Leonel Giacometto (Rosario, Santa Fe, 1976) Es escritor, dramaturgo, y a veces periodista cultural y director de actores.  Entre numerosos libros y obras de teatro que ha escrito, los siguientes textos se extrajeron de Putos Breves (1), un blog de ficción donde nada es parte de un todo y la ciudad se mezcla con los putos, digamos con sus vivencias y que emergen como una forma literaria distinta o disidente.

Irremisible fue para esa mujer saber que su hijo se la comía. La
experiencia, ese primer contacto con la develación filial, fue atroz para
Diana C. de Rossi, la madre de Adrián, su hijo, el único que había parido ya
que el segundo se lo sacó de golpe, sin avisar, cuando mal levantada de un sueño sintió que lo que había ahí dentro suyo no era un hijo sino algo
monstruoso. Lo de lago monstruoso podría hacer referencia a un cáncer, a
algún tipo de mal formación de la carne viva antes que a una entidad
derivada del mal y la fantasía. No se lo dijo a nadie, ni siquiera a su marido,
el padre de Adrián, que murió súbitamente bajo circunstancias tan
naturales como inexplicables. Suele suceder. Así le dijo un médico a Diana,
que hacía una semana se había sacado lo monstruoso, en secreto. Desde
entonces Adrián había sido su tesoro, su misión digamos, su única
posibilidad de redención frente al capricho divino de haberse llevado a su
marido. Era amor lo de Diana para su marido, cierta predilección por la
protección y la ternura la aferraba a él. Pero duró poco y sólo un hijo. Lo
del segundo hijo Diana lo ignoró bastante durante mucho tiempo (el peso
de un marido amado y muerto así era aún peor) pero lo comprendió
después, mucho después, cuando Adrián, chiquito como era, bordeando
los 17 años, sintiendo ganas desde hacía rato, en un ataque de cólera
propio de los, digamos, adolescentes, o de los hijos en general frente a la
batería de sondeos maternos, le gritó, fuerte y entre lágrimas babosas:
“Estuve chupándome una verga así de grande, ¿sabés? Hermosa era esa
verga que me chupé, mami, hermosa, gorda y lechera era, ¿y sabés por
qué? Porque me la como toda, me la meten hasta el hígado y me gusta”.
Ahí Diana comprendió que lo monstruoso no estaba por venir aquella vez
sino que ya lo había parido. Se perdió en sí misma, se olvidó de sí, se vio
presa y víctima de una maldición, de una marca, de algo no comprendido
en aquel sueño. Se dijo no entender el mundo, odió a todo ser vivo, se odió
a sí misma, se redimió y se dijo no haber sabido la forma de comprenderlo.
No hablaba de su hijo, sino del sueño. Se odió otra vez un tiempo pero no
tanto como el odio hacia su hijo, que fértil brotaba día a día después de la
develación. Cambió, fue otra o liberó lo que había en ella. Quiso ahogar dos
veces a su hijo mientras dormía, con un almohadón color crema del sillón
de dos cuerpos del living. No pudo y lloró días. Se olvidó de Dios, se dijo no
necesitarlo. A los 18 y medio, casi, Adrián aceptó el, por decir, amor de un
hombre de 45 años, que conoció por una línea telefónica de contactos
entre varones. Se dedicaba a la venta de automóviles este hombre,
divorciado hacía rato, sin hijos, se lo llevó a Adrián a vivir con él a un piso
de un edificio del Pasaje Escarabille mientras su madre incendiaba la casa
con toda su historia dentro y se olvidaba de su hijo. Lo hizo. Hoy vive en
una pensión de la calle Corrientes y vende ropa usada.

La contemplación de una información pura declamaba su mirada si
alguien, alguna vez, se lo cogía como él quería. Lo que quería nunca estuvo
del todo claro pero de vez en cuando se le aparecía, dicen, el rigor de lo
cierto, la percepción desbocada, la confusión espacio tiempo, el amor
cogido digamos. Esto le producía sobre todo trastornos a nivel estomacal,
como chirridos surcando eran. Pero eso venía después, cuando la
información era procesada. Especialmente el dolor le salía fácil a uno ante
la presencia de Santiago Eleuterio Pigliapoco, oriundo de Federación, Entre
Ríos, un pueblo que no existe más. De lejos tenía una especie de
sustancialidad en falta, como subvencionado de hecho a la no emoción,
como los efectos del Lorazepam digamos. De cerca era como una actriz
muy sensible al sufrimiento emocional de los demás. Por eso a la gente le
salía fácil expresarlo todo digamos, especialmente su dolor. Y era con esa
virtud insoslayable donde Santiago Eleuterio lo aceptaba a uno, en la
vulnerabilidad, en la simplificación real de los hechos, con la evidencia viva
te recibía. Entretanto más de una cagada amorosa se mandó. La última fue
enamorarse descuidadamente de un muchacho bien dotado pero poco
dado al afecto masculino, al afecto en general digamos. Así, de un enmarañamiento de la multitud, Santiago Eleuterio Pigliapoco, 27 años por
entonces, recién recibido de odontólogo pero jamás convencido de algo en
ese sentido, se desprendía por última vez del devenir por decir gay y se
empastaba para siempre del amor difuso pero conveniente de un
muchacho de apellido Iriarte, motoquero de profesión con muchos
entreveros de poca monta. Murieron asfixiados ambos, la noche del 30
para el 31 de diciembre de 2004, en República Cromañón, en Once.

Como una Magdalena lloraba el puto. Tenía enrojecido y abierto el culo como si por ahí hubiese ocurrido una catástrofe. Pero el puto lloraba por otra cosa en realidad, y no por el dolor de esa zona de fama inversa y cuestionable. Un adicto con iluminaciones tibetanas y pito de difícil erección había desordenado el almacén del fondo, y dormía ahora al lado del puto que lloraba como una Magdalena, sin pudor, sin sombra y sin vergüenza de tener al otro ahí, echado como una vaca, durmiendo la mona como si esa siesta fuera la noche profunda. Eran las tres de la tarde, era martes, era otoño, era un puto del barrio de Acindar, el de los monoblocks, más allá de los gitanos, donde también es Rosario. El adicto había ido a la zona a comprar. Tenía un dato fiel pero no una ubicación exacta. Tenía un nombre y un apodo, y por ahí se cruzaron. El puto lo llevó del transa y el otro, sin perder de vista los efectos pero no fanático del fin, le regaló una flor. Hizo que le regalaba una flor más bien. El puto se atragantó y le dijo que su madre estaba trabajando. La madre trabaja de doméstica en la casa de Antonio Bonfatti, y no hay padre ni hermanos para el puto. El adicto accedió y le habló del Tíbet. El puto se abandonó. Todo entró en frecuencia digamos, olor a azufre y lo disuelto repentinamente dispuesto como una partitura. Ambos pidieron música. No se sabe qué sonó pero ya promediaba el tercer tema cuando el puto empezó a endurecer aquello que costó izar. La caridad es una palabra que el cristianismo destruyó, pero el puto consiguió la dureza mientras el adicto hablaba como si le hubieran concedido el permiso de hacerlo. Se hizo invisible una imagen para el puto y dejó que el otro como si estuviera dibujando le entrara con ganas. Echaron humo, los dos, fracturaron lo denso casi. El almacén del fondo se llenó de licor y el puto hizo un cuadrado en el aire cuando el ardor lo chorreó. Vio la flor espantosa que el adicto había hecho que le regalaba. Ahí resopló y empezó con el llanto. El otro ya se había dormido.

(1) Sobre #Putosbreves. No queriendo asumir el impulso por abandonar la escritura

manual y privada de un diario personal, un blog empieza a influir sobre la por decir

nueva sensación de que, con la premisa de anotar esto y aquello que se percibe ahora

digamos, lo privado comienza una por decir nueva forma de ficción. Y no tanto en el

mejor y en el peor de los casos. Lo de forma es un decir sobre su posibilidad dentro de

lo que, en general, "se espera que la literatura sea" y no una descarga virtual que

mariconea también sobre la energía y la velocidad de su propia exposición. Pero cierta

libertad de escritura que aún duda por instantes sobre su identidad como tal aparece

en el impulso virtual de un blog. Peter Handke -por dar un ejemplo- hizo algo parecido

a mediados de los años setenta del siglo pasado y, sin Internet, se dejó estar un rato

de las formas literarias como una manera de sostener lo privado que pesaba. Después

juntó todos los papelitos y publicó El peso del mundo. Pero, lo que varía en el caso

virtual, más allá de los rótulos y pesares del que escribe un blog, es que la gente que

lee un blog a veces responde, se mete, opina, alaba, agardece, insulta, distrubuye,

pregona y promociona sobre lo que está escrito y hace espejo y reflejo con su propia

vida. Pero eso sucede a veces, si la gente quiere. Acá hay un problema con lo que la

gente quiere y sobre lo que quiere hacer pero no tiene que ver con la literatura, que

siempre se inclina para darte sombra, a pesar de todo. L. G.

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