Pupila de nadie

Por Leandro Barticevic /  “La Cone” nació en las noches espesas del Abasto. Primero fue un juego de maricas, después una forma de habitar el cuerpo y el deseo. Primera entrega de “Historias de Marisas”, un relato documental sobre la mariconería local.

Empezó como un juego de maricas, porque hay juegos de maricas que sirven como reductos a las normas imperantes, juegos donde podemos volver fluidos los géneros dejando caer los prejuicios, donde ejercitamos la deconstrucción de aquellos divertimentos que les impusieron a las infancias para dominar nuestros cuerpos.

“Fue más que todo por diversión, éramos tres amigos, siempre andábamos shirando por toda la zona del barrio del Abasto y el parque Independencia, éramos putos populares y vivíamos callejeando. Necesitábamos empezar a hacer plata entre los tres y pensamos en ir a trabajar a la zona, una de las tres se tenía que animar. Yo era la más chicharra, la más loca y pensé ´me monto yo´, así que ahí decidimos quien se tenía que montar y yo me ofrecí. Empecé con toda ropa de Erik, uno de mis amigos. Tenía unos zapatitos de mierda, pero divinos, un vestidito largo y una peluquita, toda mal, obviamente. Y así, tipo tonta, fui a la zona”.

Daniel Galván tiene 41 años, trabaja de mozo en un bar por el microcentro rosarino y milito en distintas organizaciones de diversidad sexual. Su forma de vivenciar el género, de permitirse experimentarlo, empezó casi como un juego entre sus amigos, atravesado, claro, por una realidad estructural (querían conseguir plata). Daniel o Danielito, como él se hacía llamar hasta que le apodaron “La Cone”, comenzó a transitar un mundo que no le era extraño: las noches en el barrio del Abasto, un desfile de clientes motorizados y cuerpos trans expuestos al vacío.

En esas noches del Abasto no hay víctimas ni victimarios, ninguno de esos cuerpos puede hacerse cargo de la expulsión que sufren de parte de todas las instituciones, de ese ejército preparado para reprimir con violencia la disidencia que acapara las esquinas nocturnas del barrio: la policía y los mismos ciudadanos, los civiles, generaciones enteras educadas para ser conservadoras con cierto prurito de superioridad ética. La misma ética que para sobrevivir violenta los cuerpos expuestos en el vacío, en las noches del Abasto.

“Yo ya conocía muchas chicas trans antes de travestirme, porque shiraba mucho la zona, me decían Danielito El Bueno. Es por eso que cuando me empecé a montar, las chicas ya sabían quién era de gay y me trataban bien, aunque algunas más de una vez me sacaron corriendo, pero nunca me pudieron atrapar. Como más o menos conocía la zona, empecé sola en una esquinita. Una noche, una se me acerca; estaba tajeada, baleada; se notaba porque tenía muchas marcas y tenía esa actitud oscura, peleadora, un garrón. Pero conmigo la loca pego buena onda, y acorde con ella que me quedaba en esa esquina y ahí quedo.Esa noche pasa un tipo vendiendo unas botas (siempre pasa gente vendiendo cosas, ofreciendo café y torta) y yo tenía unas chinelitas, ¡unas ojotas parecían!

-Cinco pesos- me dice, cinco pesos de hace unos  10 años atrás.

-No, no tengo nada recién llego- le digo.

-Bueno, ahora vas a trabajar, con tu primera salida me las vas a pagar.

Y cuando volví de un cliente le pague, me comí un pendejo re lindo ese día.

Esa chica, que ni me acuerdo el nombre ya, me dijo después de esa noche ‘si alguien te dice algo, decís que te pare yo en esta esquina’, fueron pocos fines de semana porque la loca desapareció y yo me fui acercando cada vez más hacia el resto de las trabajadoras. Hasta que un día apareció La Zapatera, una trans vieja, mala, pero yo, obviamente, le caí bien, me hacia la buenita. Yo quería que alguien me diga ‘vos decí que estás conmigo’. Pero de alguna forma no fui pupila de nadie, como ya de gay shiraba por la zona y me conocían todas, cuando me veían montada me aceptaban bien. Cuando caminaba miraba los autos y ya con eso, por ver como pasaban los autos por la esquina, me daba cuenta si había una chica trabajando y esquivaba ese lugar”.

Así empezó La Cone sus andanzas, a experimentar con su género y performatearlo, a vivenciar los códigos de una zona de trabajo relegada por los mismos que la consumen.

¿Cómo es que terminaste siendo La Cone?

La Cone apareció hace 4 años cuando ya iba más seguido y había una compañera, Nerina, ella de lejos le gritaba a los clientes y a mí: “¡Coneja, Conejita de playboy! Señores paren, ¡acá está La Cone!”.