Fui a pagar el alquiler pero no pude. En lugar de sacar la billetera de la cartera saque un dildo enorme. De esos color carne humana. Pero de humano de África. Cuando la señora Silvia lo vio no supo qué decir.

Y claro, ella esperaba ver un fajo de los billetitos esos, los de la ballena. Su boca quedó entreabierta, como esperando a que apoye la puntita. Pero sus ojos no se desorbitaron, estaban fijos ahí también, ahí en la puntita.

La otra chaboncita en cambio se reía nerviosa, como si su tajo baboso hubiese estado privado del ir y venir de la cuestión. El cuadro de los girasoles de Van Gogh, el lapicero, la boleta de cambiemos mezclada entre papeles, la risita frenética de la piba que cobra. Todo en esa habitación por un instante parecía girar en torno a ese oscuro pedazo de goma.

Mí cara como haciéndome la tonta, tampoco pudo escapar de su centro de gravedad. Pero mí lengua, rapidísima, empezó con esto y aquello, que viste como está el país, que ahora hasta las billeteras se parecen a las pijas. Y me fui de ahí no se con qué excusa, dejando atrás a Silvia petrificada y no sé si con un preinfarto.

Le cabe por botona.

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