Una historia sobre la adolescencia y la juventud trans

Ariana traza las pinceladas de una vida signada por el costo que implica descubrir la propia identidad en un mundo heteropatriarcal y asesino de las diferencias. Un relato, un homenaje para las que allanaron el camino con sus existencias, y un reclamo que no cesa: igualdad de oportunidades para todes.

Por Ariana Florencia Emanuele

El crujir de una rama

Antes de empezar a redactar lo que voy a llamar “un híbrido” que se va entrelazando en una línea difícil de delimitar entre mi historia y mi reclamo, no puedo dejar de reconocer a todas aquellas militantes que lograron que una simple estudiante como yo accediera, valga la redundancia, al camino sinuoso del estudio que una mujer trans joven debe padecer. Y que hoy pueda, no sólo formarse, sino contar con espacios donde pueda expresar un pensamiento, una idea.

Después de completar mis estudios secundarios entre burlas, risas y miradas inquisidoras, entre el buzo azul y el jeans húmedos con el olor característico del brasero, zapatillas sin suelas (y en varias ocasiones en ojotas porque el pegamento no cumplía su función), caminar treinta cuadras a las seis y treinta a.m. para llegar a horario, mi buzo, mi jean, mis “medias” zapatillas, mi mochila casi vacía, me acompañaban entre neblinas, amaneceres helados o lluvias. Pero la neblina no logró borrar mi camino, las escarchas del amanecer calaban en lo más profundo de mi cuerpo, pero jamás apagaron el fuego de mi alma… y ni las lluvias lograron lavar mis convicciones.

Pero la vida muchas veces con sus pinceles de un momento a otro nos pinta un nuevo cuadro, en este lienzo el camino se desvió, el fuego ya no fue intenso y la lluvia me encontró parada en una esquina. Esta pintura aún perdura en mi memoria, aún recuerdo cada detalle, lo que me llevó a esa esquina. Mi inconsciente aún escucha el crujir de una rama partiéndose, despegándose violentamente del árbol que, aunque estaba de pie, ya nada sería igual. Aún hoy en mí vive un vestigio del viejo mito de Prometeo encadenado, atada a la piedra que la mayoría de las mujeres trans estamos, castigadas como él sólo por desafiar las leyes religiosas, atadas con las cadenas de la desidia del estado, el hígado que nos comen todos los días los caballeros de doble moral y aun así nuestros hígados se regeneran cada día, mi anhelo es que entre todes tiremos fuerte y desterremos esas cadenas con un grito al unísono SOY.

En esta galería, los cuadros aún no están ordenados, y dudo que algún día lo estén, a pesar de que el primer lienzo tiene colores pálidos, esta vez la pintura estuvo a cargo de todas las maricas, trabas, tortas y transformistas, entre marchas, muertes incomprensibles, prostitución, polvearse la nariz en el baño y shows, plumas, luces, brillo y la permisiva oscuridad de la noche. Fui intentando pertenecer al grupo de aquellas trabas que eran monumentos, algunas aún lo son y otras tantas quedaron en el camino. Mi primer vestuario y maquillaje me lo armó mi hermana entre risas y simples trapos, soñábamos que eran vestidos Dior, maquillajes de kiosco, perfume de supermercado, la gran entrada al ambiente del cual tomé muchas cosas, amigos entrañables, parejas y que pasó a ser mi segundo hogar.

Entre plumajes de incertidumbres fui buscando nuevos horizontes, entre el cielo que era el techo de mi hogar, las hienas que sacaban su turno y una cabeza adormecida por la superficialidad de tacos, ropa, maquillaje, el miedo a la burla escondido como lobo en su cueva a punto de atacar, fui surfeando en una tabla de frustraciones por la Facultad de Ciencias Económicas y Estadísticas, luego la Facultad de Ciencias Exactas e Ingeniería. Todos eran jeroglíficos difíciles de descifrar, había abandonado la lectura, como se abandona una mascota en la calle, sin el mínimo remordimiento y sin conocer las consecuencias de tal acto.

La Rosa

Hasta que apareció el caballero de doble moral y mi vida ya dejó de ser lienzos en donde entre colores pálidos y cálidos se estaba pintando a mano alzada una mujer que prometía ser fuerte y libre. No sé cómo. Ni cuándo. Pero mi vida se volvió performática entre viajes, dólares, autos lujosos, humo de cigarrillo y una botella de whisky que se había vuelto solo un objeto de placer y que en siete años quedó rasgada, una botella finamente decorada que gota a gota fue derramando su contenido, su sabor y su aroma.

Astutamente él logró sacar las espinas del pimpollo de una rosa, la tomó en sus manos experimentadas, la profanó apresurando su apertura y cuando la vio en su superfluo esplendor, besó con sus labios impregnando de pesticida sus pétalos a esa rosa que pretendía ser un gran rosedal y que aún hoy está en camino a serlo porque se fertiliza todas las noches para seguir viviendo e intentando florecer.

Mis fieles acompañantes en la gran ciudad, C.A.B.A, soledad e infidelidad, entre diálogos, discusiones, justificaciones pasábamos largos días y largas noches, aún sobrevuelan algunas de sus interpelaciones a mis planteos de que algo no estaba bien, “ya el pesticida te contaminó, no vas a encontrar a nadie más, conformate”, “hacé lo que te diga, te ofrece una vida llena de comodidades”, “ya pasaste a ser un número más en una estadística”, “no te enojes porque no te presente a su familia, entendelo, tiene hijos y un padre grande que no lo aceptarían, tiene un alto puesto y una imagen que cuidar, en todo caso vos estás acostumbrada”, e infidelidad haciéndome un regalo el día de mi cumpleaños, “comprendé que él es hombre, tiene derecho a demostrar su virilidad”, “dale, no lo compliques, convertite en el ama de casa Pinup de los años cincuenta, pero ojo como te vestís, recordá que quiere que uses ropa tres tallas más grande que la tuya, pero no engordes”

Parada en la garganta del diablo, sus ojos lanzaban “conformate con lo que te doy” y de su boca salía el aliento estereotipado “estudiá peluquería”, ese aliento tan contundente en realidad decía “las trabas pueden trabajar de peluqueras” y sí, es cierto, no lo niego, no pretendo desmerecer esta magnífica profesión, pero detrás de su mirada y de su aliento se escondía algo más sórdido: el sometimiento, el miedo a que yo me diera cuenta de mi potencial. Con su magnífica retórica de hombre de frac y paladar fino para degustar vinos, terminó por apagar el interruptor de la inquietud y, con mi propia complicidad, cedí. Estudié Peluquería, colorista, maquilladora, técnica en aparatología, manicura, etc. y etc.…

Lo bueno es que en estos cursos lascivos, encontré a grandes amigues, “La Bruja”, “La alocada ama de casa”, “La eléctrica habladora compulsiva”, “La trabajadora de Shopping”, “El religioso”, ya no estaba sola para enfrentar a soledad e infidelidad, el interruptor comenzó hacer cortocircuito, la amistad fue floreciendo, haciendo el camino rocoso cuesta abajo que había elegido menos movedizo. Los lazos se fueron afianzando como el famoso hilo rojo que no se puede cortar.

Pero algo se estaba gestando en mi ciudad natal, lo que me fragmentaría para siempre y cambiaría la puesta en escena.

Puesta en escena

Maldita azúcar impalpable del diablo que corrompe y flagela los espíritus y el cuerpo, maldita azúcar impalpable que paradójicamente consumís mientras te consumen a todes por igual, que no distinguís raza, sexo, religión, género, posición económica, que matás a jóvenes y viejos, que te metiste como células cancerígenas en la sociedad destruyendo familias, y que no vemos cura alguna por la maldita codicia de políticos, jueces y poderosos. Dejaron que esta peste blanca golpeara la puerta de mi familia.

Ay, maldita azúcar impalpable, fuiste apagando la vida de mi hermana, la dejaste postrada en una cama hasta que expulsó su último aliento. Dejáme decirte que pudiste haber apagado su cuerpo, pero me río con lágrimas en los ojos de vos, maldita, porque no apagaste su luz, ni su recuerdo, ni su legado. Sí te reconozco la victoria sobre mí, me sacaste un pedazo que aún sigue caminando en los pasillos del hospital provincial esperando que el médico que la recibió me diga “con este tratamiento en una semana estará de regreso en casa”. Puede ser que en eso me hayas ganado, pero dejáme seguir diciéndote en tu cara fantasmal que nos unimos como familia, mis papás están presentes, están atentos, me defienden y que -a pesar de que siempre estuvieron- hoy me cuidan, me aceptan, me acompañan. Y por último: vos no te llevaste todo de mi hermana, pudiste apagar su cuerpo pero su ser ya está de regreso en casa.

Tras el portazo del hastío a la flamante camioneta blanca, baja el árbol con su rama quebrada, la botella de whisky rasgada casi sin contenido, la rosa infectada y el alma fragmentada, la galería de arte con sus luces apagadas, con polvo y los lienzos desordenados. Nuevamente encadenada a la piedra, hasta que un día el hígado ya no se regeneró y Heracles pasó de largo sin soltar las cadenas.

Admitir que se necesita ayuda se siente como saltar al vacío, reconocerte herida, vulnerable, maltratada… aún así salté, algo debía hacer, me dejé caer de espaldas y me sostuvo mi familia. Sin embargo seguía porque respiraba, pero agradezco al universo que tuve la posibilidad de pedir ayuda, la recibí y aún la recibo. Soy ese árbol que protege sus brotes, no soy más un producto de degustación, soy una rosa que hubo que podar para florecer fuerte, aunque esto me haya costado dejar mi gran tesoro embrujado de lado.

Al fin acepte mi vocación, no voy a mentir que siempre está el autosabotaje “pero esto no tiene salida laboral” “sos traba, siempre vas a hacer de traba” ¡sh! Amo la actuación, el teatro. Aquí estoy, en la pandemia, cursando segundo año, ensayando para mi primera interpretación remunerada.

Acá sí me pongo enfática y no reclamo… exijo, estoy estudiando un terciario que se va a llevar cuatro años de mi vida, y no se confundan, amo interpretar como traba, pero exijo que, tanto en la realización audiovisual como en el teatro under, independiente, cool, comercial o como se les cante llamarlo, yo y las traba que están en esto, estoy segura que podemos interpretar cualquier género, no solo como trabas, sino de abuelitas, mujeres cis géneros, amas de casa, etc. Para eso considero que es necesario un cambio de paradigma, para lo cual espero que un dramaturgo o director sea pionero en esto e incluyan en sus proyectos a mujeres trans actrices.

Esta es mi historia y este es mi reclamo, palabras de una mujer trans más, que está en el medio, que arrastra algo del miedo que sufrieron las más grandes por tantas historias escuchadas que devastan el espíritu, sin embargo ellas siguieron y abrieron el camino. Como ellas y otras tantas yo también sigo, ahora la puesta en escena está a mi cargo, y la galería se va desempolvando, acomodando los lienzos que hay hasta el momento, para que puedan entrar quienes aún están por pintarse.

En Memoria de “La Trapito”

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