Con identidad marica, el escritor boliviano Edgard Soliz Guzmán desanda los códigos, aromas y personajes que conviven en los darkrooms de la ciudad de El Alto. Un viaje donde la oscuridad y las miradas lascivas se imponen como regla en la búsqueda del goce.     

Todo el porno duro acaece en el deseo de los pobres hombres pobres. El cine porno es la medida de esos hombres que, dispuestos a extraviarse en el close up pornográfico, ocultan sus miserias para deleitarse en el trozadero de imágenes que violenta su reducido imaginario sexual. Entonces, la película porno es la historia individual de esa masculinidad fabulada. Por eso es inevitable rememorar esas películas con las que eyaculamos por primera vez o esas otras, toda la serie fílmica de Taboo American Style, con las que compartimos nuestras primeras masturbaciones colectivas. Ahí por los noventa, mientras mis amigos se corrían en la cara de Kay Parker, yo, entre miedo, vergüenza y desfachatez, me corría en la cara de todos ellos, observando sus gestos dolorosos, la torpeza de sus manos y lo abundante de sus sexos. Lo demás era complicidad “heterosexual”, una ceremonia a la que cada uno asistía con una sola preocupación: prolongar su orgasmo, como cuando fantaseaba con Rocco Siffredi y lo descomunal de su personalidad en Tarzán XXX.

Volver al porno para (d)escribir mi homosexualidad. Retornar a la colectividad masculina para tratar de entender qué historias personales cargan estos hombres que se reúnen, tarde tras tarde, para oficiar ese rito licencioso en el que se abstraen. Reintegrarse al Api-video[1] para sentir lo anacrónico de ese deseo que circula mientras la lengua relame los labios, la mano acomoda el paquete y otra se agita frenéticamente al amparo de una ligera taquicardia que marca el ritmo de la tarde. Sentir la extrañeza humana y salir de la facilidad virtual de youporn.com o xvideos.com para excitar ese deseo en la mirada de los hombres que desean a su vez el deseo que miran, en el primer plano de ese ojo-vagina, ojo-ano, ojo-glande, que observa. Abismarse en esa sensación y conjurar a los homosexuales de atrás que, erectos, dilatados y ansiosos, entienden que en cualquier momento ese deseo salpicará sus labios y por eso esperan por los hombres que, flácidos, no logran contener esas excitaciones. Otros, en cambio, empiezan su propia fiesta con restos de carne que se ofrece para el hambre de los menesterosos. Atrás, siempre en la oscuridad y conteniendo sus gemidos, esos homosexuales se celebran en la urgencia del sexo que dura el post merídiem de sus días.


[1] Salas de video, ubicadas en el barrio Chino de la ciudad de El Alto, donde se exhiben películas de acción, comedia, drama y pornográficas. Al inicio, finales de los ochenta, estos negocios congregaban a familias enteras donde, además de ver una película, se servían api con pastel, gelatinas, refrescos, sándwiches, hamburguesas, etc. Desde la primera década del dos mil su principal clientela son hombres y la sala más visitada es la de películas pornográficas.
Los Api Video en la actualidad, lejos del ambiente familiar, un reducto para la búsqueda del placer bajo el reguardo de la oscuridad.

Callejeando la vereda del darkroom

Toda ciudad es un darkroom homosexual[2]. Toda urbe congrega en sus calles subjetividades de diversa estirpe que se acomodan al ritmo acelerado de sus pasos. En esa medida, estas subjetividades habitan la ciudad con sus deseos, aspiraciones que recrean en su imaginario y pasiones de las que disponen para pensar y hacer la ciudad. El caos en el que se ordena es el espacio propicio para disponer de ese deseo rizomático que, como apetito imperecedero, activa una maquinaria deseante que transita mientras mira, habita mientras toma y trasciende mientras sucede. Los cuerpos se sobreexponen a sus sentidos más finos para ahuyentar la modorra de la metrópoli y reavivar, eróticamente, pulsiones no heterosexuales que conviven en el desorden de una fiesta que acontece en tanto dura la ciudad.

Por eso es fácil esquinear la calle para el hambre del maraquero[3] que se asoma conjurando un deseo pecuniario, que fenece en el momento de la felación y el vicio sodomita. O transitar la plaza pública, tímidamente, a la espera de esos hombres heteroflexibles[4]que se sumergen en lo cutre de un alojamiento donde lo último que preguntan es el nombre. Pero la ciudad despierta a ese ardor homosexual cuando esos hombres, en mancomunidad homosocial, comparten sus orines compitiendo por saber quién orina más lejos, quién ha tenido más sexo o quién es el más dotado, en tanto se sobreentienden a través de la mirada. Detrás, otros hombres ocupan cubículos deshaciéndose en la carne del amante que apura la embestida, porque varios más esperan su turno para comer donde solo ellos comen. Comen y se dejan comer en la ciudad que se abre a los vapores del sauna, los toqueteos de entrepierna en cabinas de Internet y en el cine porno, donde la oscuridad ya no es una metáfora de silenciamiento, porque el deseo homosexual reinventa la oscuridad desde la estridencia de un placer desobediente. La calle misma propicia la sinergia homoafectiva del sexo apremiante que se esconde, como se muestra, entre toldos abandonados en casetas azules y escondrijos de la calle, donde la imagen de nalgas expuestas es un flash que ovaciona su urgencia.

Recorrer la ciudad de El Alto supone transitar el cuerpo de un viejo homosexual mañoso. Leer sus cicatrices, descifrar sus heridas, apartar pliegues de piel para descubrir sus secretos, tomar su cuerpo como quien toma la cartografía del deseo homosexual para cohabitarlo. Quizá la esencia de su homosexualidad radica en lo compulsivo de la Ceja, lugar de tránsito, casi un no lugar donde confluye todo y donde confluyen todos, el cuerpo ciudad-ano, siempre de ida o de retorno, activo y pasivo. Si la ciudad es un darkroom homosexual, la Ceja es el rectum donde circulan esos “amores que no se atreven a decir su nombre”, pero sí la medida de su carne.


[2] Juan Pablo Shuterland en su ensayo “Ruta vigilada: ciudad erótica y políticas de higiene sexual”, de su libro Nación Marica, afirma que Santiago de Chile es un “gran cuarto oscuro” en el que fluyen deseos y sexo homosexual en diferentes espacios que, sin embargo, están siendo amenazados por políticas de urbanidad e higiene social y por la modernidad citadina. 
[3] En la jerga de ambiente, lenguaje homosexual, el maraquero es el sujeto hipermasculino que accede a relaciones, afectivas o sexuales, con homosexuales, a cambio, por lo general, de favores económicos. 
[4] Sujeto heterosexual que ocasionalmente entabla relaciones sexuales con otros hombres y se niega a reconocerse como homosexual. Es flexible e insiste en su categoría de “hombre heterosexual”.

Y es que la Ceja congrega la erótica de estos cuerpos que se encaraman en esta parte de la ciudad que no duerme sino en el pestañeo de placeres irrefrenables. Y callejeando, a lo flaneur desvergonzado, en pleno Barrio Chino o el Tokio de la ciudad de El Alto, ubicado en la transición entre la Ceja y Villa Dolores, donde lo lumpen es la otra metáfora del paisaje moderno de la ciudad, se ofrece porno de primer mundo por el precio módico de tres bolivianos. Los “Api-videos”, ayer espacios familiares como cine de domingo y hoy salas de video saturadas de hombres solitarios, son los imperios del porno made in EEUU. Espacios que fomentan el ocio, quizá la única conquista de la modernidad, y el porno heterosexual en televisores de pantallas planas de 52 pulgadas con sonido dolby digital stereo al mínimo y asientos de madera no reclinables, no acolchados y tremendamente incómodos. Espacios que emulan, tontamente, salas de cine del primer mundo, donde la miseria duerme su borrachera para hacer pasar el chaqui y otros rematan, ahí mismo, su consuetudinaria esperanza. Retrato anacrónico de una sociedad desheredada que consume pornografía como “fast food de la industria cultural”[5] en promociones del canal Venus que vende su carne gringa y su arrogancia primer mundista para estos hombres, casi mancos, a quienes solo se les permite mirar. Mirar y no tocar.

Aquí, en los Api-videos del subsuelo, el descenso es una travesía fantástica, porque el sótano, al que se reserva el espacio, arrastra a toda la indigencia humana de una sociedad que les niega un estertor orgásmico y los abandona a su oscuridad. Aquí, donde lo malsano revive a sopapos, porque el hedor es insoportable, un hedor a pies-axilas-esmegma-hombre desborda la negrura de sus pasiones, mientras la blanquitud americana lisonjea sus poluciones. Aquí, como vicio de colectividad hombruna, los machos se dan palmaditas en la espalda y miran de reojo sus erecciones irritadas de tanto inmovilizarlas. Aquí, sumado a ese imaginario sombrío, el deseo homosexual despierta en ese vaho pestilente que avizora, con su gesto amanerado, la humedad fálica que alimenta esas bocas famélicas.


[5] Flavia Puppo, en el libro Mercado de deseos, una introducción en los géneros del sexo, analiza la industria pornográfica como un producto de consumo masivo, barato en tal sentido, que logra instalar un “modelo de construcción cultural del placer”.
La única luz en los ambientes es la que proyecta cada película sobre el rostro de sus ocasionales clientes, hombres que conviven y comparten la sensibilidad de sus erecciones nauseabundas.

La soledad de los pobres hombres pobres

La oscuridad es una regla fundamental en los Api-videos. La otra regla es sumergirse en ella aguzando los sentidos para acomodarse a su penumbra. La única luz en los ambientes es la que proyecta cada película sobre el rostro de sus ocasionales clientes, hombres que conviven y comparten la sensibilidad de sus erecciones nauseabundas o el letargo de ese cáncer prostático por el que orinan como sangran. Es difícil descifrar cómo es que estos pobres hombres pobres se congregan alrededor de 12 horas continuas para fantasear el porno gringo como la medida de su mayor deseo, abandonan la cotidianidad malsana y se sumergen en la desidia. Todo acontece al amparo de esta ceremonia en la que los asistentes, en mancomunidad homosocial, se confirman hombres ante cada arremetida de ese gigantesco pene gringo que se introduce en el ano o la vagina de mujeres limpias que increpan, directamente, sus desdichas.

Conejitas playboy – anal, Tetonas al pelo, Colegialas ardientes y un sinnúmero de títulos conforman la cartelera de una jornada en los Api-videos a medida que los hombres van desfilando a lo largo del día. Los videos no duran más de 20 minutos y su trama es sencilla: la pareja se encuentra en una habitación o un ambiente externo, se acercan, se besan y toquetean. El semental-gringo desviste a la rubia-tetona. Primera sesión de sexo oral a la rubia-tetona que logra abrir toda su vagina y comienza a gemir. Segunda sesión de sexo oral al semental-gringo que viene erecto desde el principio del video. Coito de misionero, coito de patitas al hombro, coito de perrito, coito de cucharita. El semental-gringo eyacula en el rostro de la rubia-tetona, esta recibe todo el semen en la cara con la satisfacción de quien ha cumplido su jornada. Nadie traspira, a la rubia-tetona no se le corre el maquillaje y al semental-gringo no se le baja la erección ni un segundo. Todo es perfectamente higiénico y hermoso que dan ganas de llorar de la pulcritud, la belleza y la sincronización alcanzada.

En la sala los hombres se dividen en varios tipos; uno puede intuir a lo que vienen por la seguridad o inseguridad de su comportamiento. Unos, urgidos en su mayoría, ingresan violentamente a la sala y ocupan los asientos de adelante o, en su defecto, los asientos que les permitan un mejor panorama. No les interesa identificar a sus compañeros y mucho menos que otros se masturben descaradamente o por debajo del pantalón o que se encuentren en ardores coitales con sus pares. Estos no se pierden los detalles de cada centímetro corporal de esas mujeres a las que pueden llegar solo a través de estos videos. Atentos, como quien le saca factura al precio del boleto, se yerguen y alzan la cabeza para no perderse el video completo. A veces silban y reclaman cuando hay demasiado tiempo de propaganda entre video y video. Probablemente, estos hombres llegarán a sus casas, tomarán a sus mujeres en el silencio acostumbrado de la noche, mientras sus hijos e hijas duermen hacinados en la misma habitación. Se moverán tres, cuatro o cinco veces, y eyacularán dentro de sus mujeres. Estas se bajarán las enaguas, con la monotonía acostumbrada, y pensarán en el embarazo como quien debe pensar en reunir el alquiler de todos los meses. Ellos, en cambio, se sentirán satisfechos y no se molestarán en limpiarse, recordarán a la rubia-tetona, sonreirán y se dormirán despreocupados.

Otros, perdidos en su borrachera o narcotizados de tanta clefa, atraviesan la puerta tambaleándose. Para estos los demás hombres no existen si no como posibles víctimas, eso cuando no están tan borrachos. Logran alcanzar algún lugar en los extremos y se tumban para dormir su borrachera, mientras escuchan, entre sueños y visiones, la estridencia de un orgasmo femenino que no entienden ni saben cómo se escribe. Duermen lo que tengan que dormir para reaccionar un poco, de dos hasta cuatro horas en las que ocupan largamente una hilera completa de asientos. Son la podredumbre en persona y el hedor de la sala que incomoda a los otros hombres, pero que se acostumbran, o lo ignoran, por la necesidad de observar el video completo. A estos hombres los despertarán los encargados de la sala y los echarán amenazándoles en no dejarles ingresar la siguiente vez, hecho que olvidarán a los diez minutos. Saldrán a la calle, un poco repuestos, para merodear por cantinas donde encontrarán amigos que les inviten de su alcohol y su clefa. Perdidos nuevamente vagarán entre botaderos de basura y esquinas aglomeradas de hombres y mujeres para quienes no se les acaba la noche. Se arrimarán a ellos como perros leales para calentarse. Despertarán y vagarán nuevamente, robarán, pedirán limosna, volverán a esos bares y luego a los Api-videos para ser echados nuevamente.

Los terceros, discretos[, se detienen en la sala previa, observan la película y se percatan de que no existan personas esperando ingresar a la sala para adultos. Se acercan a la puerta, que en realidad es una tela azul raída, observan la sala levantando un poco la tela, analizan e ingresan pausadamente. Se detienen al extremo izquierdo de la puerta, toman aire y reconocen a todos los otros hombres. Observan minuciosamente esos rostros, que se esfuerzan en ocultarse, les dedican especial atención a los que ocupan los últimos asientos. Uno por uno, observan sus rostros y tratan de ver lo que están haciendo. Los de la última fila los increpan analizándolos del mismo modo, tratan de reconocerlos, de adivinar su edad, su rol y dependiendo de si están gordos o flacos, jóvenes o viejos, atractivos o feos, les harán un espacio para que puedan acomodarse. Acomodarse a la colectividad homosexual que continúa la fiesta en las últimas tres hileras de asientos. Estos hombres no observan el video y si lo hacen es para fantasear con el pedazo de sexo del semental-gringo, calcular sus medidas y su habilidad para prolongar el ensarte coital. Si tienen suerte, estos hombres lograrán masturbar a otro y se masturbarán también ellos. Uno que otro se perderá en la entrepierna de cualquiera para mojarse los labios, habilidosamente, cada vez que ese miembro erecto lo requiera. Y si realmente tiene suerte, lograrán irse con alguno a los alojamientos de diez bolivianos que quedan alrededor de la zona, cogerán, pasiva o activamente, y se revolcarán en lo cutre de esos colchones de paja, rogando, a cualquier santo, que su amante les dure lo necesario antes de que el encargado toque la puerta para indicarles que su horario se ha cumplido. Ninguno recibirá un beso, no se enterarán de sus nombres y apenas recordarán sus rostros.

De vez en cuando, algunos hombres transitan por diferentes hileras de asientos logrando favores sexuales dependiendo del grupo. Así, lo que comparten entre todos es la necesidad y la urgencia de ver florecer una erección, mientras uno eyacula y el otro se limpia la boca para brincar a la siguiente fila de asientos. Pocas veces el sexo anal es protagonista en la misma sala, atrás quedaron esos tiempos en los que grupos desordenados de homosexuales estridentes, locas histriónicas, afeminados activos y travestis glamurosamente dotadas arrasaban con la soledad de los pobres hombres pobres. Pareciera ser que la moral ha socavado los Api-videos y que todos los homosexuales deben pasar por discretos para lograr triunfar en la sala. Así la ciudad cosmopolita, de urbanidad y buenas costumbres, va domesticando a esa torva homosexual que no renuncia, todavía no, a tomar estas salas como reducto de sus deseos.


Esos refugios rotos del amor homosexual

La primera vez en los Api-videos llegué con un amante para relajear y tratar de dormitar la borrachera de la noche anterior; cuando desperté él ya no estaba, tampoco mi celular y mi billetera. La segunda vez vine con un amigo dispuesto a coger lo que nos deparará la tarde y terminamos tomando café y hablando de los amores fallidos en nuestros recorridos homosexuales. La tercera vez, mucho tiempo después, conocí a Williams y el amor tomaba forma en la oscuridad de un alojamiento por el que volvimos a pagar, dos veces más, para prolongar el calor de la noche. Lo demás era un juego de besos de negro, lubricaciones y felaciones ardorosas, esa madrugada que quisimos hacer del invierno nuestro refugio placentero.

Aquella noche la sala estaba congestionada y más oscura de lo normal. Me detuve en el pasillo a tantear esas presencias homosexuales que estaban en plena fiesta caníbal, entre tanto algunos, de mirones, se masturbaban tratando de alcanzar, de reojo, a los que estaban en plena faena. Los gemidos, apenas perceptibles, se mezclaban con los de la rubia-tetona de siempre y aumentaban en intensidad a medida que la actriz porno llegaba al orgasmo. Me preguntaba quiénes eran las verdaderas estrellas porno de la noche, si la pareja gringa de cuerpos de plástico que cogían con todas las luces blancas que magnificaban, aun más, sus cuerpos brillantes o esos otros homosexuales regordetes, morenos y pobres, de rastros indígenas, que hacían esfuerzos por no gemir y a quienes la oscuridad trataba de ocultar de esas miradas que, igual, magnificaban su deleite fogoso. Un olor a mierda comenzó a inundar el espacio, un olor insoportable al que todos nos acostumbramos por la necesidad física o afectiva que nos congregaba esa noche.

Williams tenía los ojos grandes y vivaces, era lo único que podía observar cuando coincidimos en la mirada. Al lado estaba otro hombre intentando alcanzarlo, se notaba su incomodidad cuando me devolvía la mirada como diciendo “sácame de aquí”. Pude observarlo, aguzando la vista, y comprobar que no tenía esa hermosura, divina y mística de Antínoo, ni mucho menos esa belleza andrógina y sobrecogedora de Tadzio, no. Williams tenía los rasgos duros y torpes del hombre andino, maltratado por el frío y el sol; su rostro moreno, de pómulos sobresalientes, brillaba en la oscuridad y le otorgaba un aire de un dios de ébano perdido en la altiplanicie boliviana. De fondo los gemidos de la rubia-tetona se escuchaban nuevamente y el gruñido del semental-gringo bañaba su cara por completo. Le devolví la mirada como diciendo “me gustas” y repitiendo para mí mismo “Deja el duro marfil de mi cabeza,/apiádate de mí, ¡rompe mi duelo!”[6]. Volvimos a coincidir e inmediatamente ingresó el encargado para encender la luz y ordenar que desocupáramos la sala. Nos miramos y asentimos con la cabeza, mientras todos se apresuraban a salir intentando ocultarse de los demás.

Afuera, en la sala de películas de acción, ocupé el segundo asiento. Williams estaba al otro lado, en el primer asiento. No dejábamos de observar al muchacho que se masturbaba en el asiento de adelante, sacando su miembro oloroso a vista y paciencia de todos. Llamé a Williams con la mirada y este se acercó a mi lado; sin dejar de observar ese miembro erecto que convulsionaba, puso su mano en mi muslo, acariciando y subiendo hasta la pelvis; sacó mi pene para observarlo y frotarlo suavemente. Le acaricié la espalda y le dije “salgamos”. En la calle buscamos un alojamiento sobre la calle 3,  pasando la avenida Antofagasta, “todos estos alojamientos son baratos”, me  decía y yo trataba de escudriñar su historia. En la habitación, totalmente a oscuras, me contó lo errático de sus amores, sus aventuras sexuales y su historia personal. Me aferré a él abrazándolo con fuerza y me correspondió el abrazo. Toqué las facciones de su rostro para recordarlo, le dije que me sentía como un ciego que quería palpar todo su cuerpo, cual si fuera una página de braille, y así leerlo y guardarlo en mi memoria. Nos besamos intentando destruirnos en el sexo y quedamos extenuados sin pensar en el frío que amenazaba nuestros cuerpos. Al despedirnos, intercambiamos números de celular y nos prometimos amor en la calle que, ajena a lo nuestro, se burlaba de lo fugaz de nuestras palabras.

Volví a ver a Williams en los Api-videos, siempre dispuesto a pagar cinco bolivianos por el alojamiento, besar en la boca y prometer amor en cada encuentro. Nunca nos vimos en otro lugar que no fuera esta sala y nunca fuimos a otro alojamiento que no fuera aquel que nos recibió a oscuras la primera vez. Alguna vez hablamos por celular y todo era tan llano y parco como dos amigos distanciados. El amor era la oscuridad y su ausencia el día que no llegó a los Api-videos. Esperé por él todas las veces que fui a encontrarlo, pero nunca más regresó. Conocí a Luis, Daniel, Rolando y Juan, cada uno con una historia diferente, cada uno parecido, de uno u otro modo, a Williams, sobre todo cuando decían que venían de los Yungas o que vivían por Río Seco. Estar con ellos me acercaba a Williams, escuchar su conversación sobre Yarita Lizet me recordaba a él. Otras veces me detenía a observarlo en el gesto de Daniel, como cuando asentía cerrando los ojos y sonriendo con la boca chueca. El día que comencé a olvidarlo confundí a Juan con Williams y este ni se inmuto ante mi torpeza, Williams habría hecho una escena de celos por semejante falta y se habría puesto en posición fetal dejando de hablarme. Entonces le habría abrazado y besado el cuello, le habría dicho que lo amo, con pasión y violencia, como cuando Rimbaud dispara en la mano de Verlaine. Se habría reído sin entender la referencia, no sin antes reclamarme un beso.

De ese beso hace más de un año y los Api-videos no han cambiado nada. Sin embargo, se ha instalado el tedio y la monotonía en el quehacer de estos homosexuales que lo chupan todo con tal de saciar sus bocas y los deseos que les queman. Luis ha venido a tocarme, recordándome que es él y que está aquí, pero no retornará, nunca más. Tuve que apartarlo, porque me parece haber visto a Williams, pero solo es el recuerdo que no cabe en esta sala cada vez más fría, más hedionda y más abandonada. Me pregunto qué es el amor mientras el semental-gringo penetra analmente a la rubia-tetona y pregunta, observándonos, ¿quién es tu papi?, ¿quién es tu papi?, ¿quién es tu papi?

Afuera la noche se enciende. Hacer como que no pasa nada y disimular la homosexualidad, pasar por discreto, esa es la regla. Toda la gente alrededor se hace de la vista gorda. Solo algunos homosexuales se animan a ofertar el cuerpo a lo largo de la calle 3, que hierve en la ilegalidad del comercio malandro, aun así disimulan, pasan por discretos y miran de reojo. Las calles de la Ceja se abren como heridas que supuran miseria y la soledad regresa para instalarse indefinidamente. “¿Has visto la noche devorando un hombre…?”[7].


[6] Doceavo y treceavo versos del soneto “Ay voz secreta del amor oscuro” del libro Sonetos del amor oscuro de Federico García Lorca.
[7] Poema “Oído en la calle” del libro Manchas de agua del poeta ecuatoriano Roy Sigüenza.
Crónica publicada en el libro "Gay discreto busca hetero curioso" bajo el título "La soledad de los pobres hombres pobres" editado por el Movimiento Maricas Bolivia. 

Deja un comentario