Madretrava: luchar, vivir y amar

Karla Ojeda, militante travesti peronista, mamá de Agustina y funcionaria de la UNR, es una de las protagonistas de «El Laberinto de las Lunas», un documental de Lucrecia Mastrangelo sobre la maternidad y las infancias trans. En esta entrevista con La Tetera recorre las luces y sombras de una vida marcada por la batalla de ser sí misma.

Por Jose Malé Franch – @jmalefranch

Es viernes y ya el clima se vive con la intensidad característica de los primeros días de calor rosarino que me dejan medio tarada. Eran las 13  y tenía que juntar coraje para salir a la calle a tomarme el bondi antes de que el calor me pegue un uppercut en la mandíbula. En La Casa de las Locas me estaba esperando mi entrevistrava. Es que el próximo viernes 22 de noviembre hay una cita imperdible en el Cine el Cairo. Las infancias y maternidades trans serán protagonistas de la gran pantalla en el estreno del documental “El Laberinto de las Lunas”. Karla Ojeda es un pilar fundamental de esta obra y voy a su encuentro.

Mientras el 141 realizaba su recorrido habitual, me iba imaginando el título de la nota y el cómo iba a moquear (pues marica sensibla). Porque si algo tiene Karla es que sus palabras te calan en el hueso directo y sin anestesia. Esa característica única que tienen aquellos seres que hablan con el corazón en la mano. Llegué y encontré a Máxima, una compañera trava que estaba fallecida de calor, como yo. “Qué calor que hace marica, yo no llego viva a enero”, le dije, mientras ella tiraba una carcajada pajarraca. 

En el centro, con aires de trava sabia, me estaba esperando. Retocándose el makeup porque: “tengo una entrevista para un podcast con estudiantes de Comunicación Social después de vos marica”. Karla es una machi, chamana carrilchera, pachatrava, la gran madre travesti de todes les LGBTI+. Tiene una profundidad abismal en sus ojos delineados de negro que sin darte cuenta te sumergen en un caleidoscopio de vivencias arcoíris de la historia viva de las travas rosarinas. Tiene un cuerpo barroco y espacioso, donde habita todo el amor que le negaron y que ella se animó a dar de a toneladas.

Karla ronda los 50. Al promedio de vida de 35 años del colectivo travesti/trans, le pasó por al lado entaconada, espléndida y le hizo tremendo clos, revoleando el pelo mientras se retocaba el labial. Quizás sea porque se abrazó a la vida sin pedirle permiso a una sociedad que siempre la quiso muerta. Como vocifera entre carcajadas: “yo soy militante, yo me meto en cualquier lado, porque son lugares que me pertenecen y me los han negado siempre, así que me pertenecen, yo voy y me meto. No pido permiso”. 

Se crió en el corazón de Barrio Las Flores, en el seno de una familia de 10 integrantes característica de las barriadas rosarinas. Y afirma: “Si vos me preguntas, yo desde que tengo uso de razón, para mi soy travesti. Hoy lo puedo decir, en ese momento quizás no. Pero sí sé que me identifico como travesti, ni siquiera como trans”.  

Karla junto a Susy Shock y La Pebeta, protagonistas del documental dirigido por Mastrangelo.

El abrazo partido

Pienso entonces en algo que venimos elaborando colectivamente desde hace unos años, ¿cómo se habrá sentido esa niña trans, hace cuarenta y pico de años, en este mundo horrendo? Karla me relata un poco de su trayecto por la Escuela: “La primaria terrible, la pasé muy mal. Pero sí tengo que decir que fui acompañada por mis padres. Yo fui abrazada, como dice Susy Shock, entonces lo mío fue distinto, mi vida fue distinta comparando con otras travestis. Porque a los 14 o 15 años, ellas viven con su familia y se sienten distantes. En el momento que no son ni mujer ni varón, automáticamente son expulsadas”. 

Karla revela una de las historias del horror cotidiano que viven les niñes trans en una institución que busca con todas sus fuerzas normalizar cuerpos. Cuenta que se aguantaba con todas sus fuerzas las ganas de ir al baño durante toda la jornada de clases. Prefería eso, antes que ser víctima de las únicas dos opciones posibles que brindaba el colegio: pasar la tortura de ser bullyineada en el baño de niños “por no ser lo suficientemente niño” o bancarse que no la dejen entrar en el baño de niñas, “por no ser lo suficientemente niña”. Fueron muchas las veces que volvía meada a su casa, por no pasar con gracia semejante reto titánico. Y como en su familia eran más de 10, para no generar lío, corría a cambiarse de ropa para que la mamá no lo note.

Si en algo fueron punta de lanza las instituciones educativas fue en patologizar a los cuerpos no cisheterosexuales. Karla recuerda: “Me llevaban con psicólogos y psiquiatras, porque la tomaban como una patología el ser trava. Y esta cosa de la maestra en tercer grado diciendo que algo raro a mí me pasaba, porque yo quería ser lo que era. También en esos años pasé por esos ejercicios que te hacen los psicólogos, de dibujar a mis hermanos, dibujar a mis papás, dibujar a mis hermanas, divinas todas con polleras y no sé qué y mis hermanos con moñito y trajecito. A la hora de dibujarme yo, me dibujaba espléndida, con pelo largo y con moños y tacos porque era como me veía reflejada. Después me acuerdo que una de las psicólogas estuvo ‘enseñándole’ a mi madre cómo tenía que educarme a mí porque yo era un varón. Obviamente acá estoy, DIVINA.”

El umbral de dolor de las infancias trans suele soportar a duras penas los años de la escuela primaria. Ya avanzando en edad pre adolescente, pasó lo que se repite incansablemente en el colectivo travesti/trans. La discriminación, el acoso y la violencia institucional, expulsaron a Karla de la escuela secundaria: “En segundo año dejé la secundaria. Porque era tanto el bullying que sufría con mis compañeros y compañeras. Era muy difícil de entender hace 36 años atrás, lo que era el travestismo. Entender a otra identidad que era distinta a lo que habitaba ahí en la escuela.”. 

Y pensar que aún muches todavía no entienden por qué militamos y exigimos la aplicación correcta de la Ley de Educación Sexual Integral en todo el territorio argentino.

Cuando Karla era una niña de 13 años, las travestis no se veían en la calle, ni en la tele, ni en ningún lado. Pero sí en los barrios. Así fue que supo encontrar las fuentes del verdadero conocimiento travisteril, esa universidad de la calle que encierra los misterios más encriptados de las míticas dueñas de todos los tejes y telares: “Me acuerdo que en esa época fue cuando por primera vez me acerqué a una trava, fue a Marisa Lacacho. Una compañera de Barrio Las Flores. Yo era una niña. Me enseñó un montón de cosas, trucos y cosas de travestis que son hermosas. También en ese tiempo conocí a Jaqueline Gauna, Alejandra López, la Leivy, todas estas compañeras que te nombro, ya no viven más. Murieron de muy jóvenes”.

Las travestis para Karla eran la concreción posible de lo imposible, la prueba empírica que demostraba que une podía construirse como quisiera y ser quien sentía ser. Aunque el precio de ser une misme era ser blanco de la discriminación, la exclusión, la violencia institucional, las barreras de accesibilidad… y así como mariconas salmonas danzando contra la corriente, concretaban el vivir su identidad como les salía, como lo sentían. Porque si algo ya tenía claro esa Karlita de 13 años, es que la identidad es nuestra mayor obra de arte a ser defendida con uñas y tacos.

Las barriadas no eran color de rosa, la violencia impactaba en el cuerpo y el corazón: “Una vez íbamos caminando por el barrio a los 14 años, con la Pebeta y la Quicona. Me acuerdo que me pidieron un cigarrillo unos pibes y yo no se lo quise dar. Y ahí me tiraron un piedrazo en el medio de la espalda. Yo hacía como si nada, tenía que seguir caminando, recta y derecha, con un dolor que no daba más marica, pero tenía que seguir fuerte para no darles el gusto”.

Karla sabe que revivir estas historias, muchas veces, es sacarle la cáscara a la herida que parece haber cicatrizado, pero también es consciente de lo fundamental que es contarlo, porque es historia. Historia de la victoria de haber podido ser, en una sociedad que quiere que no seas. De haber podido amar, cuando el mundo sólo te odia. Historia que nos recuerda que todas las lágrimas y el dolor que vivió, hoy son lágrimas de alegría por ser ella misma. Tiene que ver con la lucha, el amor y la vida, la lucha por vivir.

El amor 

Karla hace casi 20 años que tiene un compañero inseparable. Miguel está siempre presente caminando junto a ella en cada paso. “Lo conocí hace como 25 años atrás, en Inizio, un boliche que estaba de moda en ese momento e íbamos las travas. La pasábamos bien ahí y aparte nos escondíamos de la policía. Fueron como dos años entre idas y vueltas, porque yo no me creía que podía estar en pareja, que me podían querer y me podían amar. ¿Pero sabes por qué? Por todas las cosas que me pasaban. Porque él a la hora de acercarse y proponerme formalizar, yo le decía no, conmigo no podés salir. Porque yo soy una trava, tengo barba, soy así, salgo a la calle y se me ríen, me insultan y no quiero que pases por eso. Y él segurísimo, convenciéndome que  se había enamorado de mi persona y que no le importaba nada, que quería estar conmigo. Tardé dos años en decir que sí. Me hice rogar un poquito también. Empecé a creer en eso, en formar una pareja, después de tener muchas experiencias, viajar, trabajar juntos, de aprender una profesión con él, porque el chongo es panadero. Pasaron 19 años juntos y decidimos que podíamos empezar a pensar en ser padres”.

MammaTrava

Empezó entonces un nuevo proyecto de elles, desde el deseo de ser xadres (madre y padre). Entonces Karla y Miguel se anotaron en el RUAGA (Registro Único Provincial de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos). Por más de 5 años estuvieron atentos a ver si aparecía algune niñe con posibilidad de ser adoptade. 

Entonces el momento llegó: “En un momento nos llaman que había une niñe en Santa Fe y se podía arrancar una posible vinculación. Al fin llegó el día, nos fuimos a Santa Fe. En una Plaza de la Ciudad íbamos a conocer a Agustina.”.

Siguiendo con la línea de violencia institucional, la Directora del Hogar donde vivía Agustina le comentó a Karla que al ser travesti, hubo varias reuniones con psicólogos de género, el hogar y  el RUAGA para ver cómo decirle a Agustina esto. A lo que Agustina respondió: “¿Cuál es el problema con que sea trans? Si ella quiere ser mi mamá, yo quiero ser su hija”. Qué bueno que les niñes no vayan al ritmo de la lentitud evolutiva de las instituciones les acogen. 

Llegó entonces el primer encuentro: “Imaginate la emoción y preparación nuestra, que le queríamos llevar regalos, pero no se podía. Qué cómo iba a ser, que qué íbamos a decir. Y llegamos y llegó Agustina a la plaza con la gente de la Secretaría de Niñez de la Provincia. Ella luminosa, radiante, maravillosa como es. Y nos dejaron invitarla a desayunar. Pasaron seis encuentros más, los primeros cada 20 días, 15 y los otros cada semana. Cuando llegó el momento de venirse a vivir a casa, era febrero…habíamos pensado cómo armar su habitación y redistribuir los espacios y cuando vino todo cambió, para bien. Siempre digo que ella nos adoptó a nosotros. Porque nosotros ya estábamos consolidados, adultos, una pareja de 20 años. Y ella venía de conocer a dos extraños, nosotros estábamos solos y ella esperando que la adopten. Pero sí es cierto que yo digo que es esta cosa de que no fue un encuentro, hubo un REENCUENTRO, tenía que venir con nosotres.”

Los dinosaurios

Hacía un mes que Agustina estaba viviendo en Villa Elisa, con Karla y Miguel. Todo era un descubrimiento para les tres. Lo que guiaba todo, era el profundo amor que iban sintiendo. Entonces llegó marzo y con él, el inicio del año lectivo. Ahí los tres tuvieron su primer recordatorio juntes, de que iban a tener que educar a un mundo odiante y violento. 

Karla relata: “Fuimos a la escuela, la inscribimos. Estaba todo súper bien con la directora y con las maestras de 6º grado. Hasta que apareció un profesor de ajedrez. 

Agustina iba contando en la escuela todo el tiempo, que ella tenía una mamá travesti y que estaba re contenta con eso. Cuando le cuenta al profesor, él le dice: 

-¿Pero cómo travesti? 

-Sí, mi mamá es travesti.

-¿Y qué sería ser travesti?

-Una identidad distinta, es mi mamá.

El tipo la interpeló, queriendo que le conteste nuevamente y le dijo:

-Yo no puedo decir que soy un conejo, porque no soy un conejo.

Agustina hacía tres meses que vivía con nosotros y ya conocía a todas mis amiges travestis. A lo que le contesta:

-No podés comparar a un animal con un ser humano. 

-Sí, pero las personas travestis tienen corta la vida y la felicidad.

-Mi mamá y mi papá hace 20 años que están juntos y son felices. Es más, si ella es feliz, yo soy feliz.

Cuando Agustina me contó, obviamente me llegué al colegio, hice la denuncia correspondiente con la directora y las maestras. El tipo este año ya no estaba trabajando en el colegio. No llegué al ministerio porque no me pareció necesario. Me pareció una buena respuesta ante la discriminación ante la niña y hacia mí”.

La familia

Si algo nos aúna a muches LGBTI+, es la posibilidad y urgencia de construir la familia elegida. Ya que nuestras familias sanguíneas, en menor o mayor medida nos rechazaron por no circunscribir en el régimen de heterosexualidad obligatorio.

Entonces la travesti explica: “Yo soy parte de Comunidad Trans y de La Casa de las Locas, por ahí con mi familia de sangre, como se dice (como si la sangre fuese a ser algo), con más de la mitad no me hablo. Pero me doy cuenta que la familia es la que elige uno, es la construcción del vínculo que creas con el otre.” 

Las travas, las tortas, los putos y les trans de La Casa de las Locas, somos todes les tíes de Agustina. El maternar se extiende entonces, dejando de ser una experiencia individual, para pasar a ser una experiencia colectiva. Vivenciamos entonces un retorno a lo tribal, a lo ancestral, a la comunidad que alberga y cría amorosamente en un todo que nos convoca. Un nuevo modo colectivo de ser alegría, en un mundo que pone toda su energía en volvernos átomos disgregados y tristes. Tal vez una forma de entender esto que se nos da tan espontáneamente, sea como dice Lohana Berkins que Karla siempre recuerda: “El amor que nos negaron es nuestro motor para cambiar el mundo”. 

En esta línea, Karla agrega: “A mí me han negado muchísimas veces amor. Si bien yo fui abrazada por mis padres, me negaron muchísimas veces amor. Desde la sociedad, de querer tener un vínculo con el otro y que me lo hayan negado. Entonces  no voy a ser eso con mi niñe, ni con nadie. Voy a ser todo lo contrario. Y eso es lo que me pasa. Es brindarle todo el amor que ella necesita”.

Hablándole a la niña trava

Como un ejercicio de abrazar a la niña que nos habita, tal cual nos invita Marlene Wayar. Jugamos con Karla y le propuse que le hable a su Karla niña trava de 12 años, ¿qué le dirías?:

“Le diría vas haciendo las cosas bien, tenés que pasar por eso para llegar a ser quien sos hoy. Porque hubo muchas, muchísimas cosas que dolieron. Muchas cosas tremendas que vas a pasar, pero se puede lograr y cambiar un montón de cosas por medio de la lucha y del amor. Una compañera dice: ‘el amor como eje y de ahí todas las construcciones posibles’. Porque si falta el amor, no vas a poder hacer nada.”

Karla y Máxima Zalazar junto a Hebe de Bonafini en la Facultad de Psicología de la UNR.

La madre de todes

Terminamos la entrevista entre lágrimas, risas y abrazos. 

No paro de pensar que las travas y les trans, recién fueron reconocides por el Estado como ciudadanes a partir de la Ley de Identidad de Género, en el año 2012. Mientras tanto estuvieron y están siempre construyendo desde el amor y batallando incansablemente.

Cristina Fernández de Kirchner solía decir que si en algún momento no sabés cuál es la vereda correcta en la cual pararte, fijate dónde están las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Porque ellas siempre van a ser la brújula política en momentos de confusión.

Hace algunos años, yo vengo sintiendo que las travas son las Madres de Plaza de Mayo de les LGBTI+. Al menos de los que nos sentimos parte activa del campo nacional y popular. Porque nos marcan ese horizonte de lucha inclaudicable por les eternes postergades.

El calor no baja de los 30º característicos de la Rosario litoraleña. Máxima y yo estamos al borde del desmayo. Karla se prepara para la próxima entrevista del día con las estudiantes de Comunicación Social. Iris se está cambiando porque en una hora nos vamos todes a la Facultad de Psicología (UNR), donde vamos a recibir a Hebe de Bonafini, ya que las Madres donaron a la casa de estudios una baldosa de la histórica ronda de la Plaza de Mayo, que el gobierno de Mauricio Macri mandó a desmantelar.

Y ahí ya sí, mi idea se hizo carne. Las travas y Hebe (con 91 años), charlando cual amigas de toda la vida. Ella les dijo: “yo soy un poco trava”. Y yo, que post discurso de Hebe entré en un llanto de emoción sin fin como une niñe de 5 años, aprovecho para afirmarle a la sociedad toda: las travas que ustedes mataron, volvieron y ya no piden permiso para vivir.

"El laberinto de las Lunas" se estrena el viernes 22 de noviembre a las 20.30 en el Cine El Cairo. Para más información sobre otras funciones, click aquí
Imágenes gentileza: Lucrecia Mastrangelo y Bruno Valiente 

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