Radfem: alianzas con lxs antiderechos y disfusión de sus lógicas en el feminismo

María Luisa Peralta analiza la avanzada del feminismo radical, su vínculo con los sectores que se oponen a la ampliación de derechos y cómo algunas de sus lógicas se imponen en el movimiento feminista de manera silenciosa.

En las últimas semanas, las radfem, feministas radicales, tomaron un lugar central en las discusiones de los espacios militantes feministas y lgtb, debido a una serie de declaraciones y a sus acciones trans excluyentes en relación al 8 de marzo. El gran problema con las radfem, sin embargo, no son sus declaraciones más brutales, que afortunadamente generan rechazo rápido, sino que mucho de su pensamiento permea en sectores mucho más amplios del feminismo, aunque no se identifica como feministas radicales.

El crecimiento de las radfem no es exclusivo de Argentina. Desde hace unos tres años su número, su actividad y su influencia viene creciendo en Inglaterra, España, Brasil y Estados Unidos. No hay que pensar que son una corriente nueva en el feminismo ni mucho menos que son “infiltradas”: son una línea de pensamiento que viene desde fines de los ’60, con una presencia fuerte en los ’70 y los ’80, y en nuestro país en los ’90. Luego habían perdido influencia y ahora están recuperando presencia.

La congruencia entre las radfem y los sectores antiderechos

¿Por qué este resurgimiento de las radfem se da ahora? Creo que se conjugan factores de contexto. Un factor externo es el auge de los sectores antiderechos, con su retórica y su agenda profundamente conservadores y antisexuales, que atacan frontalmente al concepto de género (llamándolo ideología), a la teoría queer, a las personas trans, a las familias formadas por personas lgtb y a las manifestaciones explícitas de lo sexual en el discurso, en la cultura y en el uso del espacio público. Consideran al género una ficción producida por la teoría queer y el feminismo, mientras que el sexo sería una realidad material; es un discurso que dejó de apelar directamente a dios para recurrir a la naturaleza.

Según el feminismo radical, el patriarcado es un sistema de opresión del conjunto de los varones sobre las mujeres, con el fin de explotar el potencial reproductivo de las mujeres y satisfacer los deseos sexuales de los varones. Sostiene que el patriarcado es el único o el principal (según de qué autoras se trate) sistema de opresión y que todas las demás características tienen que quedar en lugares secundarios. Dice querer abolir el género, en tanto sistema que impone estereotipos y que otorga diferenciales de poder, privilegios y oportunidades a mujeres y varones en función del sexo. Considera al sexo como una materialidad observable y al género como construcción, una ficción patriarcal, pero sin embargo tiene una visión determinista: una vez que debido al sexo se pertenece a un género, no es posible que las personas manifiesten otra vivencia personal.

Hay congruencia entre los antiderechos y las radfem en trazar una correspondencia determinista entre sexo y género, son miradas no sólo binarias sino reduccionistas, biologicistas y borran toda individualidad. Las radfem, los grupos antiderechos y otros sectores utilizan el término sexo sin dar cuenta de la historia de las ciencias biológica y médica y sus cambios acerca de qué elementos del cuerpo se toman en cuenta para determinar el sexo, que por lo tanto también es una construcción cultural (un ejemplo: antes del siglo 20 no se conocían los cromosomas sexuales). Además, suponen que en la especie humana hay una dicotomía sexual marcada, estable y casi universal. Esa mirada niega la gran diversidad de configuraciones de las características sexuales que se agrupan bajo el término intersex.

Por otro lado, hay un elemento de contexto más interno: el feminismo mayoritario contemporáneo en nuestro país es fuertemente cisexista y es básicamente un feminismo organizado en torno a la figura de la víctima. Este es un gran problema que hace que sea tan riesgoso el resurgimiento de las radfem, porque si bien sus contenidos más burdos en torno a las personas trans son chocantes y generan respuesta de rechazo, otros de sus contenidos no resultan igual de chocantes y van configurando un cierto “sentido común feminista”. Por ejemplo, en la discusión sobre si las travestis y las mujeres trans pueden ser parte del feminismo y de sus espacios y acciones, las feministas transfóbicas dicen que no, las no transfóbicas dicen que sí. Pero, tal como señala Julia Serano, el hecho mismo de que las feministas cis (heterosexuales, lesbianas y bisexuales) consideren que son quienes deben decidir eso es cisexista: por algún motivo ellas se consideran “naturalmente” adentro de forma incuestionable y con potestad de abrir el ingreso de otras, que estarían afuera. Ese motivo no es otro que el cuerpo. Es biologicismo también entre las feministas cis no transfóbicas.

El binarismo víctima-victimario

Para el pensamiento radfem, los hombres constituyen un grupo homogéneo y monolítico en sus alianzas y son indefectiblemente victimarios. Las mujeres constituyen otro grupo homogéneo cuyo problema sería justamente no poder hacer alianzas internas, serían solamente víctimas y la tarea del feminismo sería crear las condiciones de conciencia política en el grupo oprimido de las víctimas para forjar alianzas internas. Al postular que el patriarcado es el único sistema de opresión o el más importante, pretende una homogeneización de las mujeres y se dejan de lado todas las situaciones que podrían afectar o modificar la experiencia de ser mujeres: la clase, la racialización, la orientación sexual, etc. Lo único que queda es el “ser mujer”, que pasa a estar cifrado en el cuerpo, un cuerpo con ciertas características biológicas sexuales. Se hace la misma operación sobre los hombres. Para que el sistema analítico que ellas proponen funcione en términos políticos, es necesario que cada grupo antagónico, el de las oprimidas y el de los opresores, sean entidades absolutas, sin fisuras, sin contaminaciones, sin existencia de otros grupos que no participen del antagonismo ni que lo hagan complejo, multilateral o lo atenúen de alguna forma. Es por la combinación de estas dos cosas que finalmente terminan siendo biologicistas: no les queda más que el cuerpo crudo de la biología para actuar como factor unificador interno de cada uno de esos grupos, para marcar las fronteras de pertenencia. Y como el enfrentamiento es en función de lo sexual (heterosexual), lo único que importa de esos cuerpos son sus caracteres sexuales (y no, por ejemplo, el color de la piel, la edad, las capacidades físicas o intelectuales, la gordura, etc.).

Hay una falacia en este pensamiento, una contradicción interna insalvable: sostienen que el género es construcción pero recurren a una supuesta realidad natural para sostener su visión de enfrentamiento irreductible entre mujeres y hombres. De esa visión del mundo, las radfem derivan una agenda de reivindicaciones y todo un programa biopolítico, que establece taxativamente qué usos e intervenciones sobre el cuerpo son válidos y cuáles no. Su transfobia, sus posiciones sobre formas de sexualidad y sus planteos ante las tecnologías reproductivas son manifestaciones de ese programa biopolítico.

Por supuesto, en las décadas que siguieron al surgimiento del feminismo radical aparecieron críticas desde grupos que impugnaban la posibilidad de homogeneización en el mero “ser mujeres”: críticas hechas por las lesbianas, negras, chicanas, latinoamericanas, mujeres con discapacidad, las trans, entre otras. Parece que en este nuevo giro derechizado también se quiere borrar la muy rica historia de producción teórica, organización y acción de esos sectores del feminismo.

El feminismo organizado alrededor de la víctima

El pensamiento víctimas-victimarios es la matriz desde la que buena parte del feminismo argentino contemporáneo analiza y arma agendas políticas para temas como la violencia de género, los femicidios, la violación y los abusos sexuales fuera y dentro de relaciones afectivas, el aborto, las tecnologías reproductivas, la sexualidad.

El pensamiento sobre lo sexual de buena parte del feminismo actual es de este estilo. De esto sale un discurso y una agenda netamente punitivista, que reclama soluciones inmediatas, de emergencia, que pasan sobre todo por exigir más cárcel como respuesta privilegiada al problema real y atroz de la violencia sostenida contra las mujeres y el número altísimo de femicidios. Es esta misma matriz de pensamiento la que no puede pensar en lugares de agenciamiento sexual. Muchas compañeras feministas que no se identifican como radfem y que ven a las travestis, las trans y las lesbianas como sus compañeras de lucha, si bien reconocen nuestra existencia y tienen vínculos afectivos y políticos con nosotras, siguen teniendo un pensamiento profundamente cisheterocentrado.

Cuando las lesbianas pensamos la violencia que hay en nuestras relaciones sexoafectivas, no las vemos como calcos de lo que pasa en las relaciones heterosexuales, ni en sus dinámicas, ni en la respuesta social ni pensamos tampoco que las soluciones sean las mismas. Las compañeras feministas cis heterosexuales no pueden ver esto y repiten el pensamiento radfem al decir que las marchas sin la presencia de varones son espacios seguros: para las lesbianas violentadas por sus parejas, esas marchas no son tal cosa. El concepto mismo de espacio seguro, por otro lado, se basa directamente en el pensamiento de mujeres víctimas-hombres victimarios, donde la exclusión de todos los sospechosos (que serían no sólo potenciales sino seguros agresores), garantizaría la seguridad de otras, siempre débiles, que deben ser tuteladas por dispositivos externos para darles algo de seguridad.

Nuestras relaciones sexuales tampoco siguen el molde de las relaciones heterosexuales. La idea radfem de que la única relación posible entre mujeres y varones es la de opresión (que a veces está velada por la ilusión o el engaño), hace que toda relación sexual sea pensada como violenta, especialmente ciertas prácticas sexuales como la penetración. De ahí se derivó, ya en los ’70, todo un prescriptivo sobre la sexualidad lésbica correcta, la que estaría bien iluminada por el feminismo. Esto pretende empobrecer nuestro universo sexual y termina imponiendo un control autoritario sobre el placer y los cuerpos lesbianos, prohibiendo la experimentación, la diversidad de prácticas, el uso del propio cuerpo y de sus potencias eróticas. Todo lo que se salga de estas pautas rígidas es acusado de patriarcal y a las lesbianas que practicamos esas formas de sexualidad nos acusan de ser víctimas o cómplices del patriarcado, de tener una sexualidad machista y colonizada por los imaginarios masculinos. Huelga decir que para el pensamiento radfem la masculinidad es patrimonio exclusivo de los hombres y la feminidad corresponde sólo a las mujeres.

La idea de que todo sexo es violento es la raíz puritana, sexualmente conservadora y moralista del feminismo radical, que las hace confluir con las posiciones de los grupos antiderechos. Los grupos radfem han sido muy activos contra la pornografía (en un filo muy delgado hacia la censura, cuyas consecuencias hacen de las personas lgtb uno de sus blancos principales) y casi todo lo que para otrxs podría ser erótico para ellas es pornográfico. Toda expresión de autoafirmación sexual que pase por exponer públicamente el cuerpo o el deseo es considerada una trampa patriarcal para mantener el sometimiento. Condenan enérgicamente la sexualidad BDSM (conocida como sadomasoquismo), sin escuchar nunca a las personas que la practicamos. Para las radfem, y para muchas otras feministas que nunca se identificarían como radfem, el BDSM es insalvablemente antifeminista, patriarcal y una explotación violenta de las mujeres. No tienen ningún problema en omitir mencionar que en el BDSM los deseos, los límites, los acuerdos son explícitos y negociados, algo que muy raramente pasa en otras formas de sexualidad. Otro tanto ocurre con la sexualidad lésbica estructurada en torno a las identidades butch/femme: no nos escuchan realmente, sino que nos descalifican como colonizadas por el patriarcado, homologando la feminidad de las femme con la feminidad fragilizada y sexualmente débil que pretende el patriarcado y la masculinidad de las butch con los hombres cis heterosexuales.

Algunas feministas radicales dicen no ser terfs (trans exclusionary radical feminists, feministas radicales trans excluyentes) sino perfs: penis exclusionary radical feminists, o feministas radicales que excluyen los penes. Ese enunciado empeora la posición de las travestis y mujeres trans, porque reduce su identidad a una genitalidad que algunas de ellas conservan y disfrutan; en el mismo movimiento, niega la identidad de los hombres trans y otras masculinidades trans. Complica muchísimo la política, las alianzas y las experiencias de las lesbianas/bisexuales trans y de sus parejas y compañeras sexuales.

En lo que no están de acuerdo entre sí las radfem es en relación a la monogamia: para algunas, las relaciones abiertas, sin exclusividad, son netamente machistas (incluso entre lesbianas), mientras que para otras lo patriarcal es la posesividad propia de la monogamia. Los mismos argumentos son repetidos por otras feministas de otras corrientes.

Una característica del pensamiento radfem es su dogmática: adoptan la posición “esclarecida” y tutelar de marcar determinada línea y la sostienen sin importar lo que digan las directamente involucradas en las situaciones que describen. Ellas determinan qué es patriarcal y qué es feminista y cuando algunas tenemos una sexualidad, una expresión de género o una forma de vincularnos que ellas consideran no feminista, sistemáticamente nos ponen como víctimas de un engaño patriarcal que deben ser iluminadas o cómplices del patriarcado.

La insoportable existencia política lesbiana

Hubo radfem escandalizadas porque algunas compañeras llevaron a las asambleas del 8M un reclamo sobre incorporar la figura de lesbicidio. No me interesa en este momento discutir esa figura en sí, sino remarcar que su escandalización sobre “cómo puede ser que digan lesbicidio, si ya existe el femicidio y es que acaso alguien dice que las lesbianas no son mujeres” sólo demuestra su ignorancia. El activismo lésbico en Argentina tiene una historia de muchas décadas, desde los ’80 por lo menos, con un número notable de organizaciones, generaciones de activistas, líneas políticas, publicaciones, talleres, encuentros propios, acciones callejeras, cientos de páginas escritas sobre existencia lesbiana, sexualidad, teoría, política, miles de horas de debate dedicadas a lo mismo. Un activismo lejos de ser armonioso o pacífico, con fuertes disputas internas y posiciones enfrentadas. Pero con un nivel de producción que no puede ser simplemente ignorado. Hemos teorizado muchísimo sobre nuestra identidad lésbica como algo distinto de la identidad mujer, siguiendo los planteos de Monique Wittig. Que las expectativas de género, lo que nos está permitido y lo que no, los disciplinamientos, los castigos por no cumplir esas expectativas, caen de forma distinta sobre nosotras. Las violencias también. Y nosotras necesitamos poder comprender y explicar cuáles son las dinámicas y los motivos de las violencias que se descargan sobre nosotras para poder desactivarlas. En 2010, cuando fue el asesinato de la Pepa Gaitán en Córdoba, varias feministas cis heterosexuales rápidamente lo nombraron femicidio y repitieron que “la mataron por la triple opresión de ser mujer, lesbiana y pobre”. Numerosas activistas lesbianas enfrentamos esa forma de entender lo que había pasado y explicamos por qué no era femicidio y que esa muerte respondía a otros prejuicios: que era el extremo de un espectro de exclusiones, discriminaciones y violencias surgidas de la lesbofobia y el heterosexismo, que son sostenidos socialmente, incluso por compañeras feministas. Este tipo de análisis es imposible en el marco conceptual esquemático y binario de las radfem y tampoco es fácil en otros sectores feministas. Lo que lo hace tan difícil es que, para poder sostenerlo, hay que asumir que el patriarcado no sólo es un sistema de supremacía de los hombres sobre las mujeres, sino que además es intrínsecamente heterosexista y cisexista (por eso hay quienes lo denominan cisheteropatriarcado). La conclusión que se desprende es que muchas mujeres cis heterosexuales son partícipes activas de la opresión de gays, lesbianas, bisexuales, travestis y trans. Se agrietan los bloques monolíticos. Para muchas mujeres cis heterosexuales, replicar activamente y sostener la opresión heterosexista y cisexista es una forma de ganar posiciones dentro de la escala donde son oprimidas por los hombres cis heterosexuales. Se entrega a alguien y a cambio se obtiene una mejora de la posición propia.

Una de las formas políticas de esto, muy extendida en el feminismo hoy, es negar la importancia y a veces directamente la existencia del movimiento lgtb, que en Argentina tiene 40 años de historia de trabajo intenso, y no sólo en el plano legal: sin el cambio social producido por el movimiento lgtb en relación a la sexualidad, a la reproducción y a poner un freno a la Iglesia Católica, habría sido imposible que el feminismo solo llegara a plantear el debate legislativo por el aborto en 2018. Las feministas menos transfóbicas registran la existencia de las travestis y las mujeres trans (aunque mucho menos la de los hombres trans) pero en tanto se avengan a permanecer en un lugar secundario, y no pueden distinguir que la agenda de las lesbianas no coincide con las de las heterosexuales ni la de los gays con la de los hombres cis heterosexuales y que muchas veces entran en franco enfrentamiento. Son recurrentes las situaciones que tienden a debilitar al movimiento lgtb, reclamándonos a las lesbianas y a las bisexuales que dediquemos nuestros esfuerzos a un feminismo signado por la preponderancia absoluta de la agenda cis heterosexual. El pensamiento radfem establece una clara división entre quiénes pueden ser feministas y quiénes no: ningún hombre podría ser feminista ni aliado del feminismo. Esta idea está tan extendida en el feminismo mayoritario que incluso compañeras que trabajan con gays y con algunos hombres cis heterosexuales terminan negando sus aportes. Los ataques contra los hombres gays y bisexuales y contra los hombres trans en general llegan a niveles altísimos de agresión y descalificación, en lo que se puede llamar directamente sabotaje al movimiento lgtb.

El naturalismo antitecnológico heterocisexista

Otro tema sobre el cual las radfem han hecho circular propaganda distorsionada y alarmista es el de las tecnologías reproductivas. Este punto es uno de los que pasa más inadvertido y uno de los que encuentra mayor receptividad en sectores diferentes al feminismo radical.

En este tema es clara una de sus tácticas retóricas, que Gayle Rubin describe muy bien: hacen una gran mezcla de cosas, donde entran algunas verdades en medio de muchas distorsiones o de mentiras. Una táctica habitual es la manipulación del miedo, un terrorismo emocional con consecuencias políticas, que aparece más crudamente en sus maniobras transfóbicas y en relación a las tecnologías reproductivas. Por ejemplo, suelen decir que permitir que las mujeres trans vayan al mismo baño que las mujeres cis las pone a éstas en peligro de violación y de riesgo de vida. Decir eso en momentos en que las mujeres son violadas y asesinadas todos los días agita el terror. Hay dos problemas en ese razonamiento: uno, es que esas agresiones sexuales y mortales son perpetradas por hombres cis heterosexuales, no por travestis ni por mujeres trans. El otro es que omiten decir que entre esas víctimas diarias hay travestis y mujeres trans. Cuando esos crímenes no se nombran ni producen la misma respuesta que los femicidios de mujeres cis, el feminismo en su conjunto actúa con cisexismo y está repitiendo el esquema radfem.

Volviendo a lo reproductivo, se me hace necesario explicitar que pienso desde el lugar de lesbiana usuaria de tecnologías reproductivas, madre gestante de mi hijo y probablemente madre no gestante de futurxs otrxs hijxs, y desde mi lugar en el movimiento lgtb. Las personas lgtb hemos sido, y seguimos siendo, sometidas a esterilizaciones forzosas (desde gays en campos de concentración nazis a personas trans según lo ratificó la Corte Suprema de Japón hace una semana), a experimentación, a que se nos quitaran lxs hijxs tenidxs en relaciones heterosexuales, a que se nos prohibiera adoptar, a que se nos prohibiera el acceso a las tecnologías reproductivas, a que la filiación de nuestrxs hijxs no fuera reconocida si no había un vínculo biológico o si nuestras familias eran multiparentales. Escribo desde ese dolor y esa memoria de la injusticia y de la lucha de mi movimiento.

Cuando se desarrollaron las tecnologías reproductivas, el feminismo en su mayoría las consideró un encarnizamiento terapéutico para seguir sometiendo a las mujeres al mandato de la maternidad. No hubo espacio para escuchar otra cosa que no fuera mandato, para hacer lugar al deseo, al proyecto, y a la angustia de no poder por biología, por dinero, por ley. No sirvió que las lesbianas dijéramos que para nosotras el mandato era otro, que se nos imponía la condena de abandonar todo deseo de maternidad y que para nosotras fue algo a conquistar en nuestros propios términos: sin patologización, corriendo a la biología como única fuente del vínculo de filiación, recurriendo a donantes conocidos, anónimos o a co-padres. Nada sirvió: una buena parte del feminismo sigue pensando que nos rendimos ante un mandato patriarcal y que deshacemos el trabajo del feminismo por liberar a las mujeres de la maternidad. Por eso en Argentina nunca se comprometieron como movimiento con la legislación sobre fertilización asistida, que fue llevada adelante primero por organizaciones de personas heterosexuales no feministas a las que luego nos sumamos las lesbianas, aportando el enfoque despatologizante y la prescindencia del estado civil.

Hoy, las radfem dicen que la donación de óvulos es una forma de explotación de las mujeres, y que por eso se oponen. ¿La donación de espermatozoides no es una forma de explotación o es que está bien explotar a los hombres? Las gametas no se donan en sentido estricto, como la sangre, sino que siempre hay una compensación económica. Podemos discutir el estatuto especial que tiene la donación de gametas en relación a otras células, tejidos y órganos del cuerpo, pero discutamos todo: no sólo la mediación de dinero, sino también la insistencia en revelar la identidad de lxs donantes, cosa que no se hace para ninguna donación de órganos y tejidos donde, al contrario, se impone un anonimato estricto.

La peor parte está cayendo sobre la surrogación. Las radfem están de punta con este tema y una gran parte del resto del feminismo también. Algunas se refieren a “compraventa de niñxs”, una distorsión severa de lo que realmente sucede en esos acuerdos. Hablar de “vientres de alquiler”, como suelen decir, tiene la misma finalidad alarmista. No estamos hablando de cocheras, espacios huecos que están ahí disponibles, sino de úteros que están en cuerpos que son personas, con sus historias, sus deseos, sus decisiones. ¿Hay abusos en casos de surrogación, aprovechamiento de situaciones de precariedad? Sin dudas, en algunos casos eso sucede. Por eso urge legislar, para proteger derechos de todxs lxs involucradxs. En este tema, más aún que en la donación de óvulos, lo único que pueden pensar es que se trata de mujeres víctimas de explotación y engaño por parte de los varones. Aunque algunas no lo puedan creer, hay mujeres que hacen surrogación porque quieren ayudar a gestar lxs hijxs de sus amigxs, hermanxs, hijxs o de desconocidos, por motivos altruistas, de dinero sin estar en situaciones de precariedad o porque quieren la experiencia del embarazo sin maternidad.

En esta discusión es donde se evidencia una de las características de las radfem que también permea al feminismo: su intensa homofobia. Se pone el foco y se señalan las historias de algunos gays famosos que solos o en pareja recurren a la surrogación y se los presenta como pérfidos explotadores. La verdad es que la mayoría de quienes recurren a la surrogación son parejas heterosexuales, de manera que presentarla como algo propio de los gays es sesgado y demuestra prejuicio. Esa homofobia va en paralelo con la lesbofobia que pone en cuestión el deseo lésbico de maternidad (aunque quienes lo denuncien sean heterosexuales con hijxs), y que ambas se acompañan de un pensamiento heterosexista. Por eso el feminismo como movimiento no acompañó un reclamo muy propio de las personas lgtb: el reconocimiento legal de las familias multiparentales, porque siguen pensando con el esquema heterosexista de pareja reproductora, al que homologan a las parejas de gays/bisexuales cis o de lesbianas/bisexuales cis y en el que nunca se les ocurre que puedan entrar las personas trans. Quizás por eso entre los artículos menos conocidos de las leyes de identidad de género y de reproducción humana médicamente asistida están los que reconocen los derechos reproductivos de las personas trans y facilitan los medios para salvaguardarlos. En el esquema radfem, pero también para muchos otros sectores del feminismo, pensar en hombres trans embarazados hace colapsar categorías e imaginaciones.

En el terreno de la reproducción, las personas lgtb y muchas personas cis heterosexuales estamos desacoplando una serie de procesos biológicos y sociales que solían pensarse como inexorablemente ligados unos a otros. Abrimos nuevas posibilidades biológicas, vinculares y sociales. Creamos nuevos modos de pensar y de constituir nuestras familias. El feminismo solía decir que la biología no es destino. Parece que se olvidaron de eso cuando discuten tecnologías reproductivas, existencias trans, sexualidad lésbica, por nombrar algunos temas. Las radfems son el extremo más belicoso de esa posición. Pero no son las únicas feministas que creen eso y que lo convierten en agenda política.

Ilustración: Franco Rasia 

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