El vicegobernador de Santa Fe Carlos Fascendini utilizó la expresión “travesti político” como insulto para el gobernador de Mendoza Alfredo Cornejo. ¿Acaso el vice de Lifchitz considera que las travestis son portadoras de una falsa identidad? Cuando los funcionarios atrasan cien años y contribuyen al odio. 

 

Mientras el gobernador de la provincia Miguel Lifchitz recibía en casa de gobierno a personas trans sobrevivientes de la última dictadura militar en el marco del 17 de mayo – día  de lucha contra la discriminación por orientación sexual e identidad de género – , el vicegobernador Carlos Fascendini, de origen radical, se despachaba en una radio santafesina con una expresión que parece contradecir la definición política que el gobierno provincial se esfuerza en sostener: “Cornejo es una saltimbanqui de la política. Es un travesti político”, escupió sin inmutarse en relación al gobernador de la provincia de Mendoza.

Algunas dirán que es una paradoja, que en realidad quiso decir otra cosa, que en política es una fórmula conocida para referirse a los que dicen ser una cosa pero en realidad son otra. Pero allí radica el problema ¿Acaso Fascendini considera que las travestis son portadoras de una falsa identidad? ¿Cree el vicegobernador que una persona que se autopercibe travesti es mentirosa con la sociedad? ¿Todavía piensa que la genitalidad está unida indisolublemente al género que nos fue asignado al nacer por las instituciones?

Las declaraciones de Fascendini revelan problemas mayúsculos: por un lado, el radical desconoce o parece haber olvidado que la Ley de Identidad de Género consagra a la autopercepción como derecho fundamental en el reconocimiento de la identidad. Y en esta línea, olvida también que su vigencia busca, no solo el reconocimiento legal, sino también una transformación en las condiciones de vida para quienes fueron oprimidxs y vulneradxs en sus derechos por razones de género.

Pero el cuadro se agrava si pensamos que el vice de Lifchitz no sola violenta e insulta a la comunidad travesti con sus declaraciones, sino que también reniega de los principios que rigen la Ley de Educación Sexual Integral, aliada fundamental a la hora de pensar transformaciones estructurales. ¿Qué cambios podemos esperar de una sociedad trans-odiante si sus funcionarios replican a boca jarro expresiones que profundizan el odio? Capítulo aparte para los periodistas que no interpusieron reacción alguna a las expresiones del político.

Parece una obviedad, pero no lo es: tal vez el gobernador no pueda controlar la verborragia de los integrantes de su gobierno en el fragor de una declaración periodística. Pero lo que sí puede (y tal vez debe con urgencia) es internalizar las definiciones políticas de su gobierno ¿Acaso Lifchitz toleraría que se utilice por ejemplo la expresión “tal persona es un subversivo guerrillero de los 70” en boca de un integrante de su gestión? Claro que no. Por eso la vara debe tener la misma medida para todxs. La agenda de diversidad no puede permanecer solo como un ítem en el calendario progresista. Que una política sea de estado, también significa que un hecho de estas características no pase inadvertido.

 

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