Virus que importan

En medio de la pandemia del Coronavirus, las positivas ensayan una mirada crítica sobre las implicancias políticas y sociales de vivir con un virus: «Al SIDA no lo hemos reconocido plenamente, no es una herida compartida, es la herida de unas pocas, aunque sumemos millones», explican.

Por Fede Abib*

La incertidumbre ya estaba entre nosotras. Desde que comenzaron a correr los titulares sobre el futuro pandémico que se nos vino encima, corríamos los audios entre maricas embichadas revisando el repentino vocabulario vírico que invadía todos los canales.

Vivir con virus, en los últimos meses, en los últimos años, en las calles de Rosario, en el contexto nacional, ante un sistema sanitario desguazado por las políticas neoliberales y por la apatía del tejido social en general, para muchas significa-(ba) vivir el mes a mes con la incertidumbre y la expectativa puesta en la ventana de la farmacia de la salita de salud de referencia.

Punto a favor: al menos nosotras, imagino que como las travas o como las putas, intentábamos una respuesta para este horizonte bajo la forma de un tejido al que llaman “red de cuidados”. Cosa que, veníamos viendo, no siempre está integrada por quienes te cuidan, te quieren o te declaran amor. 

Nota al pie: una red de cuidados puede ser una cosa abierta, imprevista, escurridiza. Puede que tenga sus vértices y puntos de referencias, dos o tres amigas de confianza, que tampoco es que estén full time pendientes de una, pero son a las que sabes que, veneno marica de por medio, están ahí. 

Porque, y sólo para que sea dicho, tan encarnadas de capital heterosexual, así como nuestras familias no suelen ser los lugares más amigables a dónde recurrir, tampoco lo suelen ser nuestrxs novixs o nuestrxs compañerxs.  

En general, transitar el dolor está tan mal visto y patologizado, que es muy difícil conectar con una red de cuidados: la mayoría de las respuestas que una recibe cuando abre el duelo a los demás, es una serie de mensajes diluidos entre frases prefabricadas o memes crípticos, reconduciendo el afecto a quien declara el duelo a través de un capacitismo afectivo en el que apareces como alguien que no sabe desear su bienestar. 

Todo muy neoliberalmente correcto: desresponsabilizar el afecto con argumentos de emprendedurismo emocional. 

En este contexto, lo que ha funcionado como una red de salvataje en medio de la desidia vírica del VIH contemporáneo, fue una suerte de teléfono roto para poder contener o resolver la angustia disparada por faltantes de: medicación, o reactivos para conocer el estado serológico, o  de insumos para atender los nuevos casos positivos, o de información para contener en nuevas situaciones de transmisión, o de preservativos para garantizar situaciones de cuidado. 

Ahora, con mis amigas embichadas recluidas, cada una desde nuestros canastos, compartimos la tensión que nos genera este nuevo principio de realidad pospandemica para una gubernamentalidad centrada en una situación vírica a escala global. 

¡La novedad! ¡Vivir es una situación política precaria, fragilizada por la cantidad de Estado que logra alcanzarnos en los remansos del mercado!

Algo de eso veníamos transitando las embichadas, entre nosotras nos decíamos: no perder de vista la dimensión serológica que al ritmo de sangre y semen corroe la red de inteligibilidad cultural de la matriz cisheteropatriarcal. En la opacidad del virus, el aborto venía siendo nuestra superficie especular, sobre la que punto a punto encontrábamos argumentos para reterritorializar la politización de nuestras serologías.

Ahora tenemos, al parecer, una oportunidad para pasar del otro lado del espejo. Acá estamos, finalmente, en medio del desierto de lo real. Finalmente, cara a cara con nuestra propia opacidad, confinadas – y con suerte – a un vínculo con nosotras mismas. Expuestas a tener que hacer de la ética un ejercicio de supervivencia psíquica en la práctica del cuidado personal que nos distraiga de nosotras mismas y nos acerque a alguna sensación de libertad. 

Acá está entonces, el sujeto revolucionario posmarxista no es ni pueblo ni identidad, es un virus. La catástrofe fálica que Zizek venía rumiando durante los últimos diez años: el efecto que prefiguraban todos esos derrames de petróleo, ese mar en el que se cocina la basura al ritmo del calentamiento global. El falo es un virus de partículas extremadamente grandes, capaces de ser frenadas por barbijos baratos. La catástrofe es despertarse en un mundo hecho a medida de varones y masculinidades que, como en toda buena familia, no saben cuidarse a sí mismos.  

La sensación de un “finalmente” es ubicua y confusa. Una sensación de final que arriba y llega intempestiva, desde la intemperie globalizada. Porque como dice Maillard, una no elige la herida, venimos a ella y la reconocemos – o no.

Al SIDA no lo hemos reconocido plenamente, no es una herida compartida, es la herida de unas pocas, aunque sumemos millones. Al SIDA no lo hemos reconocido plenamente, no lo queremos reconocer. No nos podemos mirar a los ojos diciendo “tengo VIH” en medio de la crisis sanitaria que arrastra el país, y que se active toda una red de cuidado y contención para aliviar las llagas psíquicas que comienzan a carcomer el cuerpo. 

El VIH no es un hashtag digno ni divertido, no se puede conjugar tan fácilmente, está encerrado en un cajón esperando ser nueva ley o aunque sea entrar a funcionar como consigna política. 

El SIDA duele menos en inglés, dice Lemebel. 

Todo duele menos si se lo dice con otra lengua: que lo diga el médico, que lo diga la piba vertical, que lo diga el chico lindo de IMPULSE, que lo diga el fauno, que para eso es raro y entre raros se entienden. Cada una en su idioma, garantizando los muros del des-reconocimiento. 

Esparcido a escala global, el motor de análisis de la caja butleriana, la superficie morbida en la que Preciado ve la subversión del tecnofarmacopoder; ni es ni ha sido suficiente para que nos podamos mirar en el espejo del SIDA y reconocernos mutuamente heridas. 

De pronto, la fragilidad se recrucede, y nuestra vida significa la distancia que me permite ser vista por otres, fundamentalmente, por aquellxs que puedo ver como siendo mis otres cuando no contamos con la suerte de ser vistas por el Estado. 

Resulta que mirarnos no es suficiente si en ese gesto no podemos ver la herida ajenda. Mientras todo esto nos sobrepasa, las putas siguen siendo el espejo más difícil y pasan ante nostres sin ser vistas, arrojadas a su máxima precaridad.

Las ficciones que armamos sobre el virus nos han tomado desprevenidas. Quizás, acostumbradas a pensar que los feminismos son sólo un artefacto rudimentario con el que podemos mirar la realidad en distintos colores, nos falte ensayar un feminismo vírico que funcione como antígeno para permanecer abiertas a las condiciones errantes de nuestra supervivencia. 

*Integrante de Mesa Positiva Rosario

Ilustración de portada: Franco Rasia 

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