Lx que quiera oír, que oiga: me llamo Sol y soy bisexual

A menudo tildades de «traidores» o «confundides» por el régimen heterosexual, la bisexualidad fue ganando terreno en los últimos años como un espacio legítimo desde donde habitar el deseo y los territorios del placer. En este manifiesto, Sol desanda el laberíntico camino que supone asumirse bisexual en una sociedad binaria que concibe nuestras orientaciones e identidades como habitáculos cerrados.

Por Sol Buiatti

Mi nombre es Sol, tengo veintiséis años y soy bisexual. 

Lo enuncio porque por mucho tiempo no pude decirlo -decirme(lo)-. Pero hoy lo hago no ya como un Yo arrojado al tirano algoritmo, ese que todo lo fetichiza y vende, sino como un enunciado político; es decir, como la única forma que entiendo que las identidades pueden abrirse un camino válido entre tanto postulado postestructuralista que llega a nuestras olvidadas latitudes, siempre periferias, desde los grandes centros. ¿Qué quiero decir con todo esto? Que ante la premisa de que “las identidades ya no son válidas porque todo es contingente”, existimos lxs subalternxs que seguimos apostando a la identidad no ya como un fin en sí mismo, sino como una estrategia política ante una identidad (blanca,cis, de clase media, heterosexual) siempre esencializada. Soy bisexual porque este orden heterosexual me hizo tal y hoy quiero que respondan por eso. 

Pero, ¡ojo! No pretendo arrogarme ninguna representación contándoles mi historia. Simplemente apuesto a ella como una posibilidad íntima y sincera de generar nuevas agencias en un colectivo que poco tiene de bisexual más que la “B” en nuestras banderas. Y aquí vamos… 

Aunque siempre de alguna u otra forma lo supe, creo que me costó tanto tiempo poder formular cabalmente lo que me pasaba por dos motivos. En primer lugar,  fue por mi propia homofobia internalizada producto de una socialización como mujer cis en una ciudad con alma de pueblo, con una estructura productiva agropeuaria con gusto a glifosato y una moral católica apostólica y romána que, como un Dios en la tierra, todo lo juzga(ba). Allí, en Villaguay (Entre Ríos), la biología se me impuso como destino y la heterosexualidad como norma, pero cuando pude dejar de darme con el látigo de la culpa cristiana, introyectada en mí por tantos años, la cosa no se puso menos complicada. En segundo lugar, me encontré con la falta de representación o con representaciones que poco tenían que ver con lo que sentía que me pasaba; todo esto, junto con el dedo acusatorio de mis compañerxs y amantes.

Me han dicho: “Traidora”. “Impostora”. “Poco confiable”. “Cómplice del patriarcado”. Que no quería renunciar a mis privilegios heterosexuales. 

Estuvieron los hombres (heteros y gays) que me llamaron: “Puta”. “Promiscua”. Me han hipersexualizado y colocado en el lugar de un objeto sexual siempre disponible para saciar el deseo de otrxs. Y ante mi confesión, siempre me llovieron las propuestas indecentes de tríos que nunca busqué. 

También estuvieron las mujeres que me tildaron de: “Confundida”. “Inmadura”. “Heterocuriosa”. En “transición” hacia el lesbianismo. Y hasta osaron hacerme pasar por el “tortómetro”, cuando me forzaron a responder a la pregunta de: “¿Con cuántas mujeres te acostaste?” Para poder así medir cuán digna era de entrar en su cama.

El 23 de septiembre se celebra el Día Internacional de la Bisexualidad cómo una forma de visibilizar y reivindicar los derechos de las personas que se reconocen en esta orientación sexual

Pese a todo este camino espinoso, algo en mí me decía que mi deseo era e iba a ser siempre bisexual. Pero el hecho de que la mayoría de las veces lxs bisexuales seamos representadxs como “medio lesbianas” -como en mi caso- y “medio heterosexuales”, se me volvía -y aún vuelve- como una negación violenta de mi identidad y mi deseo; o me dejaba expuesta como un blanco fácil de críticas y de todo tipo de descalificaciones agraviantes, y hasta de morbos.

Y fue así como por mucho tiempo, aún asumiendo mi propia “monstruosidad”, me negué la posibilidad de reflexionar sobre ella y a formularla. Me refugié en el devenir del posmodernismo y fuí como una hoja perdida en el viento ante la hostilidad de un mundo que incluso me privó del abrazo de lxs marginados del orden y el progreso.

Hasta que un día, obligada por un fortuito accidente en bicicleta que me recluyó casi un año entero en los confines de mi propio departamento, emprendí un camino introspectivo que me permitió reflexionar(me) y aceptar(me). Allí, me encontré con Bisexualidades Feministas: contra-relatos desde una disidencia situada, un libro de Madreselva que reúne todo lo producido y desconocido hasta ahora sobre una teoría bisexual. Desde allí, y con mucho asombro, pude resignificar mi historia singular para ahora poder reinscribirla en una trama más amplia y colectiva. 

Pude comprender que lo que me había pasado no distaba mucho del propio derrotero de la militancia bisexual dentro del colectivo LGBTTIQNB+. Es decir, pude enterarme de que si bien siempre existió la bisexualidad, fue recién en 1997, gracias a la “polémica” declaración de la hasta entonces lesbiana Alejandra Sardá, que la “B” tuvo lugar en nuestro colectivo que hasta aquel entonces sólo se llamaba “LGTTT”. 

Y si bien se lograron grandes cosas en términos de militancia desde aquel entonces, como por ejemplo el surgimiento de talleres sobre bisexualidad en los Encuentro Nacional de Mujeres (ENM) y la aparición de textos y discusiones de la organización Bisexuales Feministas, aún seguimos encontrando pocos espacios tanto en la organización de las disidencias, como hasta en los propios feminismos. En el primero, porque si bien dejaron de mezquinarnos la “B” en la bandera, el movimiento poco se preocupa y poco aporta a que haya o no militancia bisexual. Mientras que por el lado de los feminismos, reina tanto la hegemonía heterosexual o, a lo sumo, el monosexismo que, cuando en el 2018 se comenzó a reclamar que el ENM cambie su nombre por “Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Bisexuales y Trans”, no faltaron quienes se lanzaron contra nosotrxs, cuan enjambre de abejas, acusándonxs que el hecho de incluir “bisexuales” le abría las puertas a la participación de varones bisexuales. Aún habiendo ganado la contienda, esta acusación de “traidorxs” se sigue perpetuando cuando muchxs deciden borrarnos tendenciosamente de la nueva nomenclatura. 

Por todo esto hoy hago esta apuesta. Pero no como una apuesta a la estrategia de la visibilización, la cual considero que ya ha sido subsumida por este perverso sistema que desde la década del 70’(con la configuración de un capitalismo postindustrial) ya no produce objetos como mercancías, sino, ahora nuestras propias subjetividades, nuestras propias vidas, como objetos pasibles de ser mercantilizados. Apuesto a ser aquella piedra en el zapato de toda la sexualidad moderna; una piedra que al ser percibida como “ambigua”, es decir, como difícilmente clasificable dentro de las categorías existentes, tiene la virtud de poner al descubierto las pacatas normas y reglas de juego que subyacen subrepticiamente a las categorías que conocemos.


Con todo esto quiero indicar que, en semejanza con la transgeneridad y el no binarismo que ponen de relieve la precariedad de la diferencia binaria del género, la bisexualidad hace tambalear todos los parámetros que regulan la idea misma de sexualidad humana desde fin del siglo pasado: una sexualidad binaria en estado fijo; como consumación de la “madurez sexual” que se jerarquiza, como en todos los sistemas binarios de Occidente. La heterosexualidad es la regla y la homosexualidad (en sentido amplio) su variante “defectuosa”. No hay otra posibilidad acaecible. Y sin embargo, aquí estoy yo: una piedra en el zapato de todo lo imaginado -y, por lo tanto, posible- por un hombre del Norte, cis, blanco, de clase media/alta y heterosexual. Una piedra que denuncia, ya sin miedo y con alegría, en su sueño anónimo de tejer redes de militancia y afecto que puedan fantasear y construir un mundo más justo y respetuoso de las diversas formas de existir en este – y hasta entonces- jodido mundo.

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