Otra vacuna para el VIH: prevenir no es curar

La noticia de un nuevo estudio para testear un nuevo antígeno preventivo en Rosario generó revuelo ¿Qué se inscribe detrás de la esperanza que aparece implícita en los titulares? ¿Por qué no participan mujeres y solo personas LGTBI? Una lectura sobre la re estigmatización de las poblaciones señaladas como responsables del virus.

Por Fede Abib

Hace poco más de 15 días, Fundación Huésped anunció la llegada al país del estudio MOSAICO. Una investigación de alcance global que entrada en su tercer fase y aprobada por varios comités de ética, se focaliza en comprobar la eficacia de un antígeno como agente inmunitario para la adquisición del virus del VIH.

La noticia de una posible vacuna preventiva parece un hito en la historia mundial de la lucha por frenar la epidemia, y hasta moviliza cierto entusiasmo en algunas poblaciones. Pero también es una oportunidad para pensar críticamente cuanto sabemos, y cuánto podemos hacer, en relación a una historia que para la medicina parece reducirse a curvas epidemiológicas y conductas de alto riesgo, pero que para otres, se escribe sobre los cuerpos de miles y miles de amantes, compañeres, amigxs, hijes, padres, madres. 

¿En qué nos afecta a las positivas una vacuna preventiva para el VIH? En primera instancia, en nada, porque ya estamos embichadas. Aunque si consideramos los fondos que movilizan los paradigmas de la prevención, deberíamos preguntarnos por qué no se investiga la cura con la misma tenacidad y urgencia con la que se busca encapsular o demonizar nuestros deseos. 

La posibilidad de una vacuna preventiva volvió a poner a la peste rosa en boca de todas. Tomen cualquier nota o fragmento televisivo al respecto, vean cómo en nuestro imaginario sigue filtrada la catástrofe, las narrativas anuncian el final una enfermedad incurable que azota y diezma a poblaciones configuradas como criminales del deseo.

La convocatoria hecha por Fundación Huésped para sumar voluntarixs no escatima en re-estigmatizar a las poblaciones que desde la industrialización de la pandemia han sido clasificadas como responsables del virus. 

El estudio implica regular y relevar la inmunidad en la adquisición del virus en hombres cisgeneros y personas transgeneros que tengan relaciones sexuales con hombres cisgeneros y personas transgeneros, que se encuentren en riesgo de adquirir el virus, que para la jerga médica significa: tener o haber tenido más de 5 parejas sexuales en los últimos 6 meses. 

Las mujeres no pueden participar del estudio.

¿Qué y cuánto sexo es necesario para contraer el virus? ¿Acaso el virus distingue entre identidades y roles? ¿Acaso los heterosexuales no viven con el virus?

Los parámetros que parecen definir y defender los comité de ética involucrados dejan entrever que hay vidas que pueden ser tratadas como no-humanas, en tanto el estudio es la continuidad de una fase previa en dónde se han superado pruebas de laboratorios en organismos vivos, y ahora se configura sobre poblaciones específicas recortadas de la sociedad en general a través de variables demasiado aleatorias como para extraer de allí alguna conclusión específica. 

¿Qué relevancia tiene para el proyecto el hecho de que quienes hasta ahora no han adquirido el virus por sus cuidados cotidianos continúen en su serología negativa, no por el uso de vacunas, sino por esos mismos cuidados?

Además, el estudio no garantiza la inmunidad ante el virus y no se responsabiliza por la adquisición del virus durante la investigación, aunque expondrá aleatoriamente a lxs voluntarixs a fragmentos vivos del virus cuya consecuencia puede resultar en una serología positiva, la que ridículamente podrá ser certificada como una transmisión en contexto de investigación.

Sólo una mitad aleatoria de voluntarixs recibirán el antígeno mientras que la otra mitad recibirá un placebo; nadie recibirá una remuneración económica a cambio, sólo estarían garantizados los viáticos de traslado y el acceso a la PrEP o a los antirretrovirales en el caso de que fueran solicitados o requeridos por lxs participantes.

¿Quiénes, cómo, de dónde y cuándo se resuelven los fondos que solventan estas investigaciones? ¿Es éticamente soportable dicho proyecto mientras permanecemos – positivas y profesionales de la salud – supeditadas a los cambios arbitrarios de esquemas de medicación, entre otros efectos, a causa del vaciamiento de insumos y recursos que produce la crisis sanitaria que atraviesa el país?

Al parecer, cuarenta años de prevención como estrategia principal para frenar la pandemia no son suficientes para torcer los vectores sexualizados, racializados, generizados, que utiliza el gobierno del virus en la gestión de sus objetos de laboratorio. El paradigma de la prevención en VIH pertenece desde siempre a una perspectiva política punitivista sobre la sexualidad que reconfigura permanente el imaginario social sobre la peligrosidad. Deberíamos prever de una buena vez cuáles son son los costos económicos y humanos de las prerrogativas políticas en nuestras estrategias preventivas y asumir cuanto antes sus fracasos. 

La convocatoria a voluntarios para probar la vacuna generó expectativa y revuelo en los medios locales.

Necropolítica y justicia social erótica

El estudio parece ser más congruente con las políticas extractivistas que caracterizan al farmacopoder. El virus y su biopolítica son pensados desde el prejuicio y la estigmatización de quienes ejercemos el placer más allá de los márgenes heteronormativos de nuestras narrativas de felicidad. Allí nuestra sexualdad es objeto de exploración o desecho, y no un derecho que garantice el acceso al ejercicio libre y autopercibido del placer, protegido contra toda forma de violencia. 

El estudio pertenece a una retórica que directamente criminaliza y deshumaniza a las sexualidades no heterosexuales.

Como todo en nuestra arena política, el capital, y en este caso el capital que movilizan las industrias farmacéuticas, es la principal red de poder que limita y regula las condiciones de posibilidad materiales y discursivas hacia la cura para el VIH.

Para nosotras la lucha por la cura puede llegar a ser más que una disputa monetaria inentendible. La lucha por la cura puede devenir un pliegue fundamental en nuestro derechos a imaginar una vida vivible, digna de ser vivida. Hablar de la cura como algo posible es una forma de desafiar los límites de nuestra imaginación política. 

Observemos nuestra historia reciente: hace diez o cinco años atrás, no sabíamos cómo disputar y legitimar la lucha por el cupo laboral trans o el reconocimiento del trabajo sexual, y lo hemos hecho. Lo han hecho las compañeras travas y las putas, y hemos aprendido de ellas. Fíjense en el aborto; en el misoprostol. Hemos aprendido a corrernos del paradigma de la peligrosidad y el castigo para pensar nuestra nostredad* desde una ética del placer y erotismo. 

La lucha por la cura puede ser otra forma de tensar al máximo lo que imaginamos como posible e ir más allá, como otra punta de lanza en el marco de todas nuestras utopías y acaso también, como la certeza cotidiana en la que se incardinan nuestros deseos de seguir vihvas.

* Nostredad es una categoría política abierta de la teoría travesti sudaka propuesta por la teórica y activista Marlene Wayar para representar una pluralidad que permanece expuesta a la otredad radical que representa cada ser en su singularidad

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