En pleno mundial de fútbol, la mariconería local salió a recordar todas las experiencias de expulsión y violencia a las que nos expuso el deporte más popular. ¿Por qué algunxs todavía piensan que no es posible interpelar a un fenómeno masivo?  Machirulos, abstenerse. 

 

No es novedad que quienes formamos parte de los activismos sexualmente disidentes y feministas politizamos todo aquello que tocamos. Aprendimos, a fuerza de elaborar las violencias y opresiones padecidas, que no hay campo de juego exento de relaciones de poder, y activamos nuestro radar cuando en nombre de la naturaleza, la normalidad, lo común o lo popular, pretenden dejarnos fuera de juego.

El mundial de fútbol no es la excepción. Y como otro de los escenarios de este mundo heterocentrado, nos dejan afuera o nos proponen la inclusión subordinada. Es decir, jueguen, pero los tacos, las plumas, y la críticas maricas, que queden bien guardadas en el locker del vestuario.

La integración es a todo o nada, porque a este folklore no lo bailan los pechofrío. Ahora, ¿qué alientos, qué pasiones, qué calenturas están dispuestxs a tolerar los dueños de la pelota?

 “Cosificación inversa”, o de cómo nos hacen reír el orto.

No fueron pocos, ni originales, los varones hetero-sensibles que en este mundial nos volvieron a advertir a mujeres y maricas babosxs que estaríamos incurriendo en la contradicción o incoherencia de cosificar a los jugadores al expresar públicamente nuestro afrecho.

Hace 4 años fue el furor por el Pocho Lavezzi, hoy por el islandés Rurik Gislason (en las tribunas, “el 19 de Islandia”), Ricardo Papichulo Quaresma de Portugal y a otros tantos (sigan a @mundialmarica en instagram que de esto sí que sabe).

Si bien podríamos debatir algunos aspectos de la cuestión, que sí harían a la problematización de ciertas aristas políticas del fenómeno (por ejemplo, la viralización de imágenes de corporalidades que responden a patrones hegemónicos de belleza, la reificación de estereotipos viriles de masculinidad, o los microracismos en juego en la exotización de los cuerpos racializados), la acusación de “cosificación inversa” no califica.

¡Tarjeta amarilla! cosifica quien tiene el poder de hacerlo, quien posee los recursos para reducir al otrx al lugar de objeto, disponiendo del mismo para el propio placer. Y está claro que no es el caso. Quizás sea buena oportunidad para que, en vez de señalarnos con el dedo banalizando conceptos instalados para denunciar las violencias padecidas, se pregunten qué les sorprende o incomoda de las expresiones públicas de los deseos que no están moldeados a medida del chabón heterosexual.

VAR a caer.

El sistema de vídeoarbitraje es una de las novedades polémicas de este mundial. Las jugadas dudosas pueden ser revisadas e informadas al árbitro con el afán de evitar errores humanos que puedan condicionar el desarrollo o resultado del juego.

Los activismos feministas y disidentes fuimos construyendo nuestras propias formas de monitoreo y alerta, y ante de la detección de una machiruleada, activamos redes y cucarachas y salimos a trollear. Lo hicimos con la publicidad espantosa de TyC Sports, lo hicimos ante la aparición de cada vídeo de un espécimen de macho argento acosando a mujeres rusas, y lo hicimos y seguiremos haciendo ante un mundial que se desarrolla en un país donde existe persecución, criminalización y violencia estatal sistemática hacia la población LGBT.

Paki, decime qué se siente.

Desde que comenzó el debate legislativo en relación al derecho al aborto, desde estos activismos venimos expresando la magnitud de esta lucha apelando a la idea de que “es nuestro mundial”, o más precisamente, “el mundial de las pibas”.

Volviendo al machirulaje, tampoco fueron pocos los que nos explicaron que podría ser una cortina de humo para distraernos de las luchas realmente importantes (sic), un huesito que nos tiraba el macrismo para que nos olvidemos del proyecto de reforma laboral o una estrategia duranbarbista para exponer a CFK a rifar parte de su caudal político con su posición en el Senado, sea en favor o en contra de la legalización. En cualquier caso, una posible conquista popular en un contexto regresivo en materia de derechos, una alegría para cientos de miles de personas movilizadas en las calles, parecía no tener peso propio para ellos, que sólo podían valorar el asunto como medio o instrumento para otro fin oculto.

¿Se les ocurrió acaso pensar lo mismo en relación al mundial de fútbol?, ¿esbozaron estos mismos compañeros hipótesis acerca de la gran cortina de humo que podría suponer un entretenimiento para millones de personas, en nuestro país y en el mundo?, ¿advirtieron sobre la necesidad de no ser ingenuos, liberales, poco clasistas, emocionalistas, al festejar un triunfo de la selección junto a compatriotas que pudieron haber consentido la reforma previsional o la desaparición de Santiago Maldonado?.

No, porque interrogar e incomodar a un fenómeno popular de semejante magnitud te deja fuera de juego, como a nosotrxs. La diferencia quizás, es que nuestras críticas no se basan necesariamente en la subestimación del carácter popular del fenómeno, la legitimidad del sentimiento, o la imaginación de hipótesis conspirativas alrededor del asunto, sino en la experiencia de haber transitado situaciones de violencia alrededor de este juego donde nos vimos expulsadxs o forzadxs a abandonar la cancha, o cuando siquiera pudimos hacernos la idea de jugar a algo que siempre se nos apareció como escenario de bullying garantizado.

Cuando nuestros señalamientos críticos, experiencias, malestares e incomodidades interrumpen el discurso romántico en relación al mundial, nos avisan que ya no sólo nos encontramos fuera del juego, sino también de las pasiones y sensibilidades del campo nacional y popular. Olvidan quizás, que eso que llaman “popular” también somos nosotrxs, pidiendo a lo popular, que en su nombre no nos vuelva a callar y violentar.

¡Tarjeta roja! Malas noticias chicos; nacimos para estar en off-side, sobrevivimos más allá de las líneas y los límites que nos trazaron, y reinventamos cada juego del que pretendieron dejarnos afuera. En fin, nos tienen adentro, ya invadimos su cancha y les politizamos hasta las pelotas.

 

 

 

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