El debate por la real separación de la iglesia Católica del Estado cobró impulso en los últimos meses después de la discusión por el aborto  ¿Hasta donde se extienden los tentáculos de una institución con poder de lobby que busca interferir en el avance de derechos e imponer su moral? 

 

Mis viejos me dieron una educación atea, nunca termine de entender si fue una decisión sopesada o simplemente fue así como les salió. En los veranos solía irme de vacaciones a la casa de mis abuelos paternos, que vivían en un pueblo a 100 km de Rosario.

Recuerdo unas vacaciones, tendría unos 6 años, mi abuela espantada porque no me habían bautizado, decide ella misma llevar a cabo esa tarea y, sin contarle a mis viejos y con la complicidad de mi abuelo, me lleva a la iglesia decidida a iniciarme en el sagrado camino. No me pudo bautizar, la burocracia eclesiástica jugó a mi favor. Mi abuela tuvo que conformarse con una bendición del padre sobre mi frente y una cadenita con la virgen que me regaló y conservé durante mucho tiempo.

¿Cuál es el vínculo del Estado con la iglesia, pero sobre todo, cual es MI-vínculo con la iglesia? Y este último es el ejercicio que me interesa: poder identificar en mis experiencias psicofísicas las marcas de la religión católica, poder entender el vínculo Iglesia-Estado a partir de las marcas que el coito entre estas dos instituciones dejó en mi cuerpo.

Durante la primaria me gustaban mucho dos compañeros Andrés y Gonzalo (siempre fui puta y que me perdone el señor), pero  solo 20 años después pude saber que me gustaban, 20 años después pude nombrar ese sentimiento, darle entidad, pero ya habían pasado 20 años. ¿Por qué no pude nombrar lo que me pasaba? ¿Quién me negó la posibilidad vivenciar un amor de infantes? Porque nadie le puede echar la culpa a un niñe de no saber nombrar el amor.

A mediados de marzo, Marcos Peña anunció que el presupuesto 2018 tenía previsto destinar 130 millones de pesos para financiar a la Iglesia. La Constitución garantiza la libertad de culto de sus ciudadanes, pero en el Artículo 2 aclara que el gobierno federal de Argentina sostiene el culto Católico Apostólico Romano. Obvio: nuestros feriados son católicos, la moral tiene su base en el derecho canónico y sus fieles/practicantes son mayoría.

A esto se le suma una serie de decretos que fueron firmados por el genocida Jorge Rafael Videla, entre otros de igual estirpe, durante la última dictadura cívico-militar, decretos que aún siguen vigentes y benefician a los ministros y jerarcas de esa institución: jubilaciones especiales, subsidios, pasajes gratuitos, sueldos equivalentes al de un/a juez/a de primera línea y privilegios impositivos.

Pero ¿qué tienen que ver todas estas cuestiones políticas y jurídicas con mi imposibilidad de nombrar el amor? Hace un par de meses el Papa Francisco dijo: “Cuando eso (la homosexualidad) se manifiesta desde la infancia, hay muchas cosas por hacer por medio de la psiquiatría”. Y la afirmación no es inocente: bajo esta consigna,  el Estado termina reproduciendo estas ideas, y el grueso de la clase política se empeña en legislar con la moral católica como eje rector.

Y cuando escribo esto pienso en la Ley de Educación Sexual Integral, sancionada en octubre de 2006 y a pesar de que se aprobó hace 12 años, solo 9 de 24 provincias se adhirieron a la ley. Esto bajado al plano de mi experiencia, quiere decir que en la actualidad los pibes y pibas que construyan una orientación sexual distinta a la hegemónica heterosexualidad, tal vez sigan sin poder nombrar al amor, o queden librades a la buena voluntad de les maestres.

Mis sentimientos, mi forma de vivenciar mi identidad y orientación de género quedaron atados a un credo religioso. Hoy sé que mi mirada nunca fue laica porque mi educación tampoco lo fue, muy a pesar del ateísmo de mi seno familiar y de haber ido a una escuela pública.

El sociólogo Fortunato Mallimaci, ex decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, nos ayuda a entender que el estado no fue laico desde sus orígenes: “En el caso de la Argentina hay un mito de que somos un país laico que se basa en el supuesto de que el liberalismo argentino desde 1869 se distancia de la iglesia. Es un mito que el liberalismo se haya pensado por fuera y por arriba de la iglesia. El liberalismo impuso que la iglesia como institución deba estar al servicio de ese proceso político. Desde 1869 los hace funcionarios del Estado. Desde esa fecha la iglesia es la única institución equiparable con el Estado, nacional, provincial, municipal. Por eso en la última reforma del código civil había tanto énfasis por parte de otros grupos religiosos en querer dejar de ser de derecho privado para pasar a ser de derecho público como la iglesia. La modernidad religiosa en América Latina no surge a partir de la cantidad de fieles que hay sino de los vínculos estrechos entre el Estado y la institución católicas”.

La última reforma del código civil al que refiere Mallimaci es la concretada en el 2015 que alejó más el horizonte de un estado laico: la iglesia católica está considerada allí persona jurídica pública, como un municipio, una provincia o un país extranjero.  Cuando hay separación de iglesia y estado, cada una tiene una esfera de actuación distinta y se evita así que instituciones religiosas utilicen el aparato del Estado para impartir sus creencias, posibilitando una libertad para construirnos que aún no conocemos.

Sí, me han negado el amor, pero como nuestra matriarca Lohana Berkins nos enseñó:El amor que nos negaron es nuestro impulso para cambiar el mundo”. Amén.

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