La Loca del Frente en clave heterosexual

“Tengo miedo torero”, la primera novela del escritor chileno Pedro Lemebel, uno de los referentes más influyentes para las disidencias sexuales de hispanoamérica, llegó a la pantalla grande y desató polémicos debates. ¿Hasta donde son válidos los recortes de la cinematografía cuando se omiten partes centrales del texto original?

Por Juan Pablo Di Lenarda Pierini

El film dirigido por Rodrigo Sepúlveda y protagonizado por el actor Alfredo Castro, ha superado todas las expectativas para el mundo del cine en la nueva era de pandemia. Durante la primera semana de lanzamiento, más de 200 mil espectadores estuvieron colgados de sus pantallas para ver a la provocadora y rebelde marica como un acto militante.

Porque Lemebel, además de haber sido una gran escritora de crónicas, cuentos y  creadora de performances, ha manifestado en cada espacio su lucha por los Derechos Humanos y la igualdad. Una artista loca que dio batalla desde los márgenes a todas esas narrativas hegemónicas de consumo neoliberal que han caracterizado históricamente a Chile.

La película cuenta también con la participación del mexicano Leonardo Ortizgris, y la argentina Julieta Zylberberg, y en la creación de la banda sonora original al músico Pedro Aznar.

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Tengo miedo torero surge de veinte páginas escritas a fines de los 80, y desarrolladas algún tiempo más tarde: «Algunas páginas que han permanecido traspapeladas entre abanicos, medias de encaje y cosméticos que mancharon de rouge la caligrafía romancera de sus letras«, dice el propio Lemebel en la introducción a la novela.

El amor, y el deseo atraviesan el relato de las vivencias entre la Loca del Frente, una marica vieja, y Carlos, militante del Frente Patriótico, brazo guerrillero del Partido Comunista Chileno, en el marco del fallido atentado durante aniversario del golpe de Estado encabezado por Augusto Pinochet.

Aunque para el director la película respire la esencia de la novela y de Lemebel como autor, cabe destacar que las decisiones políticas, estéticas y de adaptación corren por su cuenta. Y que la misma solamente enfatiza en la historia de amor entre la Loca y Santiago, dejando de lado características fundamentales que incluyen al género, sexualidad, e incluso ese mensaje imperante sobre el sistema capitalista contra el que Pedro se manifestó durante toda su vida.

Una de las principales críticas hacia la película es la ausencia de esa trama casi protagónica en la narrativa del libro entre Pinochet y la primera dama Lucía Hiriart. Más allá de que la adaptación cinematográfica no debe ser necesariamente una representación idéntica del texto original, para los que hemos leído a Lemebel, esa voz contestaría en el deseo erótico, pobre y popular que la caracterizaba. Pero se expresa de manera sutil y casi sin potencia.

La loca caracteriza una de las identidades de género homosexual que no se relaciona con el universo gay de modelo ideológico y cultural yanki, el cual, a su vez, está directamente ubicado en el ámbito de la sociedad de consumo y sus valores. La loca se identifica con el universo femenino, la simpleza y delicadeza del bordado de vestidos y manteles, e incluso las baladas románticas que sonaban en las radios durante esos tiempos. Pero no alcanzó ya que una de las pocas escenas musicales que transcurren en la película, se ven alrededor de seis maricas cantando un bolero, sin animo y con  poca gracia, dejando en evidencia esta visión heterosexual totalizante en la dirección, producción e incluso actoral del film.

Aunque la película no se centra en la coyuntura política de Chile durante la dictadura de manera más profunda, sí se pueden observar recortes de la realidad que enfrentaban los maricones y travestis en la cotidianidad, como las razzias en los antros culturales y la militarización en las calles. Todos los ojos están puestos en la historia de amor inconclusa, y hasta cierto punto desesperante entre la Loca del Frente, y el estudiante universitario que la coqueteaba a cambio del resguardo de supuestas cajas con libros censurados en la dictadura e incluso las propias reuniones del grupo comando que planificaba el atentado a la caravana automovilística que trasladaba a Pinochet.

Llegó el momento de que las mismas travestis, maricas y tortas copemos por completo la industria cultural, para ponerle un freno al manoseo de nuestras identidades, para que no jueguen con nuestros dolores, ni se apropien de los amores. Llegó el momento de abandonar esa visión del mundo heterosexual para que nos vean, porque estamos y existimos.

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