En el pueblo, todas somos putos

En el pueblo los putos cogen a escondidas, no se las quiere, pero se las desea. Y todos son putos, las travas son putos, las tortas son putos, los putos son putos y también están los putos históricos. Hay un lugar en cada pueblo donde los putos se juntan a coger y los pibes bien pasan a descargar su hombría.

Por Juan Pablo Di Lenarda Pierini

Tengo el alma en pedazos
ya no aguanto esta pena
tanto tiempo sin verte
es como una condena

Con ese tema de Daniel Agostini entré al cheboli del pueblo, me cuesta admitirlo pero hay que reconocer que con “la ventanita del amor” les hijes del Dani comieron unos cuantos años, y después de dos paraguayos a boca seca flashie que el Dani era una especie de sensible Cortazar de pelo largo con exceso de gomina.

Al final de la barra se la veía a la rochu hablando, digo al grito de: “Yo tengo unos amigos que se conocieron borrachos arriba de una silla de ruedas y sé que van a terminar así, uno empujando la vejez del otro arriba de esas cosas. Porque se aman”.

¡El vodka barato pega mal! Pensé por dentro, la abracé fuerte y me sumé a la charla mientras el dj sacaba un tema de Los Palmeras para poner uno que bailé en el último 15 de una media prima en el club Villa Sanguinetti.

En los últimos dos meses más de doce personas decidieron quitarse la vida en mi pueblo, el más grande cargaba 104 años es decir que llegó a bailar desde “Los pasteles verdes” hasta “las culisueltas” versión feminista, y la más joven era un puto.

– «Es Que hoy en el pueblo levantas lo que hace cinco años no elegiste ¿entendes?, es lamentable pero cuando empezás a remover los muertos listo ya está, estás en otro plano ¿o no?» me dijo levantando las cejas en complicidad y con la risa más grande que la cara.

– ¡Yo nunca cogí en el pueblo chicas!

Chau, estalló el boliche, volaron brazos como barriletes y a más de un macho le ardieron las orejas frente a tanta loca despechada desafinando a coro. La rochu sacó a bailar a unos pibis de 14 que tomaban frezee blue del pico mientras intentaba pegarle a una letra, hasta que se aburrió y retomó la ronda.

– «grasa, tenés 26 años como que nunca cogiste acá» dijo mientras se prendía un cigarrillo al revés.

Es que sí, en el pueblo no se coge, porque no hay putos, a ver, en realidad si hay putos, putos escondidos, que también cogen pero a escondidas. En el pueblo el puto es invisible, lo puto no se quiere, al puto no se lo desea, pero sí, en realidad sí al puto se lo desea pero bien lejos, el puto siempre es clandestino.

Pero ahí, por la vuelta del perro, en ese camino ancho de tierra que se desprende de la soja seca y el rio, ahí donde se tira basura, y abren bolsas de nylon los galgos flacos dicen las malas lenguas que se juntan a coger los putos.

Ahí donde pasaban todos los pibes de bien a descargar su hombría, ahí, solo ahí es donde los cascotazos les volvían como enjambre de abejas. ¿Saben por qué?

Porque ahí lo que nunca ninguno de esos imaginó es que está la mejor puesta de sol, ahí es donde caen los rayos salpicando el agua verde que despierta a las mojarras, y te llenas de silencio, y te haces de barro, y te volves a armar, a curar y salvar para que después todas esas bocas de fácil hablar te pisen entero por cada paso que das.

Porque en el pueblo, todos somos putos –las travas son putos, las tortas son putos, los putos son putos – y también están los putos históricos como el puto Marisol, el puto kung fu, el puto pistola, el puto Mora Pier, y el puto Gastón – que por casualidad, tres de esos putos ya no están- , porque eran muy grandes para ser travas, todas esas travas fueron la brillantina de los pueblos infiernos, fueron las costillas, fueron cada pedazo de tierra, y también todas esas mariposas que aparecen en los cuadernos, porque ellas son la vuelta del perro el pedazo de tierra donde está la más hermosa puesta de sol.

En honor a todas las travas del pueblo que ya no están

Ilustración: Franco Rasia 

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