumen de los comienzos de la “pandemia del sida”. Relato que pone de manifiesto, a su vez, la singularidad de las vidas seropositivas, los debates en torno a nuestras vivencias, los dramas, las tristezas, las alegrías, los placeres, los deseos, las vidas mismas y su problematización. Si hoy en día nos acostumbramos a leer que “lo personal es político”, en este relato cinematográfico esta frase se hace carne. También se vuelve potente el interrogante, hasta hoy presente, del cómo vivimos y habitamos nuestros cuerpos, las alianzas que tejemos. Las diferentes maneras de entender el activismo, las intervenciones y las acciones. Y, como no podría ser de otra manera, las discusiones y tensiones siempre necesarias cuando se trata de visibilizar una problemática junto a otras personas, con todo lo que la otra es.tumblr_p1volt7GfE1v7a9ufo5_400.gif Una película sobre ese pasado que a la vez me hace estar hoy acá, escribiendo. Protagonizada por uno de los actores más aplaudidos del festival de Cannes, el argentino Nahuel Pérez Biscayart, la película se sitúan en los 90 parisinos. Interpretando a Sean, Nahuel le pone el cuerpo a una historia de vida en que la radicalidad del activismo y el antipunitivismo encuentran a una reina defensora. Su historia es la de un joven seropositivo y miembro fundador de Act Up París que, junto al hermoso Max, se ocupa de visibilizar la historia de las personas en contextos de encierro: lxs presxs. Pero también, como toda la organización, de la lucha contra las corporaciones médicas y farmacéuticas que ocultaban las investigaciones que llevaban adelante mientras las infectadas morían. Así como contra los gobiernos que callaban y profundizaban la desidia eludiendo las políticas de prevención orientadas a homosexuales, hemofílicxs, prostitutas, heroinómanxs y presxs.

tumblr_p1volt7GfE1v7a9ufo4_400.gif Tiempos del AZT y DDI, que pareciera haber pasado tanto tiempo, pero no. La historia es reciente si nos ponemos a contar años. Tiempos en los que se denunciaban a los protocolos, que desde el activismo seropositivo se exigía a los laboratorios que hagan públicos los resultados de sus investigaciones, saber qué se estaba ingiriendo. Tiempos (cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia) en los que se dejaba sin acceso a lo poco que había a mucha gente seropositiva y dónde se experimentaban posibles medicaciones sobre los cuerpos socavados por el SIDA de las primeras infectadas. El disciplinamiento siempre extremo de los cuerpos, de la sexualidad. Un genocidio de vidas que no importaban.

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Mucho y a la vez poco ha pasado desde esa realidad que lleva a la pantalla grande 120
Pulsaciones. Mucho porque haciendo un necesario Canal Volver, muchas fueron las que
murieron, no sin antes luchar para que no sigamos haciéndolo. Hay historia de resistencia incluso dentro de la resistencia, como la que interpreta Nahuel Pérez Biscayart. Hay lecciones que, lejos de ser lecciones de moral, son enseñanzas de ética seropositiva, de agarrarse de las mechas como buenas locas, de poner en ejercicio la lengua maricokarateka en una reunión por no acordar con la forma de llevar adelante una actividad propuesta. Y a pesar de ello estar ahí, visibilizando la vida y la muerte. Y a la vez poco ha pasado porque en la actualidad, salvando las diferencias entre la nocividad de los efectos secundarios del AZT y de los antirretrovirales, todavía nuestros cuerpos siguen padeciendo algunos de ellos y muchas seropositivas siguen sin tener acceso a esquemas. Podríamos decir que si el tener las manos manchadas de sangre no fuese una metáfora, algunos funcionarios del actual gobierno tendrían que vivir con guantes de látex para no infectarse.

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Poco también ha pasado, porque entre todas las historias que se desarrollan en la película, un relato en particular puede pasar desapercibido para muchxs y esto resulta una gran analogía con la actualidad. Relato que pone en evidencia que dentro de las infectadas todavía hay una población que sigue siendo la más vulnerabilizada: la comunidad trans. En una de esas largas asambleas de Act Up, una chica trans exige se tenga en cuenta la interferencia que el AZT tenía sobre la hormonización a la hora de los reclamos a los laboratorios. Hoy no es el AZT, pero sí son los antirretrovirales los que intervienen en el tratamiento hormonal y con los que el poder biomédico todavía no sabe cómo reaccionar, obligando a muchas compañeras abandonar la hormonización para empezar un esquema o comenzar a padecer serios problemas estomacales, hepáticos y gastrointestinales. Una situación que resulta indispensable volver a problematizar en el activismo y continuar visibilizando, porque sabemos que no hay más tiempo.

 Un relato en particular puede pasar desapercibido para muchxs y esto resulta una gran analogía con la actualidad. Relato que pone en evidencia que dentro de las infectadas todavía hay una población que sigue siendo la más vulnerabilizada: la comunidad trans.

Podría seguir con 120 spoileadas más sobre la película, porque nobleza obliga. Pero resulta mucho más gratificante para una que ciertas cuestiones puedan ser vistas directamente en el film: los afectos que se construyen en estas historias y su potencia, la convivencia entre la alegría de ser una misma y las tristezas inevitables ante la muerte de una compañera, el llorar pero no detenerse porque otra era la que moría y esa radical empatía de la que habla Leonor Silvestri, constantemente expresada en el vínculo de los protagonistas. Si de moralejas tendríamos que hablar, la de 120 pulsaciones por minuto podría ser la enseñanza de que si toda vida es política, nuestras muertes lo son aún más. Será momento, quizás, de aprovechar el sacudón que nos da esta película y retomar ciertos debates que se creían superados, dejar de temerle a la radicalidad de las acciones por no ser políticamente correctas y no quedar bien con el mundo entero. Quizás sea momento de empezar a problematizar si el objetivo es tener muchas amigas o poner en pie un activismo seropositivo para la otra seropositiva. Ya que es ahí desde dónde hablamos, vivimos y molestamos. Y es ahí donde una gran violencia se sigue ejerciendo.

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Y terminaba la película con algunos murmullos temerosos de romper de lleno el silencio del inicio, pero las 3 maricas que seguían ahí lo rompieron con algún que otro comentario irónico seguido de unas carcajadas. Hubo alguna que también, entre sonrisas, se enjugó las lágrimas. Nos toqueteamos un poco y mirándonos entre nosotras primero, recorrimos la sala de El Cairo, observando al resto de las espectadoras, buscando saber qué otro puto rosarino estaba presente. Después de reconocer algunas caras de las pocas que todavía quedaban entre las butacas rojas, salíamos a calle Santa Fe. La humedad rosarina y los casi 37° nos devolvían a ese verano que hacen de una cerveza en el parque, mirando los chongos transpirados que corren en las tardecitas, una necesidad imperiosa; como así también, por supuesto, hablar del bicho. Merci Robin.

 

El trailer aquí:

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